El laberinto del “Jamaicón”

El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos también de sí mismo”.

Querido lector, desde un escritorio muy significativo para mí, de alguna que otra buena anécdota que recuerdo de un buen tiempo para acá (tal vez en otra ocasión), un escritorio con historia, le escribo sobre un sentimiento que me suele invadir a menudo; cada vez que escribo lejos de este escritorio si le soy sincero, lejos del lugar al que llamo: Mi casa. La nostalgia. “El síndrome del Jamaicón”. He de admitir que considero que: cada anécdota, cada mueble, cada desperfecto propios de mi hogar, en mi conciencia conforman muy intrínsecamente una parte importante de mi persona. Para terminar conmigo y que quede claro el porqué de mi sensibilidad a mi hogar: estudio en una universidad en la Ciudad de México y vivo aquí, siendo oriundo de otra ciudad. Tengo “El síndrome del Jamaicón”. Me lo explicó Octavio Paz en El laberinto de la soledad, y me lo explicó el propio José “Jamaicón” Villegas Tavares, la primera vez que me contaron su historia.
Para quien no conocía la historia del “Síndrome del Jamaicón”, comienza a partir del gran defensa tapatío, ganador de ocho títulos con el Guadalajara en los tiempos del “campeonísimo”, José Villegas, apodado: el Jamaicón. Recordado más por ser el jugador que detuvo –se dice que fue el único- al legendario Garrincha, en un partido contra el Botafogo en C.U; que por sus títulos, y claro, por acuñar el término al mencionado síndrome. Muchos aseguran que el Jamaicón Villegas habría llegado a jugar en Europa, de no ser porque el defensa mexicano no jugaba bien fuera del país ¿La razón? Según él mismo —en una entrevista posterior a la derrota 8-0, frente al seleccionado inglés, previo al mundial— extrañaba a su mamacita, llevaba días sin comer una birria y no soportaba la vida si no estaba en su tierra. En su Anecdotario del Futbol (Ficticia, 2006) Carlos Calderón Cardoso, durante esa gira que tuvo el representante mexicano antes de la Copa del mundo, cuenta un encuentro que tuvieron Nacho Trelles y Villegas, después de la cena de gala en Lisboa, donde el defensa se levantó y se fue de la mesa sin haber cenado, el entrenador lo buscó por distintas partes del salón, al encontrarlo sentado,con las rodillas al pecho y sus manos al rostro lleno de lágrimas, el Jamaicón respondió: “¡Cómo voy a cenar si tienen preparada una cena de rotos! Yo lo que quiero son mis chalupas, unos buenos sopes o un rico pozole y no esas porquerías que ni de México son”. José Villegas Tavares había sido víctima de la nostalgia y de la melancolía de estar lejos de una parte sustancial de sí mismo: su casa.
En palabras de Octavio Paz: “El hombre es nostalgia y búsqueda de comunión. Por eso cada vez que se siente a sí mismo, se siente como carencia del otro, como soledad”. El Jamaicón Villegas, bien puede ser el retrato –casi reflejo—de lo que filosóficamente profundiza el escritor mexicano en El laberinto de la soledad. Desde el texto de Paz: “La soledad, el sentirse y el saberse solo, desprendido del mundo y ajeno a sí mismo, separado de sí…”.
Así que, querido lector, si hasta ahora se siente identificado con cualquier pequeña parte de este escrito, lo único que pretendo con él, no es generalizar sobre la nostalgia del mexicano ni mucho menos teorizar sobre los porqués de lo que abarcan la nostalgia y la soledad desde el pensamiento de Paz; sino referenciar este retrato literario que con palabras —a mi considerar— ilustran la melancolía del legendario y aguerrido defensa mexicano, José Villegas Tavares.

Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa, plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse”.
El laberinto de la soledad

Por @GarciaMDiego