Discurso sobre Footballeur de Picasso

La pasión por el buen futbol no se desvanece, prueba de ello es Footballeur, obra de Pablo Picasso que emergió como un proyecto de sus quehaceres artísticos a principios de la década de los sesenta. Es allí donde la preocupación del creador malagueño se situó entre la madurez y la búsqueda de nuevas formas conceptuales en el ámbito de la estética. En este punto Picasso transformó su cosmovisión en un vehículo que le permitió abordar las problemáticas políticas y culturales, mismas que ya se codificaban bajo el signo de las vanguardias de principios del siglo XX.

Footballeur con sus 28 centímetros, miembro ineludible de la colección de cerámicas Madoura, se aproxima por el costado como la función variable que se escapa de un establecimiento creativo funcional, proyectando en sincronía un homenaje al jugador cuyo nombre no se sitúa entre los grandes del balompié. Sin embargo, la obra posee una narrativa que permanece fuera del discurso estético contemporáneo, como una historia de amor a la pelota.

Flujo temporal que nos habla desde otra época y nos cuenta sobre el futbol.

Footbauller

Y es que esas pequeñas historias encuentran un símbolo de permanencia bajo las manos de Pablo. El movimiento permea entre cada ángulo condicionando la perspectiva con la que se aborda, vemos a través de los ojos de Picasso y sentimos su propia pasión. No hay duda que experimentamos ese amor que permanece más allá de un análisis somero de la obra. Vida y tiempo son los rastros que deja la estela artística de Picasso. Desde su nacimiento, un 25 de octubre de 1881, hasta su fallecimiento el 8 de abril de 1975. De Málaga a Francia, el derrocamiento de la figura, el trazo que configura una sensación, sus discusiones con los círculos intelectuales del tiempo; todo fluye a través de la mirada del artista.

Elemento crítico de análisis que permite dar cuenta de la realidad contemporánea. Es a través de la escultura que la rebeldía de Pablo sitúa una obra artística. El futbol como la manera de comprender una década sin Modigliani, sin los cafés de París en la década de 1920 y, sobre todo, a la espera de nuevas revoluciones. Movimientos cíclicos que también tienen como escenario una cancha y un balón.

Por: Andrés Piña/@AndresLP2