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Crónica de una victoria anunciada

Finalmente, en el minuto 118, se rompe la agonía. Las famosas lecciones de volea del Tuca, se vieron reflejadas en su interino lateral derecho, Paul Aguilar quien con aquel –ahora memorable- derechazo que cruzó a la esquina inferior, logró acallar las atemorizantes, cazadoras memorias de nuestro pasado contra nuestro acérrimo rival; emancipándonos del funesto “dos a cero”.

El día amaneció inesperada y formidablemente calmado; neblinoso. Sentía que no había en nadie, ganas de hacer algo que no fuera cultivar el huevo todo el día. Desde temprano, leí la previa del partido de un diario deportivo. En la parte de los pronósticos para el juego, de exjugadores, jugadores y periodistas (o alguna otra credencial más o menos válida para el lector) noté que la gran mayoría, de alrededor de cuarenta, decía que México ganaría por marcador de dos goles de diferencia, luego estaban los pocos que decían que ganaría por un gol pero en 90 minutos, y por último los cinco o seis estadounidenses que apostaban el resultado a favor de su selección. De los que, según me acuerdo, sólo Landon Donovan dijo que ganaría en tiempo regular, los demás –periodistas deportivos de diarios importantes- le dieron la victoria a su selección en penales. Ni una pizca de tensión sentía por el partido de la noche y sentí que en todos los que lo veríamos, había, además de confianza, una formidable calma. La calma, se desvaneció por completo de la faz de cualquier superficie en dónde había aficionados mexicanos al futbol al minuto 108 del juego con el gol de Wood, el 2-2.

Con respecto de los ecos que empezaban a resonar en nuestra cicatriz interna del orgullo que se abría ante la memoria, el doloroso recuerdo del funesto “dos a cero”: << Durante años no pudimos hablar de otra cosa. Nuestra conducta diaria, dominada hasta entonces por tantos hábitos lineales, había empezado a girar de golpe en torno de una misma ansiedad común >> . Al bar entero lo consumía la tensión. Ambos: asiduos consumidores y los conocidos meseros, aferrados a lo que pasaba en la pantalla, nadie se atrevía a interrumpir ni pidiendo una cerveza. Se sentía en el ambiente que el lugar esperaba por estallar del miedo acumulado, de los penales y de recordar las pasadas tragedias para aunar una nueva derrota a esa pena que nos causa el futbol, como mexicanos, cuando perdemos con Estados Unidos.

<< Cuando volví a este pueblo olvidado tratando de componer con tantas astillas dispersas el espejo roto de la memoria…>> hablando de la angustia que provoca el recuerdo de aquel partido de octavos de final en el Mundial del 2002, utilizo en las acotaciones, frases de Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez, y relaciono de forma muy rabonera ese célebre escrito con el partido del pasado sábado 10 de octubre, que a todos nos parecía ganado en un principio, “anunciado”, pero que sobre la marcha nos emocionó y angustió y se llegó al final de forma inesperada y excitante. Tal como nos relata el colombiano en su obra la muerte de Santiago Nasar.

Para júbilo de todos los mexicanos que amamos el futbol, esta crónica no terminó en tragedia, ni en otra penosa memoria. Cuando salí de aquel pintoresco bar de habituales idas a partidos importantes, embriagado de felicidad —sólo de felicidad— por la victoria y empecé a pensar en cómo escribir en esta crónica mi sentir del partido, se me ocurrió que había sido una gran historia. Los aconteceres tan emocionantes y los puntos de inflexión en los justos momentos del juego, eran los de una obra literaria. En los personajes principales —ambas selecciones— ya hay una rivalidad que en la literatura sería reconocida en alguna célebre novela. Hay drama, hay fricción, hay sentimientos de por medio. Incluso hay atisbos de política y situaciones que salen de la cancha y la narración del partido que escribieron los jugadores, técnicos e involucrados, fue excelsa. México persiguió al furtivo ladrón que le robó el quinto partido en el 2002, fue el protagonista de esta gran victoria que por más “anunciada” que pareciera, los dos goles escapistas de Estados Unidos me hicieron creer que el final podía haber sido un trágico resultado que, como un limón sobre la herida, abriera la cicatriz de ese mundial y ardiera en el orgullo junto con algunas otras derrotas que tanta pena nos causan.

Esperando que la relación del partido con Crónica de una muerte anunciada, haya sido oportuna a cómo vivió usted el partido, quisiera terminarla al estilo —no al más puro, obviamente— de García Márquez. Regresando al inicio de este escrito, que es el final del partido. La autoridad y la posesión sobre el balón al fin se retrataron en el marcador que debía ser más justo. La insistencia de los delanteros, desafortunadamente estuvo acompañada de un poco certero Chicharito, quien al minuto 57, dejó pasar entre sus piernas el segundo gol mexicano. Pero que con el gol que se encajó por la triangulación del tridente ofensivo y el tanto de Oribe por asistencia de quien se convertiría en el héroe de la noche, se logró imponer a dos penales no marcados, a la adversidad de los importunísimos goles anímicos del rival, al odiado vecino del norte. El festejo de los jugadores y el entusiasmo del Tuca (inexpresivo ante los goles) sentenciaron la noche y quedan para un gozoso recuerdo y una buena historia. Ojalá que de la mano de otro colombiano —ahora técnico nacional— pueda escribir otra grata crónica en Rusia 2017.

Por: Diego García Mondragón @GarciaMDiego