Los diamantes africanos del futbol

Según los últimos datos, en España hay más de 80,000 africanos menores de 25 años, muchos de los cuales cruzaron el Mediterráneo con falsas promesas de promotores y el sueño de enfundarse en la playera de algún equipo para construirse un futuro fácil y rápido. Los agentes organizan partidos en los que ambos equipos están conformados por jugadores africanos y se calcula que únicamente 1 de cada 20 debuta, sin la seguridad de consagrarse en el balompié. El resto tiene que buscar otras opciones antes de llegar a la última, que implica regresar con la cabeza agachada al lugar de donde salieron con la ilusión de cumplir su sueño. No todos pueden ser Eto’o ni Drogba, en realidad, casi ninguno de los futbolistas africanos que viajan a Europa lo consigue.

Miles de jugadores africanos perdieron todo por buscar una vida mejor basada en el sueño de todo niño: ser futbolista profesional

Nunca creí que llegaría este momento. El hombre de traje que apenas está terminando de aprender las palabras básicas para hablarnos en francés se desespera dentro de las rejas imaginarias de un rectángulo de cal con líneas entrecortadas y le ha pedido al utilero que prepare mi tarjeta de cambio. Yo me acerco apresurado para terminar de atender sus indicaciones mientras peleo con la casaca que se atora en mis brazos y se niega a salir. Cuando llegué, mis huesos apenas tenían la fuerza suficiente para sostenerme, no sin antes hacerme tambalear un par de ocasiones y derribarme en el asfalto a unos metros de llegar al campo de entrenamiento. Los demás chicos sí se alimentaban bien, casi todos eran de la ciudad y cargaban maletas con patrocinadores, tachones a su medida y un temperamento reacio, casi prepotente.

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Para llegar aquí tuve que matar a mis padres en un acta falsa de la que no entendí una palabra. El pasaporte con el que crucé no era menos ilegal y tuve que admitir la tutoría de un hombre que un día llegó a mi casa con ropa muy elegante porque creía que el futbol puede jugarse vestido de traje y corbata. Podré no tener educación, pero estoy seguro de que así no debería ser.

Es una mala noche para el equipo. Los visitantes se pusieron al frente con un gol de vestidor y nuestro delantero estrella, un media punta sudamericano, todavía no se recupera por completo de la operación de meniscos que le practicaron hace unas semanas. Jugar 15 minutos no me parece justo ni suficiente para demostrar las habilidades en el campo, pero desde el día en que llegué esto ha sido igual. Cuatro horas de entrenamiento por las tardes y lo demás se resume al encierro en el sótano de un restaurante que presume cocinar platillos asiáticos.

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Me llamo Karim Malouda, tengo 18 años y apenas conozco el nombre del país donde estoy. No sé si la ciudad está al norte o al sur y tampoco sé dónde se ubica mi casa. Los chinos que alquilan la bodega del restaurante donde duermo me dijeron que antes de mí han pasado cientos, incluso miles de niños africanos que han tenido que madurar y enfrentarse a las adversidades de perseguir una promesa casi inalcanzable. Todos ellos terminaron en las calles y los automóviles, maldiciendo una lesión o reprochándose por no haber tenido la habilidad suficiente para consagrar el sueño que les prometieron al salir de su casa y de su país, abandonando a sus familias que se empeñaron tanto o más que la mía hasta el punto de vender su morada con tal de que uno de hijos pudiera llegar al primer mundo: el primero en economía y también en futbol, un mundo en que ambos terminan asemejándose tanto que no faltan quienes los confunden.

El equipo rival tiene un jugador como yo, un experimento que por fortuna consiguió llegar a Primera y hacerse de la titularidad, pero imagino que debe ser difícil acercarse a las esquinas e ignorar todas las señas y los ademanes de los contrarios que emulan ruidos de animales y abarrotan el córner con fruta. Cuando uno llega no te llevan a la escuela, mucho menos te enseñan a hablar, todo lo que se aprende es por ensayo y error –pero los errores deben ser menos si quieres sobrevivir– y aunque las palabras que se aprenden son las básicas para jugar –linesman, offside, foul, wing, forward y goalkeeper–, es fácil identificar los insultos y los comentarios racistas que llegan desde las gradas porque se expresan con el mismo tono de rechazo con los que uno es recibido por sus compañeros en cada práctica desde los doce años: “negro de mierda”, “mono estúpido” y “maldito subdesarrollado”.

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La verdad es que no tengo muchas ganas de ingresar al campo. Estamos a la mitad de la tabla y tan lejos del descenso como de la liga. Al inicio del campeonato contrataron un jugador para la posición en la que yo debía jugar y perdí todas las esperanzas. Me dediqué a buscar trabajos de medio tiempo para no quedar en la calle cuando me echaran. El balón salió por la banda y en el tablero electrónico se ilumina el número que definirá mi destino. No quiero entrar porque sé muy bien que si fallo, mi nombre se sumará a la lista interminable de los miles de jugadores africanos que perdieron todo por buscar una vida mejor basada en el sueño de todo niño: ser futbolista profesional.

Por: Obed Ruiz/@ObedRuizGuerra

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