Son cerca de las 9 de la mañana de un domingo cualquiera, una de las tantas mañanas de domingo que paso jugando futbol en una cancha con más de cuarenta y siete hoyos, con mi equipo al que tanto quiero. El partido es uno de esos de siempre, trabado pero ganable desde donde se mire. Vamos empatados y tocando la puerta. Lorenzo, el delantero, vuela todas las pelotas posibles. Nuestro capitán grita que apretemos la salida del rival mientras nuestro lateral, “el Panda”, ya se salió a echar “el preparado” (refresco de limón con chile y sal), a la tiendita de la esquina. Mi portero, ese pelirrojo desenfrenado que enojado es incontrolable, grita a la banca que le avienten la cinta para apretar la espinillera.

-¡Luis!, ¡Luis! ¡La cinta!

Luis corre y le avienta la cinta junto con un “gatorade”. En fin, todo normal. Estamos jugando contra el “Atlante”, esos que juegan con la playera del Barça y que traen al pelón arriba que mete todo. Lo bueno que no vino su contención, el “chino”, que es imparable. El árbitro marca saque de meta. Salimos jugando por la banda y el medio por derecha, Ramón, pierde la pelota tan pronto como la recibe. El rival le tira un túnel de esos que sólo Riquelme hacía, de esos que valen el partido y la semana completa, y tira un centro malísimo, que va llorando, de esos dulces para cualquier portero.

Nuestro guardameta salta (dos pesos de tortillas) y grita: “mía”. Acto seguido, gol en contra. Manoteó la pelota para atrás y ésta acabó en las redes. Autogol. Ni hablar, a sacarla de ahí y a ponerla en el centro para empezar y darle vuelta. Nada que no haya pasado antes.

Pita el árbitro el medio tiempo. Como siempre también, se escuchan los reclamos de mi capitán:
-¡Oye! ¡Profe! ¿Qué no es de cuarenta y cinco? Lo diste de cuarenta…

El árbitro se voltea y sonríe sarcásticamente con su asistente. (Sí, aunque no lo crean, hay tripleta arbitral) Me bajo las calcetas y camino hacia la banca para tomar agua. Se acerca Esaú, que juega conmigo en la contención.

-Dale más la vuelta, güey. Torres parece vaca pastando allá en la otra banda. Ya compró su terreno el cabrón. Hay que hacerlo jugar.

De repente, aparece nuestro portero en calzones, abre su maleta y empieza a vestirse mientras nos dice:
– Ya es el segundo que me como con ese uniforme. Estaba maldito.

Había tirado su uniforme completo a la basura. Nadie lo podía creer. La superstición había levantado la mano y de qué manera. Claro está, la cara de perplejidad de todo el equipo no se dejó esperar pero ésta fue borrada por el pitazo del árbitro que anunciaba el inicio de la segunda mitad. Aquí los descansos son de diez minutos que si no se atrasan los horarios de los próximos partidos.

Queda claro que para gustos muy refinados en esto del balompié, disfrutar de un alto nivel en partidos así es prácticamente imposible. Si se quiere futbol de élite, que se vaya al estadio (si se va con suerte), que aquí, los domingos en la cancha 3, se dan otro tipo de milagros.

El partido lo perdimos. Al final del encuentro, mi portero se acercó y me comentó: “ni hablar, maestro, hoy no nos tocaba.” Nos sentamos un momento en la grada del campo, junto a las esposas y familiares de los jugadores del siguiente partido que se encontraban calentando para empezar. Pensé, “¿pues cuándo ya nos toca?, para venir emocionado”.

Mi portero es un ser misterioso. Dicen que la soledad puede ser factor de esquizofrenia, pero lo único que provoca la soledad elegida por el guardameta bajo los tres palos es su carácter surrealista. Él viste diferente, detesta correr y ama las supersticiones. Pero no las de la mesa, o la de la escalera, sino las del futbol, ese juego idóneo para creer que el mundo lo estructura la magia y su caos, y su música de ilusiones. Como escribe Galeano, “dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped.”

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Por:Diego Andrade / @diego_a72

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