Cine mexicano y futbol. Primera parte

Tan sólo 8 meses después de su primera función, el cinematógrafo llegó a México, causando sensación en el presidente Porfirio Díaz, tan adepto a la vida europea. Cinco años después, en 1901, otro producto europeo comenzó a permear en el pueblo mexicano: el futbol. Pachuca y sus centros mineros fueron la cuna de este deporte en México, pero a diferencia del cinematógrafo, que con Salvador Toscano comenzó a tomar un estilo mexicano, el futbol tardó casi una década en dejar de ser sólo para europeos asentados en estas tierras. El Club de Futbol México fue el primero en tener integrantes exclusivamente mexicanos.

Durante los años revolucionarios y posrevolucionarios, el futbol y el cine mexicano comenzaron a tomar forma; dejaron su estatus amateur para iniciarse en el profesionalismo. Surgieron estrellas en uno y otro ámbito, pero el pueblo aún no apreciaba la importancia que este arte y este deporte (ambos convertidos en espectáculo) tendrían a lo largo del siglo XX. Durante los años 40, la Segunda Guerra Mundial fue foco de atención para norteamericanos y europeos, y fue el momento que le sirvió al cine mexicano para formar su tan (sobre)valorada época de oro. Además de convertirse en espectáculo, el cine y el futbol también comenzaron a forjarse como industria. Necesitaban imágenes públicas e ídolos mediáticos que cumplieran con las expectativas y permearan en el imaginario colectivo nacional, pero también que representaran al gran pueblo mexicano allá en el extranjero.

Pedro Infante, Jorge Negrete y Maria Félix son personajes ligados a la historia contemporánea de manera permanente. Sus nombres están labrados con letras de oro en el largo discurso del cine mexicano. Ellos representaron el ideal estético del pueblo. La gente comenzó a vivir con ellos y para ellos, llenaba los cines, los buscaba en la calle, compraba sus fotos y sintonizaba su voz en la radio. Los ídolos habían llegado. Los sombreros, botas y trajes de rancho se unieron a la piel bronce gracias a las imágenes de nitrato de plata, de las que fueron protagonistas, pero no causantes. Gabriel Figueroa, Emilio El Indio Fernández, Roberto Gavaldón, entre otros, fueron responsables de concebir las imágenes eternas de cielos nublados, desiertos profundos y viajes musicales a caballo.

El futbol no tardó en encontrar las virtudes de dicha fórmula.

El paso futbolístico mexicano había sido más que pesado. En 1930, México fue invitado al primer Mundial de futbol, en Uruguay. La Selección mexicana tuvo el honor de jugar el primer partido en la historia de los Mundiales, contra Francia, único acontecimiento honroso de aquel Mundial, pues terminó perdiendo el primer encuentro 4-1 (el primer equipo en ser derrotado en un Mundial de futbol), el segundo contra Chile 3-0, y terminó su participación con un 6-3 contra Argentina.

La proyección internacional del futbol en México no era buena. La Selección mexicana no participó en los siguientes dos Mundiales, Italia (1934) y Francia (1938), pero se consagró como el gigante de Centro y Norteamérica tras ganar en dos ocasiones los Juegos Centroamericanos y del Caribe. En los años 40, la guerra no permitió el desarrollo del campeonato Mundial de futbol, por lo que la atención comenzó a enfocarse en los torneos locales. Fue entonces, en la liga mexicana, cuando también empezaron a surgir los grandes ídolos del futbol nacional. Nombres como Horacio Casarín, Luis Pirata Fuente o los 11 hermanos llenaron los titulares de los primeros encabezados deportivos.

Así es como en 1944, en pleno auge de la guerra, con el cine mexicano consagrado y el futbol en vías de ser lo que ahora es, llegó la fusión entre ambos: Los Hijos de Don Venancio, cinta dirigida por Joaquín Pardavé, protagonizada por él mismo y por la estrella del balompié Horacio Casarín. El tema central de Los Hijos de Don Venancio no es el futbol; su principal idea es hablar acerca de las migraciones españolas de la época.

Don Venancio (Pardavé) duda en ir a ver a su hijo (Casarín) jugar la final de un torneo. Como buena película mexicana de la época, el melodrama transcurre meloso hasta el final, donde con hegemonía y emotividad Casarín anota el gol del triunfo (y de chilena). A lo largo de la cinta, se muestra cómo la gente vivía el futbol en aquellos días. Sólo había dos opciones: la radio o el estadio. Las pasiones desbordadas de los aficionados, que mueren y gritan por su equipo, ya se habían vuelto costumbre. Las transmisiones televisivas en vivo aún no existían, por lo que resulta impresionante que la cámara de Pardavé estuviera situada de manera precisa para mostrarnos las jugadas y goles, además de material que no había sido hecho exclusivamente para la película, aprovechando al máximo los beneficios de la edición.

Pasarían dos años para que el cómico y el futbolista realizaran la secuela de su película, ahora titulada Los Nietos de Don Venancio (1946). Esta cinta deja al futbol aún más de lado que la primera. Don Venancio viaja a España, su tierra natal, para visitar a sus padres, por lo que deja a cargo de su negocio al más pequeño sus hijos. Descuidado, olvida pagar el seguro contra incendios y la calamidad clásica del cine mexicano, un incendio, acaba con el local. Don Venancio no tiene más opción que regresar a México y tratar de resolver el problema. Sus hijos, entre ellos Casarín, no quieren que su padre vea todo destruido, por lo que cada uno, en su profesión, intenta obtener la suma necesaria para reconstruir el negocio familiar.

La parte futbolística del filme se concentra en Casarín, quien en esta ocasión es contratado por un club de alto rango. El personaje da todo de sí, triunfa y expone sus cualidades. Sin embargo, la prensa deportiva inventa cosas sobre él y dice que recibió dinero del otro equipo a cambio de jugar mal. Cuando Don Venancio lee esto cree que sus hijos han caído en malos pasos. Al final todo se resuelve sin sorpresa; el negocio es reconstruido y cada uno de los hijos triunfa en su oficio. A pesar de no superar a su predecesora, Pardavé volvió a atraer los reflectores. Los Nietos de Don Venancio estuvo un mes en cartelera y tuvo una aceptación destacable.

La conclusión de estas primeras dos películas futbolísticas mexicanas es clara: el futbol sólo sirve como refuerzo para el melodrama. En ese momento, aún es un deporte incipiente, carente de glorias que contar. Las tragedias, que siempre han existido y existirán en el deporte, no tienen cabida en el cine meloso de la época de oro. El cine y el futbol son escapismo e irrealidad.

El futbol regresó al primer plano a inicios de la década de los 50. El Mundial de Brasil significaba el retorno del balón girando sobre el césped, las naciones unidas en torno al deporte, vitoreando a sus jugadores; habría juego y fiesta, no más guerra. Europa, devastada, encontró ánimos y el desarrollo latinoamericano un aliciente. Habría una competencia justa, pareja. Uruguay se alzó con la copa el 16 de julio de 1950, escribiendo en los libros de historia la palabra Maracanazo. México volvió a los Mundiales, pero seguía siendo lo mismo, una pequeña selección que sólo tenía hegemonía en su territorio (goleaba siempre a EE.UU., Haití, Cuba o quien estuviera enfrente), pero que a escala mundial no pasaba de primera fase; regresaba temprano a casa y con bastantes goles a cuestas. Fue hasta el Mundial de Suecia 58 cuando la Selección mexicana por fin logró evitar la derrota, con un empate a 1 contra Gales.

El cine mexicano fue más sólido durante esa década. El cine hollywoodense estaba abaratado y confinado a las funciones de media noche, matinés y autocinemas, y los europeos apenas comenzaban a comprender los estigmas de la guerra. El cine mexicano llegó a su punto más alto, se volvió referente en el ámbito mundial. Fue un punto de culminación y partida para directores, productores y actores de todo el orbe; México era sinónimo de cine. Pero el sueño terminó en abril de 1957, cuando un Consolidated B-24 Liberator, ex bombardero de la Segunda Guerra Mundial, se desplomó con Pedro Infante, el ídolo mexicano, en su interior. Una de las principales figuras cinematográficas mexicanas había muerto. Así inició el declive del cine nacional.

Chile 1962 fue el primer Mundial de la década de los 60, década tumultuosa, llena de revoluciones y cambios. En este Mundial México consiguió su primer victoria, 3-1 contra la Selección checoslovaca, que a la postre ganaría el campeonato. La Selección, otra vez, no pasó de la primera ronda (perdió contra Brasil y España), pero mejoró su desempeño. Su base era la base del Campeonísimo, aquel Club Deportivo Guadalajara que ganaría todo lo ganable para un equipo mexicano y daría tantas alegrías a su afición como ídolos y figuras al pueblo. Salvador Chava Reyes, Isidoro Díaz y Jaime El Tubo Gómez, por mencionar algunos. Este fenómeno deportivo fue la causa de que el futbol y el cine mexicano volvieran a tener un romance franco.

Las chivas rayadas (1964) rindió un homenaje al Campeonísimo en el celuloide. Antonio Espino y Mora, Clavillazo, y la eterna abuelita del cine mexicano, doña Sara García, protagonizaron la cinta dirigida por Manuel Muñoz, que también contó con la participación del plantel titular del equipo jalisciense, además del gran portero nacional Antonio La Tota Carbajal.

El ídolo del equipo, Chava Reyes, protagoniza la historia, haciéndola de un gran futbolista que junto con su hermano (Clavillazo), aguador del equipo, intenta ganar el campeonato. Pero una linda muchacha del equipo rival intenta sobornar a Reyes para hacer perder a su equipo. Al negarse, el ídolo es secuestrado. Todo se resuelve al final, para variar, y los hermanos ganan el torneo.

El Club Guadalajara fue el equipo más importante de México a nivel social y deportivo. El cine también se vistió de rojo y blanco, pues Las chivas rayadas tuvieron una segunda parte, Los fenómenos del futbol (1964), dirigida nuevamente por Muñoz y con la misma alineación actoral, Clavillazo y Sara García. Esta película narra el camino mundialista que vive el equipo para llegar a representar a México. Al final Reyes anota ese gol contra Gales (ya efectuado en Chile 62). Para 2018 la s chivas estrenaron su películas, de la mano del dueño Jorge Vergara y su hijo Amaury, el rebaño llegaron a pantalla grande, en un filme que retrata la última época dorada del club.

Este segundo filme, casi igual que el primero, pasó sin pena ni gloria por los cines; ni la crítica ni el público lo recibieron muy bien. Sin embargo, en los cines piojito (algo parecido a los grindhouse gringos, donde se exhibían cintas de bajo presupuesto) las películas dedicadas al Guadalajara encontraron larga vida. El pueblo se entregaba a sus ídolos, el mismo público fiel que llenó las exhibiciones itinerantes en cines improvisados y en plazas o locales populares. La imagen del rebaño se popularizó, el pueblo los hizo suyos y el Club Guadalajara se volvió el favorito de las masas, al contrario del Club América, que por ese entonces comenzaba a representar a cierta élite social. La rivalidad clásica del futbol mexicano estaba en gestación. Chivas-América se consolidó como una de las batallas mediáticas más importantes y populares. Cuando los dos equipos se enfrentaban en la cancha el país se paralizaba. Éste fue el pretexto para la siguiente película futbolera: Tirando a gol (1966). Este filme habla de uno de los problemas maritales más importantes de los mexicanos: uno le va al Guadalajara, el otro, al América.

Lola Beltrán y David Reynoso protagonizan el filme de Ícaro Cisneros. Beltrán es madre de dos jugadores del rebaño, y Reynoso, padre de un jugador de los azulcremas. El amor nace entre ellos, acérrimos rivales, pero la diferencia de equipo les impide estar juntos. Todo se soluciona con la inclusión de sus respectivos hijos en la Selección nacional. Ahora que forman parte del mismo equipo, pueden estar juntos. Julissa, Fernando Luján y Juan Ferrara participan como estrellas emergentes, junto con el cómico Ramón. La película también cuenta con la participación de jugadores del Campeonísimo y del Club América. El mayor impulso para la promoción de la película fue el Mundial de Inglaterra 66, año en que se estrenó la cinta, pues la crítica no la veía más que como una comedia superficial.

Los años 60 terminarían con una película menor, El Pícaro (1967), protagonizada por Amador Bendayán. Se trata de un portero con unos guantes mágicos que vive las desventuras del futbol mientras intenta enamorar a una chica. La cinta sólo fue exhibida en el cine Mariscala y no más de un mes.

El cine futbolero mexicano de los 60 se centró en la comedia simple y de pastelazo, en la trama de superación personal y el eterno logro del triunfo de la gente humilde. El cine mexicano cayó en un bache en esta década. Su época dorada había pasado y las fórmulas regionales estaban gastadas. Se intentó copiar las fórmulas extranjeras: monstruos, ovnis y demás situaciones adaptadas a nuestro entorno. Así nació el cine kitsch nacional, dotando a la industria nacional de una falta de identidad.

Políticamente, México se decía en pleno desarrollo, destinado a ser una de las grandes naciones, no sólo de Latinoamérica, sino del orbe entero. El gobierno mexicano estaba dispuesto a demostrar esto, y más al mundo, por lo cual presentó formalmente su candidatura al COI (Comité Olímpico Internacional) y a la FIFA (Federación Internacional de Futbol Asociación) para ser sede de dos de los más grandes eventos deportivos: los Juegos Olímpicos y el Mundial de futbol. Así, México se convirtió en el primer país encargado de organizar ambos eventos de manera consecutiva: los XIX Juegos Olímpicos en la Ciudad de México, en 1968, y la IX Copa Mundial de Futbol en 1970.

Por Ali López. Esta entrada apareció primero con el título ¡México, México, ra, ra, ra! en cuadrivio.net

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