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Diatribas en tinta rosa: Jotos, sin jerseys ni cachuchas

Por Axel Huémac @soyunahiena

Navidad es una fecha polifacética, mucho más que cualquier otra festividad o celebración, por lo que dudosamente uno estará preparado para recibirla. En la mente de un hombre católico de costumbres ortodoxas como yo, diciembre implica sacar del armario la Corona de Adviento, encender velas, hacer oración; en resumen, estar listos para recibir al Salvador en nuestros corazones –sí, en eso creemos–. Por otro lado, el mercado global aprovecha la fiebre navideña para reactivar la economía, invirtiendo millones de dólares en publicidad y estrategias de mercado que terminen por manipular la voluntad de los compradores; convenciéndolos de que el dinero es el mejor regalo para demostrar a los seres queridos cuánto se les quiere.

Por lo regular solemos mezclar ambos conceptos y terminar por cargar sobre nuestros hombros con un híbrido posmoderno; algo así como un monstruo de espiritualidad consumista. Por eso –y dado que ya soy un hombre económicamente productivo– me di a la tarea de ser uno más de los insulsos borregos que abarrota las tiendas departamentales, como un metro Pino Suárez en quincena.

De hecho, visitar los centros comerciales de la Ciudad de México siempre es para mí una experiencia satisfactoria; sui generis. La familia promedio visita este tipo de complejos como lugares de esparcimiento e interacción; esperan pasar un buen momento en compañía de otras familias “normales”, “comunes”, que no amenacen su idea perfecta de una sociedad heteronormativa y patriarcal. Lo último que esperan es verme llegar de la mano de un hombre, brincoteando por ahí mientras reviso los aparadores en las tiendas.

Por lo regular todo comienza con una mirada lasciva –desde lejos, claro–, seguido del ya tradicional movimiento de cabeza en señal de desaprobación y si vienen en compañía de algún pequeño, suelen cubrirles los ojos como si no hubiese peor abominación que dos hombres enfundándose el uno al otro con un dulce beso. Sin embargo, en un establecimiento de artículos deportivos –disculpen el pésimo eufemismo– sí que se pasaron de la raya.

Resulta que –y ustedes no están para saberlo– un servidor siempre ha fantaseado con adquirir una gorra del emblemático equipo de beisbol, Los Diablos Rojos de México. Por lo tanto, ingresé al lugar con mucha emoción, esperando hallar el artículo anhelado. Mientras inspeccionaba la mercancía, noté que un joven vendedor miraba indiscretamente el cómo sostenía la mano de mi compañero. Traté de ignorarlo, pero parecía estar empeñado en hacerme sentir incómodo. Decidí que era mejor dirigirnos al frente de la tienda, para observar a detalle los jerseys. –Uno del Barça no me caería mal– pensé entonces. No lo creerán ustedes, pero este sujeto estaba tan impresionado con nuestra presencia en su local que literalmente nos siguió hasta la puerta de salida.

Papá suele evitar Reforma porque dice que hay muchos maricones… Yo me pregunto, ¿de dónde sacaron todos la idea de que estos chicos únicamente habitan en lugares específicos? Yo puedo moverme a cualquier parte de la ciudad sin tener que sentirme excluido, se los juro. Cierto, esto ocurre mucho; son los mismos chicos y chicas quienes, por miedo al rechazo, deciden frecuentar únicamente ciertas zonas del Distrito Federal dentro de los que se sienten seguros; como si fuésen marginados.

Aún recuerdo las cara de incredulidad del mesero de aquel bar en Coyoacán, quien nos atendía con suma reserva, mientras observaba cómo disfrutábamos un lamentable Holanda VS Brasil. Si esto ocurrió allí, no quiero ni imaginar qué hará la gente cuando vaya a un estadio. ¿Somos libres? Entonces vayamos a donde nosotros queramos; salgamos de nuestra zona de confort. Porque si seguimos en este estrecho de sombras, la gente creerá que aún somos invisibles. ¿Sabemos chutar o no? Entonces no hay razón para no meter el gol.