La simbiosis del futbol y el ballet en Rusia

Van de un lado a otro. Sus líneas pueden formar figuras inimaginables. Sus piernas son tan fuertes como un roble. Su mirada se dirige a un punto. Su cuerpo cambia y mucho. Ellos se mueven al compás de ochos, de dieciséis, de tres o de los que sean necesarios para tener ritmo en el lugar en el que están. Acompañan sus colegas, los sienten en el terreno.

Viven su sueño con los pies. Así de simple.

Pareciera que estoy describiendo solo a un bailarín. En realidad, también estoy describiendo a los futbolistas. Y es que todo el tiempo se nos ha pintado al futbol y a la danza como dos actividades aisladas, pero la verdad es que comparten más de lo que se cree. 

Durante la época imperial, el ballet fue considerado como símbolo de los zares. Con la revolución bolchevique, este arte pudo ser erradicado al ser considerado enemigo del proletariado; no obstante, Lenin consideró mantenerlo como una forma de educar al pueblo a través de la cultura.  

Fue así que a principios de 1930 se le prestó atención al ballet como instrumento propagandístico. Los ballets que surgieron en aquella época debían contener temáticas que empatizaran con los valores de la revolución rusa.

Uno de estos ejemplos fue Dmitri Shostakóvich, quien en 1929 escribió Dinamiada, en honor al Dínamo de Leningrado. El compositor nacido en San Petersburgo -Leningrado durante la época comunista- era aficionado al futbol. Primero fue fan del Dínamo de Leningrado y después, al Zénit de Leningrado, además era árbitro con licencia.

La sinopsis de Dinamiada es la siguiente. Un equipo de futbol socialista se enfrenta a otro plagado de fascistas, el cual intenta convencer de voltear bandera. En la obra aparecen personajes como obreros en huelga, boxeadores negros y blancos, un juez fascista, una diva nazi y una miembro del Komsomol -la organización juvenil del Partido Comunista-. Al final, tras una serie de enfrentamientos, todos se unen en un gran baile colectivo.

Dmitri Shostakóvich en una grada para ver al Zénit de San Petersburgo.

En la representación escénica, se mostraron ritmos como foxtrot, black booty, two-step, charleston y otros. La obra no tuvo éxito, de hecho duró menos de un año en cartelera.

Fue hasta 1982 cuando el coreografo Yuri Grigoróvich modificó el libreto, eliminó las referencias fascistas y, en cambio, agregó a los burgueses que se enfrentaban a unos obreros y marineros pertenecientes al Komsomol. La obra fue un éxito en la década al presentarse 49 veces durante siete años. En 2006 se trató de retomar, pero se cambió completamente la trama, por lo que fue un fracaso que orilló a guardarla para siempre en los archivos del Bolshoi.

Otro ejercicio en el que hubo esa simbiosis entre ballet y futbol fue la obra de Oransky y Kurdimoc llamada El futbolista. En él, la historia se situaba en un partido de futbol desde su preparación hasta el post cotejo, que terminaba en una tarde en el estadio con miembros del Ejército Rojo. La obra tenía tintes cómicos y satíricos. En él, el balón es imaginario, pero representado con los brazos y piernas de los bailarines.

El director de esta obra fue Igor Moiseev, solista de 24 años. Se mantuvo en cartelera cerca de un año con 35 representaciones. Tiempo después se volvió parte del repertorio del Ballet Bolshoi, aunque con un perfil muy bajo.

 

Basado en el texto de Tatiana Kuznetsova “Un campo artificial: fútbol y ballet”. Disponible en: http://welcome2018.com/es/un-campo-artificial-f-tbol-y-ballet/

Georgina Larruz Jiménez | @LarruzMG

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