Cine mexicano y futbol. Segunda parte

Bastantes expertos, historiadores, futbolistas y aficionados concuerdan en que el Mundial de México 70 es uno de los mejores (si no es que el mejor) de la historia. Figuras de la talla de Pelé, Beckenbauer y Teófilo Cubillas pisaron el suelo azteca. La afición se volcó a los estadios. Se jugó el que sería el Partido del siglo, en la cancha del Estadio Azteca.

El 17 de junio el mundo vio el partido de futbol más emocionante del siglo XX, la semifinal entre Alemania e Italia y su prórroga infartante. La final prometía más. Brasil e Italia no sólo se enfrentarían para coronarse vencedores del Mundial de México 70, también se llevarían a casa la copa Jules Rimet, pues la reglas dictaban que quien ganara tres veces la Copa Mundial de futbol (ambas selecciones llevaban dos torneos ganados) se haría con el trofeo. Brasil resultó victorioso con un contundente 3-1. México se llenó de fiesta. El mundo se llenó de México, de su gente, su tradición y sus imágenes.

Alberto Isaac pretendía repetir lo logrado dos años atrás con su precioso documental Olimpiadas en México, nominado al Óscar. En él se cuenta todo lo relacionado con los atletas olímpicos a través de imágenes hermosas. Isaac no sólo tomó en cuenta por primera vez el aspecto estético del deporte y el gran sabor de la victoria, también habló del dolor y la derrota, de lo amargo: las dos caras de la moneda. Futbol México 70 de Alberto Isaac tuvo más acercamiento a estos aspectos artísticos y técnicos. En este documental plasmó su idea del Mundial y el futbol en México. Lamentablemente el filme se estrenó casi a finales de año, bastante tiempo después del Mundial, cuando la fiebre futbolera ya había pasado. La película pasó inadvertida, sin éxito ni fracaso.

Cabe mencionar que Alberto Isaac realizó otro documental sobre el Mundial, un encargo coproducido por la FIFA, institución que ya había realizado este tipo de cintas en los dos mundiales anteriores. The World and Their Feet (1970) fue el titulo de esta especie de docudrama que combinaba imágenes filmadas durante los partidos del torneo con la historia de un niño rubio de ojos azules que sueña con ir a un partido al Estadio Azteca. El que Isaac haya realizado la cinta sólo queda como registro anecdótico. Esta película cuenta con uno de los primeros product placements de la historia del cine, ya que Coca-Cola, socio de la FIFA, inserta su marca a lo largo de la cinta.

Después de la tormenta viene la calma, y después del sueño vino la pesadilla. México regreso a la realidad, el progreso se tornó en receso; la economía mexicana comenzaba a menguar y la gente lo resentía. La política se perdió en despotismo y una democracia cínica. La cultura se caía a pedazos, el rock se escondía en los hoyos funkies, el cine se concentraba en las ficheras, y la televisión frívola comenzaba a ganar terreno. El futbol se perdió en el hoyo negro posmundial; México no calificó para Alemania 74, y en Argentina 78 se fue en la primera ronda, humillado y goleado.

El poco cine nacional que trataba de no caer en lo comercial se concentró en la protesta social, tratando de retratar los aspectos de la desigualdad predominante en el país. El cine de la grilla, como se conoció posteriormente, no utilizó al futbol expresamente como tema central de sus historias, pero sí lo reflejaba como parte de la vida cotidiana del mexicano común que veía el futbol los domingos, vestía playeras de su equipo favorito y se dejaba apantallar por el pan y circo futbolístico. La eterna lucha entre lo culto y el futbol nació y se consagró. El futbol se convertiría en diana de todos los ataques posibles y estandarte de una industria televisiva. El futbol es causa de desigualdad y, al igual que la religión, fue un medio del poder para mantener a la gente a raya. Mientras el pueblo se preocupaba por apoyar a su Selección, y la Selección misma se autonombró el gigante de CONCACAF, el país cayó en una vorágine de la que no podría salir nunca más.

La comedia sacó la casta por el sistema; Adalberto Martínez Resortes entregó un filme menor de fórmula gastada que no tenemos más que mencionar: El futbolista fenómeno (1978), cinta que ni al público le interesó ver. Televisa, que comenzaba a forjar su imperio, pretendió abarcar todos los medios de comunicación nacional, queriendo así forjar un nuevo star system nacional. Nació Televicine, con la más clara idea de vender al por mayor y conseguir ganancias en la pantalla grande con sus historias y estrellas. Así, uno de los principales impulsores y creadores del monopolio televisivo, Roberto Gómez Bolaños Chespirito, junto a todo su equipo actoral y de producción, fue el encargado de llevar a la pantalla grande una de las historias futboleras más recordadas (por desgracia) por el público nacional: El Chanfle.

El Chanfle (1979), dirigida por Enrique Segoviano (mismo director de las series Chespirito y El Chavo del 8), se basa en el humor blanco simple y característico de su autor y protagonista. Los chistes repetidos hasta el cansancio e introducidos en el imaginario popular a martillazos, dichos y redichos en los programas del cómico mexicano, son explotados en su filme futbolero. El Chanfle (Gómez Bolaños) es el aguador del equipo América. Bajito, nada hábil, pero buena gente y soñador, anhela ser un futbolista famoso. Como hemos visto a lo largo de la historia, el melodrama ligado al cine mexicano se logra y se funde siempre en el final optimista, feliz y esperanzador para el espectador. Nada más allá que sketches de pastelazo, diálogos risibles y una historia por demás predecible. El Chanfle sólo sirve para lucir el poder de la televisora, su gente y su nuevo equipo de futbol, el Club América (comprados por el dueño de Televisa, Emilio Azcárraga Milmo, a final de los 50; pero es hasta los 70 cuando los Millonetas comienzan a cosechar éxitos).

Para desgracia de todos, y como prueba contundente del decaer del cine nacional en la década de los 80, El Chanfle tuvo una segunda parte: El Chanfle 2 (1982). Ahora dirigida por el mismo Chespirito, tiene la única gracia y peculiaridad de ser una película de futbol donde no hay ni una sola locación en una chancha o estadio de futbol. Grabada casi en su totalidad en un Holiday Inn, El Chanfle 2 cuenta la historia de un balón perdido que debe ser encontrado, pues vale mucho dinero. Con la misma plantilla actoral que la primera (a excepción de Carlos Villagrán, que ya había mandado al diablo a Gómez Bolaños), esta segunda parte tiene los mismos chistes y sketches vacíos y estúpidos. No hay crítica, no hay realismo; el director, productor y escritor de la cinta muestra escapismo puro; él mismo lo explicó en su momento: La gente, y sobre todo en esta difícil época que nos tocó vivir, necesita divertirse tanto como comer y respirar. Chespirito sirve al sistema, a las altas esferas del poder, al igual que su casa Televisa. Gracias a la señal televisiva es que la saga del Chanfle no se ha perdido en el tiempo. No nos enseña nada cinematográfico, nada digno de ser recordado, pero su transmisión ha seguido y al parecer seguirá a lo largo de los años.

Los 70 terminaron con un México dolido; todo el país se estaba cayendo a pedazos, las esferas de poder comenzaban a ser cada vez más notorias. Figuras como el mismo Azcárraga Milmo, López Portillo, Durazo, hoy puntos negros en la historia nacional, encontraron en este tiempo su más amplio regocijo y placer. El cine mexicano apenas sobrevivía con un cine de ficheras que llenaba los cines y ponía a la industria a los pies de sus estrellas. La Liga Mexicana de Futbol tomó fuerza, competitividad y vistosidad, se comenzaba a consagrar como el eterno espectáculo de fin de semana en la televisión.

Los años 80 no fueron de gran cambio, el país se hundió más en el retroceso, la corrupción y el desasosiego. Tragedias como las de San Juanico o el terremoto del 85 hicieron ver la precaria condición del país y lo poco que servía el poder público al pueblo. Sin embargo, las esferas del poder pretendían seguir viviendo del erario público, y para eso había que convencer tanto a nacionales como extranjeros de que México era un gran país, ya no en vías de desarrollo, sino de primer mundo.

El 31 de mayo de 1986, con la Ciudad de México aún destruida, el presidente Miguel de la Madrid inaugura en el Estadio Azteca la XIII Copa Mundial de Futbol: México 86. La pasión futbolera regresa a la nación, pero es ahora la televisión quien se hace cargo de distribuirla y retratarla. Nacieron figuras ahora entrañables como el Pique, mascota de la copa, o la Chiquitibum, madre de las ahora llamadas novias del Mundial (como Larissa Riquelme), que con sus dos grandes dotes apoyaba a la Selección, al tiempo que promocionaba la cerveza Carta Blanca. Los publicistas se desvivieron en crear grandes promocionales, y hasta la Selección Nacional le entró al juego publicitario y comercial, grabando un tema musical (El equipo tricolor tiene mucho corazón, y en la cancha lo demostrará…).

Un aventurado director, que a la postre llegaría tanto a la gloria como al subsuelo del cine mexicano, Alfonso Arau, junto con su esposa, Laura Esquivel, se pone bajo el mando de Abraham Cherem para hacer una cinta futbolera sobre la pasión y encanto que se vivía gracias al Mundial. Chido Guan, el tacos de oro (1986) fue el resultado. La cinta, estrenada en el mismo año mundialista, contaba la historia de un futbolista salido del barrio descubierto por un promotor deportivo que a la postre lleva a la Selección Nacional a ganar el Mundial, derrotando a Argentina. Mario Almada y Fernando Arau son las protagonistas, pero dicha cinta cuenta con un extenso reparto de caras conocidas para la industria nacional.

La cinta de Arau es la primera película de futbol mexicana en ser considerada para los premios Ariel, nominada a 6 de ellos, pero sin obtener ninguno. El filme también retrataba los malos manejos de la Federación Mexicana de Futbol. Hay quienes dicen que ellos mismos la quitaron de los cines… Chido Guan representó la relación cotidiana del futbol con la sociedad mexicana sin caer en clichés, malos tratos o grillas infundadas; también representó una disputa entre director y productor, pues Arau entregó una versión de 110 minutos, cosa que Cherem no vio bien y decidió cortarla a 90 minutos. El público respondió poco a la cinta; estuvo en cartelera apenas 3 semanas, pero gracias a su calidad y al reconocimiento de la Academia, volvió a proyectarse el siguiente año, por corto tiempo, en la Cineteca Nacional.

La primera cinta importante de futbol, por desgracia, sólo fue una pequeña luz de esperanza, pues el siguiente encuentro del futbol y el cine llegó en 1989 a manos de Javier Durán y su protagonista Rafael Inclán. Este dúo no entregó una, sino dos cintas de esas llamadas sexycomedias, Futbol de alcoba y El pichichi del barrio, ambos, acercamientos, hasta el momento únicos, al futbol femenil. Por desgracia, el tratamiento es poco (en realidad nada) serio y sólo se utiliza a las mujeres deportistas como pretexto para mostrarlas desnudas, semidesnudas y en situaciones, poses y diálogos bastante sugerentes. Inclán representa a un entrenador que pretende hablar como brasileño, que se dedica a entrenar al equipo femenil local con la idea de llegar a la capital mexicana y conseguir el trofeo. No hay mayor diferencia en el guion de una y otra historia, ni con alguna otra historia del cine mexicano de la época: albures, desnudos femeninos, chistes verdes, música guapachosa y popular. La fórmula se había gastado y ambos filmes pasaron de largo en cartelera.

Con un país lleno de dudas se acabaron los 80. La nueva década prometía cambios, esperanza y el regreso de México a los primeros lugares mundiales. Por desgracia, no fue así. En lo político, el país comenzó a bañarse de sangre: asesinatos a candidatos, funcionarios, estrellas de televisión y hasta miembros del clero; se levantó el EZLN, la capital comenzó a gobernarse como una entidad autónoma, y la UNAM cayó en una larga e intensa huelga. El futbol nacional cambió de torneos largos a dos torneos cortos por año, y casi 20 años después, este cambio aún no ha convencido a la afición demasiado. El Necaxa y el Toluca dominaron la Primera División. La Selección Nacional seguía en las mismas.

Después de aquel deshonroso castigo al inicio de la década, gracias a los cachirules, no pudo aprovechar una de las mejores generaciones de futbolistas nacionales en el Mundial de EE.UU. 94, ni la suerte que tuvo en cada encuentro de Francia 98. Brilló únicamente en la Copa América del 93 y, gracias a la localía, obtuvo la única copa oficial de la FIFA que ha ganado México hasta ahora, la Copa Confederaciones de 1999.

El cine nacional tuvo un nuevo aire de la mano de Sólo con tu pareja de Alfonso Cuarón (1991), Como agua para chocolate de Alfonso Arau (1992), Cronos de Guillermo del Toro (1993), El callejón de los milagros de Jorge Fons (1995), Cilantro y perejil de Rafael Montero (1998) y un no muy largo etcétera. El cine se concentró en la nueva clase media, la clase que podía ir a los cines, y olvidó la grilla política para enfocarse en el realismo sucio nacional.

Llegaría un nuevo milenio, una nueva era. México creyó en la democracia, en el cambio. Parecía que todo sería diferente, pero, una vez más, todo siguió igual.

A inicios de la nueva década, el futbol regresó a la pantalla grande, de la mano de Gustavo Loza y su ópera prima, Atlético San Pancho (2001), un filme infantil que toma de pretexto el futbol para contar una historia cómica de superación: la fórmula eterna. Atlético San Pancho cumple con su cometido, entretener a los niños y, de paso, a la familia. El guion cae en los mismos clichés melodramáticos del ADN nacional, pero la dirección y buenas actuaciones infantiles, así como de Héctor Suárez, arrojan un salvavidas al filme. La crítica no la tomó demasiado en serio, pues la cinta parecía ser un pretexto más para anunciar Coca-Cola, y el grueso del público infantil, que veía el canal 5 en vez del 11, no reconocía a las estrellas infantiles y mucho menos a las mayores, por lo que el futbol se volvió el único pretexto para ir al cine.

Atlético San Pancho narra la historia de unos niños que, por amor al futbol, al equipo y a la playera, resultan ganadores de un torneo nacional. Les enseñan a los futbolistas grandes la humildad que un deportista necesita. Se juega por amor y pasión, no por fama ni millones. Sin duda alguna, Loza no es un gran visionario, a pesar de tener bastantes productos televisivos de éxito. La historia parece ser un prólogo de los devenires del país en torno al futbol en los albores del siglo XXI. La Selección se desmoronaba cada vez más entre fracasos mundialistas (perdiendo contra los gringos 2-1 en Corea-Japón 2002), cambios de técnico de última hora (con el supuesto fin de salvar la clasificación), escándalos por doping, sexoservicios, robos y demás linduras deportivas. Se consagraron las dos frases inmortales del futbol mexicano: ya merito y jugaron como nunca, perdieron como siempre.

Las selecciones menores, por ejemplo la Selección Sub-17, se coronaron campeonas del mundo (primero en el 2005, de la mano de Chucho Ramírez, y después en el 2011, de la mano del Potro Gutiérrez). La Selección Sub-23 consiguió todo en su camino, culminando con la medalla de oro en Londres 2012. Las Selecciones Sub-20, así como las selecciones femeniles, y hasta la Selección Nacional de Futbol de Playa, tuvieron muy buen desempeño. Los jóvenes sacaron la casta. También durante estos años se dio la mayor migración futbolística de nuestro país. En cada torneo internacional, jugadores aztecas eran contratados por diversos clubes europeos, desde los más grandes hasta algunos menores. Un filme, no mexicano, llamado Goal! (Danny Cannon, 2005) intentó acercarse a estas historias de los jugadores latinoamericanos que pasan de la cancha local a un gran estadio europeo. La película cuenta con la participación de Kuno Becker, actor mexicano de telenovelas (que por algo se sentía identificado con el personaje), y tuvo una gran aceptación en nuestro país. Por desgracia, la trilogía se fue desmoronando sin lograr consolidarse de manera importante.

En el año 2008, futbol y cine volvieron a tener un encuentro común, Rudo y Cursi de Carlos Cuarón, quien decidió dejar de lado a su hermano y dirigir por su cuenta. La ópera prima del guionista de Y tu mamá también (2001) contó con el dúo de moda del cine nacional contemporáneo, Diego Luna y Gael García Bernal, como protagonista, y con el trío mexicano más reconocido por el público, Alejandro González Iñárritu, Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón, en la producción. Con tantos nombres reconocibles, mediáticos y queridos por el público (y la cereza en el pastel de ser un filme futbolero), Rudo y Cursi se volvió la sexta película más taquillera de la historia del cine nacional.

Esta cinta regresa, como todas su predecesoras, a la comedia, pero ahora utiliza el género para criticar, señalar y burlarse de los malos manejos del balompié nacional. El sueño eterno de cualquier futbolista de barrio, ser descubierto y llevado a las ligas mayores, es el punto central de la trama de la película. Sueño de los hermanos Tato y Beto (García Bernal y Luna), que pronto se convierte en una pesadilla de traiciones, prensa, afición y una nación corrupta. Rudo y Cursi fue la segunda más nominada para los premios Ariel, pero acabó con las manos vacías. No hay premios cinematográficos para el futbol. El público respondió a la película, pero para muchos Carlos Cuarón no llegó a llenar el ojo de espectadores y crítica. Rudo y Cursi se volvió una obra más bien mediática; incluso llegó a las listas de popularidad musical con un tema interpretado por Gael. Sin embargo, no trascendió en la memoria mexicana.

Oro: el día que todo cambió (2013), de Carlos Armella, fue un nuevo acercamiento del cine documental al futbol, pero, como en el pasado, no se deshizo del eterno estigma de Coca-Cola. Este mediometraje intranscendente a nivel visual y sólo anecdótico en su contenido no pasó de estar al nivel de un programa de televisión dominguero. Gringos at the Gate (Roberto Donati, Pablo Miralles, Michael Whalen, 2012), otro documental, fue proyectado un poco antes, pero no llegó a México ni tuvo demasiado impacto en las pantallas. Este documental mexico-americano habla de la eterna rivalidad, no sólo futbolística, entre EE.UU. y México. En él se retrata todo lo que se vive y conlleva un encuentro de futbol entre las dos escuadras.

El último año mundialista, dos nuevos documentales se encontraron en cartelera. Ilusión Nacional, del director Olallo Rubio, y Mitote, de Eugenio Polgovsky; el primero mucho más futbolero que el segundo. Mitote es un mediometraje de menos de una hora de duración que retrata la convergencia caótica de frentes diferentes en el punto central de la ciudad, el Zócalo capitalino. La afición que lleva a la gente a las pantallas gigantes, patrocinadas una vez más por Coca-Cola, a ver los partidos del Mundial de Sudáfrica 2010 vs. los ex trabajadores de Luz y Fuerza del Centro, que en huelga luchan por sus derechos laborales vs. la tradición prehispánica representada por los danzantes ahí asentados. Polgovsky habla así del México enfrentado, divido, del pueblo oprimido desde hace 500 años y del futbol como eterno sueño mediático.

Olallo Rubio regresa con sus podcasts visuales, como han sido llamados sus anteriores trabajos cinematográficos, a contar la historia de la Selección Mexicana de Futbol, con sus triunfos y fracasos y lo que todo esto ha representado para el grueso de la población, incrustándose en la idea derrotista o triunfadora y en la psicología social. El director peca de instigador y esperanzador en un México, por lo menos futbolísticamente, mejor. Se muestra, nuevamente, poco objetivo en su oficio como documentalista, inclinando la balanza al lado que él considera mejor.

El cine mexicano, de nueva cuenta, no responde adecuadamente ni al deporte ni a la afición; México, tan amante del cine y del futbol, no puede encontrar la manera de relacionar ambos. Rudo y Cursi y Chido Guan, el tacos de oro son los únicos ejemplos en el cine nacional que, desgraciadamente y a pesar de la popularidad de uno de ellos, no logran ser parte de las listas cuando de cine mexicano deportivo o futbolero se trata. Parece que las palabras de Carlos Calderón, el futbol es el menos cinematográfico de los deportes, tienen un fundamento sólido en la calidad de las producciones a nivel nacional y global. Llegaron mundiales y competencias, nuevas y grandes estrellas del balompié nacional, pero la gente, tal vez harta de ver futbol cada semana, no se interesa por ver cintas sobre el deporte (a diferencia de la lucha libre, que con El Santo encontró un nicho indeleble). La calidad de las cintas puede parecer la culpable; no pasan de ser risibles melodramas en blanco y negro, comedias simples y burdas a la Chespirito, relatos de temáticas infantiles o para adultos de clase baja y popular a los que les gustan los albures. Los documentales pecan de subjetividad, o muy a favor o muy en contra, y no trascienden la anécdota.

La relación entre ambas industrias y espectáculos, entre deporte y arte, por lo menos en México, y a más de 100 años de haberse instaurado en el país, no ha encontrado el pináculo de su romance. México ama el cine, México ama el futbol. Cada fin de semana, uno y otro son escapes visuales para esta realidad nacional tan carente de romance, ilusión, espectáculo y triunfo. México necesita ídolos, trofeos que presumir al mundo. Necesita despertar de la pesadilla y comenzar a vivir el sueño en que México gana un Óscar a mejor película extranjera, y además es campeón de la Copa Mundial de Futbol. Sólo así sabremos si de verdad es tan importante para nuestro pueblo.

Por Ali López. Esta entrada apareció primero con el título ¡México, México, ra, ra, ra! en cuadrivio.net

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