Gianfranco Zigoni, la subversión del futbol

Mientras escribe: a mí me basta con un huevo duro, un bocadillo de salami y una copa de vino, se le ve tranquilo a Gianfranco Zigoni durante el programa que le dedicó Informe Robinson. Y es que para la leyenda viviente del Hellas Verona, la felicidad se transcribe en esta sentencia. Sin embargo a continuación, sencillo y paradigmático, afirma tajantemente: lo demás me importa una mierda y en el fondo comienza a cantar Jim Morrison, dos ídolos en el tiempo se encuentran. Uno desde la música, otro desde el futbol. Al final, los héroes permanecen en la memoria, como en los poemas épicos. Recuerdos de un tiempo antes del tiempo.

Yo soñaba con morir en el campo, con la camiseta de Verona…
Gianfranco Zigoni

Atacante italiano irreverente y contestatario. Gianfranco Zigoni era un guerrillero de la cancha, a un tiempo fanático del Che Guevara y a otro un jugador insaciable, amante eterno del gol, del buen juego. Sin duda era una función lógica que no se agrupaba bajo parámetros formales, matemática combinatoria. De la Juventus a la Roma, del Hellas Verona al Brescia todo se disuelve en anécdotas, en toques de balón elegantes. La salida mítica al estadio con un sombrero estilo panamá y un abrigo de piel se mezclan bajo una misma sinfonía. Ejemplo revolucionario de los sesenta cuya manera de entender al futbol se oponía diametralmente a su tiempo. Zigoni no conocía de reglas, conocía de goles. Su juego era comparable a lo que en pintura se conoce como action painting. El futbol convertido en pasión, donde el balón muta en un cuadro de Pollock salvaje y violento, imagen perfecta de un John Fante jugando en la parte alta de la media cancha.

Gianfranco Zigoni expresión de una época, paisaje de goles y subversiones.

Quién podría olvidar su mítico peinado en los primeros partidos que jugó con la Juve, o acaso el recuerdo del partido con el Real Madrid, donde el mismo José Santamaría lo llegó a comparar con el rey Pelé. La locura tenía un método fijo, bala que viajaba desbocada. A pesar de eso habría que volver al principio, la pelota en las canchas, los alrededores de la Iglesia de Ordezo. Gianfranco jugando descalzo en la Italia de la posguerra. Así como su virtud era desaparecer del partido para volver con un tiro soberbio, así entra y desaparece de la historia. Desde su debut en el calcio hasta su paso fugaz por la selección italiana, cuadro que no significó un baluarte. Después de todo Oscar Wilde tenía razón: Patriotism is the virtue of the vicious.

No hay duda se robó la década de 1960. Con la Juve militó del 61 al 64, para después mudarse al Genoa hasta 1966, de ahí de vuelta a la Juventus hasta el año de 1970, que lo vive desesperadamente jugando con la Roma. Alfa y Omega de una década que marcó pauta.

Por: Andrés Piña/@AndresLP2

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