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La cal de nuestra memoria

Mis primeras cascarita escolares las disputé hasta segundo de primaria cuando me cambié a una escuela en la que los más grandes no se agandallaban la pelota. El espacio donde jugábamos no era precisamente una cancha, era un patio empolvado (y empinado) adaptado como tal. Las porterías enmarcadas al sur por un par de pequeños arbustos y al norte por la pintura de la barda se encerraban entre un gran cerezo, un salón de clases improvisado y la cafetería. (Era muy común, y esto tengo que decirlo porque seguro a más de uno le surgirá la duda, que los balonazos derribaran enfrijoladas recién servidas y tortas de jamón). Así, tal como lo describo, tengo trazado con cal en mi memoria uno de los más añorados espacios lúdicos que recuerdo de la infancia.

De la misma forma que hay canchas que se quedan en la mente porque las aplanamos con nuestros zapatos Bubble Gummers, hay otras que recordamos por haberlas visto a través de una pantalla. Me acuerdo muy bien, por ejemplo, del Estadio Azteca en la final de la Confederaciones contra Brasil. Desde aquel día, a mis siete años lo consideré el recinto más importante e histórico del futbol aunque lo conocí hasta los 19. Partidos como ese se recuerdan como si hubieran sido ficción, y hay algunos otros que vimos en películas y recordamos como reales. Tal es el caso de la cancha en la que se juega el partido de Escape a la Victoria (Victory), filme dirigido por John Huston estrenado 1981.

Probablemente esta es la película de futbol con mayor producción en la historia (con relación a su época). Grandes actores y muchísima promoción son la clásica receta para alcanzar el “éxito” cinematográfico. Sin embargo, a mi gusto, con Escape a la Victoria se demuestra una vez más que la cantidad de recursos no asegura la calidad del producto. El filme es una víctima más de los licuados hollywodenses. Historias reales pasadas al celuloide como anécdotas irreales, actores magníficos que con un cheque por adelantado disminuyen la intensidad del trote y figuras que únicamente aportan dólares resultaron en una cinta exitosa de mediana calidad.

La película trata de un militar nazi que descubre a unos prisioneros que juegan futbol y decide retarlos a un partido. Se ha comentado que la trama está inspirada en uno de los acontecimientos más icónicos de la historia del balompié, el Partido de la Muerte (recomiendo leer Apuntes de Rabona #7). Aquél juego en el que un grupo de futbolistas ucranianos dio la vida con tal de mostrarse honorable con su profesión y su patria. Si la película está basada en ese acontecimiento es una falta de respeto a la historia, pues la narrativa estaría absolutamente tergiversada. Mejor pensemos que no es así. La participación de futbolistas como Pelé, Bobby Moore u Osvaldo Ardiles, y la actuación de Michael Caine o Sylvester Stallone lograron recaudar más de $27 millones de dólares en taquilla pero, no concretaron un buen filme del balompié.

Sin embargo, el hecho de que no me haya gustado, no quiere decir que Escape a la Victoria no haya marcado mi memoria fílmica. La primera vez que supe de ella fue en una edición de Futbol Total que enumeraba en una breve columna algunos de los filmes más recordados del balompié, ese día me cayó el veinte de que la pelota se puede pasar a la pantalla grande y me emocioné. De la cinta recuerdo muy bien una escena, esta sí con cariño, que probablemente sea la mejor: El gol de chilena de Pelé. Quedó marcado el vuelo de uno de los mejores jugadores de la historia a quien, al fin, veía en acción. Y también quedó, como el patio de mi primaria en el que metí mis primeros goles, el estadio en que sucedió. En la película se afirma que es el Stade de Colombes, en París, aunque en realidad no fue ahí.

Quedó marcado el vuelo de uno de los mejores jugadores de la historia a quien, al fin, veía en acción.

Cuando se rodó la cinta, el mítico estadio parisino estaba tan devastado que los productores se vieron obligados a buscar un escenario parecido. El elegido, el que realmente vivió la chilena de Pelé que nos demostró que el futbol y el cine no son escenarios peleados y nos dio la oportunidad a los más jóvenes de verlo anotar, fue el Estadio Nándor Hidegkuti. Este monumento, tal vez más significativo para el cine que para el balompié, fue derrumbado hace pocos días. En el fondo siento como si removieran el pasto del colegio donde cursé la primaria, un recinto que recuerdo con especial afecto, al que el turismo visitaba para simular la chilena de O Rei, no existirá más. El tiempo borra con su paso la cal de nuestra memoria, pero quedará el filme que lo hizo grande, y un escenario en Budapest, que hoy es más un escape que una victoria.

Por Pedro González Moctezuma @gonmoc

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