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Chapecoense debe ganar el domingo que viene

Después de pasar a la final, Caio Junio expresó: Si muriera hoy, moriría feliz. Tuve exactamente el mismo pensamiento cuando Moisés Muñoz anotó en el último minuto contra Cruz Azul en aquella final. La diferencia es que Caio Junio, el entrenador del Chapecoense, no tendrá oportunidad de volver a vivir ese sentimiento. Ni él, ni la gran mayoría de sus jugadores.

El futbol nos da alegrías así, tan grandes que la muerte deja de ser temible. También nos hace sufrir y llorar desconsoladamente. Pero siempre con la promesa de que el próximo domingo, será una nueva oportunidad. Para los aficionados del Chapecoense, en el sur de Brasil, esas son palabras vacías.

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El Chapecoense, dentro de la gran tradición de equipos brasileños, es de los nuevos de la cuadra. Fundado un 10 de mayo de 1973, fruto de la unión de dos equipos locales - el Independiente Futebol Clube y el Atlético Chapecó- como respuesta al entusiasmo de varios empresarios de la ciudad por tener un club de futbol que los representara. El camino no fue fácil. A través de donaciones de esos empresarios e incluso políticos, el equipo -conformado por amateurs en toda la extensión de la palabra- pudo obtener lo necesario para funcionar. Sin grandes nombres pero con mucho corazón era el lema que ejemplificaba como el Chapecoense lograba escalar puestos hasta llegar a la Serie A del campeonato brasileño.

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No pudieron mantenerse. Las dificultades económicas casi los hacen desaparecer. Pero se reestructuraron, y de la mano de Gilmar Dal Pozzo y Bruno Rangel, se prepararon y en cuatro años ascendieron todas las divisiones del campeonato brasileño. Bruno rememoraba su llegada al equipo El bus era muy viejito y ahora es bueno. Muchos jugadores no tenían los medios para ir a entrenar en coche. Iban en autobús a los entrenamientos. Ahora somos más respetados y conocidos.

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El año pasado habían llegado a su primera final internacional, después de dejar en el camino a históricos como Independiente de Avellaneda y San Lorenzo de Almagro. Todo para enfrentar al Atlético Nacional de Medellín. El destino quiso que ellos cerraran en casa -no precisamente. Su estadio no tiene el aforo que pedía la CONMEBOL, por lo que iban a jugar en Curitiba-.

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Poco antes de las diez de la noche de Colombia, el avión estaba a punto de aterrizar en el aeropuerto José María Córdova, el aeropuerto de Medellín, pero se perdió la comunicación. No era el avión que había contratado el Chapecoense: volaban con una empresa boliviana, y las regulaciones brasileñas no permiten que un vuelo privado que no sea de Colombia o Brasil viaje entre los dos países. Tuvieron que hacer escala en Bolivia, donde cambiaron al vuelo comercial que se estrellaría en los montes colombianos.

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Tres jugadores. Dos miembros de la tripulación. Un periodista. De un avión de 81 personas, solo ellos sobrevivieron. Brasil delcaró tres días de luto nacional y alrededor del mundo, en todos los campos de futbol, los equipos guardaron un minuto de silencio. Se entonó You´ll never walk alone en Anfield Road, la taquilla del Clásico entre Real Madrid y Barcelona se donó al equipo brasileño, que también recibió la oferta de varios clubes que les prestaron jugadores. Atlético Nacional pidió que el título se le otorgue al Chapecoense en forma de homenaje póstumo... el mundo del futbol ha demostrado su solidaridad.

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Todas las vidas humanas importan. Y todos nos hemos solidarizado y sentido tristeza con los accidentes aéreos en Ucrania y Malasia, por ejemplo. Pero hay algo en este accidente que ha golpeado más hondamente, sobre todo a los que tenemos al balón en un lugar especial del corazón. Y es que en esta ocasión, la tristeza no solo es personal, sino colectiva. El club da alegrías, orgullo e identidad a su hinchada, y la hinchada está con ellos en las buena y en las malas. Es una transacción constante en el futbol. La afición y el equipo de Chapecó tenían una deuda emocional para toda la vida; un lazo del que habla Sacheri en La vida que pensamos: cuando uno sufre por su cuadro, tiene un agujero inentendible en las entrañas. Y no se le llena con nada. O mejor dicho, solo se le llena con una cosa: ganar el domingo que viene.

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El domingo que viene para el Chapecoense es el partido más duro que va a tener que jugar. Tragedias así marcan para siempre. Pero si la vida realmente es como el futbol, vendrá el próximo domingo. Probablemente no esta temporada, ni la que sigue, ni la que sigue. Pero va a llegar. Va a llegar el domingo en que todo este sufrimiento y toda esta tristeza se desvanecerá entre los cánticos de celebración de una hinchada que jamás podrá olvidar a los que les recordaron y les enseñaron que no hay tragedia ni marcador que no se pueda remontar.

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Por: Bernardo OV