Crónica de una realidad no contada

Abro los ojos, me levanto de la cama, consciente de que este día es distinto, hoy tengo la oportunidad de continuar labrando un sueño, un sueño que compartimos muchas, pero que solamente pocas pueden hacer realidad. Me preparo para arribar a la concentración, y poder reunirme con mis compañeras, compañeras veteranas y con un trayecto sobre sus espaldas, a diferencia de una simple novata como yo. Una vez ahí hay algo que no compartimos todas, algo que no está presente en cada una de nosotras. Sólo yo sonrío, solamente yo derrocho emoción y alegría; seguramente es la inquietud que cargo por mi debut como profesional. En fin, nadie me arruinará este momento.

Una vez llega el autobús soy la primera en subir, tomo mi asiento a un costado de la ventana, no quiero perderme ni un solo segundo del camino, lista para grabar en mi memoria la llegada al estadio, un recuerdo que no será borrado. Algo va mal, parece ser que cogimos otra dirección, una distinta a la que tenía en mente, y no sé por qué. Con cautelo me acerco a mi capitana, y con una mirada fría me comenta que nosotras no jugamos en el mismo estadio que el equipo varonil, que al parecer no lo llenaríamos ni aunque no se cobrara la entrada. Regreso a mi asiento con cierto grado de decepción, decepción que aumenta al ver el tipo de cancha en la que disputaré los primeros minutos de mi sueño.

Intento que ese aspecto no me pegue, caminando alrededor de las instalaciones a las que arribamos procuro levantar mis propios ánimos, puesto que estoy a nada de cumplir la meta que desde hace años me había propuesto. Llego al vestidor con la cabeza en alto, sin embargo, para mi sorpresa no cabemos todas, algunas de mis compañeras y yo estamos paradas, no hay asientos para todas, y parece ser que tendremos que cambiarnos de pie, en fin, debe de ser algo normal, no tengo que darle tanta importancia. Finalmente recibimos la charla técnica, mi emoción asciende como la espuma, estoy consciente de qué debo hacer: cuando la delantera que debo marcar recibe la pelota hace un recorrido hacia dentro, jamás va por fuera, debo orillarla a que juegue por la banda, al parecer el tener que jugar con su pierna derecha le cuesta.

Estamos todas en el túnel, listas para iniciar, es aquí cuando mi mente se aísla de todo, y me concentro exclusivamente en los próximos 90 minutos de mi vida. Pasan unos cuantos minutos y por fin el árbitro junto con sus asistentes caminan hacia la cancha, ha llegado el momento de saltar al rectángulo verde; una vez que ingreso, lo primero que hago es alzar los brazos al cielo con locura, agradeciendo por esta oportunidad, una que otra lágrima recorre mi rostro, es un sentimiento que no se puede explicar. Pasan los minutos, y una conmoción se planta en mi cabeza, provocando que me cuestione por qué razón hay tan poca gente en la tribuna, a un año de la creación de la Liga MX Femenil esperaba ver un poco más de aficionados alentándonos, posiblemente el hecho de ser esta la primera jornada cohibe de cierta manera el espectáculo y la ilusión del público; incluso este horario puede ser factor, no creo que muchos quieran despertarse a las 10 de la mañana para ver un partido de futbol femenil. En fin, yo a lo mío, a cumplir mi sueño, y a seguir las instrucciones tácticas que me impuso aquel que confió en mí.

Termina el partido, empate a ceros más que merecido. Voy con mi compañera y le agradezco, por un momento me desconcentré y no salí a tiempo junto a la línea defensiva, habilitando a la jugadora contraria, sin embargo, gracias a mi compañera que pegó el pique de su vida pudo cerrar a tiempo, mandando esa pelota a esquina. No siento mis piernas, y estoy sedienta, me acerco al banquillo y hago el gesto de que necesito un poco de agua, el utilero me mira con unos ojos cínicos, y me responde que las botellas de agua y las bebidas hidratantes están en el vestidor, y que si quiero una debo ir yo misma por ella, en fin, seguramente fue una mala planeación, no creo que deba quejarme.

Nos dimos un baño todas, y estamos listas para coger nuevamente el autobús que nos llevará a casa. Nuevamente tengo la oportunidad de hablar con mi capitana, quien se sienta junto a mí, me felicita y sólo me hace la observación de aprender a decidir mejor, al parecer tuve que haber saltado la línea en un par de ocasiones, en vez de arriesgar tanto el balón en salida. Me nota cabizbaja, se toma el corazón por mí y me pregunta qué ocurre; para esto, le confieso que no fue el debut que esperaba, no por el tema futbolístico, sino que las formas que nos rodearon el día de hoy no eran las que mi mente proyectaba. Me mira con una apenas notoria sonrisa en su rostro, y me dice que debo de acostumbrarme, al parecer ella lleva un proceso importante con este equipo femenil, y su salario no sube de los siete mil pesos mensuales; un proceso en donde se han tenido que adaptar al horario de los hombres, y donde al parecer si imprimen nuestros nombres y apellidos en nuestras camisetas ya es ganancia. Aquí es donde me doy cuenta que algo no camina como debería.

El no jugar en el estadio del club al que represento, el no tener un vestidor en buenas condiciones, el que al árbitro por momentos se muestre indiferente con las acciones del partido, el no tener las atenciones adecuadas y los reflectores merecidos, el tener que adaptarnos a los horarios de los hombres, y el cobrar un salario deplorable, son gestos que no deberíamos permitir. Estoy consciente de que nuestro futbol recién comienza, pero aún así, creo tener el poder de exigir. Nuestro futbol no genera lo mismo que el masculino, pero sí puedo exigir los mismos contratos que tienen los varones con televisoras importantes para darnos a conocer; entiendo que por momentos no mostramos el futbol más vistoso, pero sí puedo exigir que nos den la oportunidad de jugar en los mismos estadios en los que juegan los hombres; comprendo que no producimos las mismas ganancias para que nuestro salario crezca, pero sí puedo exigir que la Federación y mi equipo consigan más patrocinios para poder florecer económicamente. Y que no se excusen con el “tope salarial”, porque al parecer es un concepto exclusivo de las mujeres, y que en el futbol varonil no tiene presencia alguna.

Comprendo que somos mujeres y que somos nuevas en este medio, pero hoy sin miedo levanto mi voz, porque si ya estamos aquí y logramos un sueño, no hay quién nos diga que esta vez no seremos escuchadas. Regresamos a la concentración, y de ahí cada quien toma un rumbo distinto, me cruzo por última vez con mi capitana quien solamente me guiña el ojo arrojándome un sentimiento de cobijo. Llego a casa, y con la inminente decepción que me acongojará durante toda la noche solamente pienso en regresar a mi cama, la misma en la que me levanté con mis emociones intactas pero que en este momento no me acompañan. Me acuesto y cierro mis ojos, esperando y anhelando que mi futuro y el de todas nosotras llegue algún día a ser distinto.

Por Paco Villasana/@PacoVillasana

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