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Necaxa: desde los Electricistas a los Hidrorrayos

Juan Villoro, califica a su equipo, el Necaxa, como la literatura: solamente para minorías ilustradas.

Un equipo fundado el 23 de agosto de 1923, con la unión del Luz y Fuerza y el Tranvías. El futbol mexicano había vivido una escisión de la que surgió la Liga Nacional y la Liga Mexicana, con ambos equipos participando en cada una respectivamente. Pero cuando la liga se volvió a conformar como una sola, William H. Fasser, el gerente general de Luz y Fuerza, llegó con una propuesta.

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El inglés era fanático del Stoke City en su país natal y vio la oportunidad de unir los dos equipos para darle salida a su pasión. Junto con Pablo González y Roberto Jardón, representantes de los dos equipos; Alfred C. Crowle, uno de los primeros ingleses que llegaron a México con los mineros de Pachuca y otros se unieron para oficializar el nacimiento del nuevo equipo. Encontraron la inspiración para su nombre en Necaxa, la presa más moderna de Latinoamérica en esos momentos y que administraba de luz hasta a la mismísima Ciudad de México.

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Frasser daba todos los apoyos posibles a los jugadores, lo que fue dando frutos y alcanzó su primer título contra el América en el 24-25. Lograron un nuevo campeonato apenas al año siguiente. El futbol del Necaxa era atractivo para el pueblo, y fue obteniendo mucha popularidad. Fueron el primer equipo en recibir a una escuadra extranjera: el Colo Colo de Chile, y construyeron uno de los estadios más modernos en lo que actualmente es Obrero Mundial y Río de la Piedad. El Campo Necaxa tenía capacidad para 15 mil personas, casa club con comedor, salón de baile y cine.

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Era la época de Los Once Hermanos. De la mano de Ernesto Pauler, el Necaxa jugaba con un entendimiento pocas veces visto que lo llevó a dominar la liga y ser la base de la selección que ganó los terceros Juegos Panamericanos realizados en El Salvador. Es en estos años cuando aparece Horacio Casarín, uno de los mejores jugadores que ha visto el balompié nacional. Su gran olfato goleador le dio dos campeonatos más al Necaxa. Sin embargo, su misma peligrosidad fue la que incendió el Parque Asturias, el 27 de marzo de 1939. En el afán de pararlo, Juan Soto, defensa del Asturias lastimó a Casarín, quien no pudo ayudar a su equipo. Los aficionados del Necaxa en consecuencia, incendiaron el estadio.

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Este hecho marcó el fin de una era. Horacio Casarín se convirtió en un Judas y se pasó al Atlante, acérrimo rival del Necaxa. Y poco después, se tomó la decisión de profesionalizar la liga. Necaxa desapareció entonces. Consideró que el espíritu amateur del equipo era incompatible con el rumbo que había tomado el futbol, así que desapareció en el año de 1943.

Siete años después el Necaxa regresó como profesionales auspiciados por el sindicato de electricistas. Un inicio incierto que aceleró la llegada de Fernando Marcos a la dirección técnica y que inició una nueva era: Los Tres Mosqueteros. En realidad eran cuatro -igual que en el libro homónimo-: Alfonso Portugal, Jaime Salazar, Alfredo del Águila y Antonio Jasso. La esperanza de los necaxistas estaba resurgiendo en el momento en el que un pleito con la directiva puso fin al proceso de Fernando Marcos y que hundiría al equipo en deudas. El equipo entonces llegó a las manos de Miguel Ramírez Vázquez.

Es en este periodo cuando se da uno de los mejores recuerdo de la afición necaxista: un 2 de febrero de 1961, se desarrollaba un pentagonal en la Ciudad de México. Necaxa enfrentaba a media Selección brasileña enfundada en el blanco del Santos: Ze Carlos, Zito, Coutinho y por supuesto, Pelé. Pero eso no fue suficiente para evitar el 4-3 con el que se impusieron los electricistas.

Pero eso fue solo un destello. Las deudas y malos resultaron continuaron hasta que el equipo fue vendido a un grupo de empresarios españoles que querían revivir la rivalidad México y España. El Necaxa desapareció para dar lugar a los Toros del Atlético Español. Era el 22 de octubre de 1971.

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Fue un lapso de 11 años. Para el 89, el Necaxa regresó con el objetivo de volver a ser el equipo de sus inicios. Sin embargo, muchos de sus aficionados habían mudado de equipo cuando este desapareció. Ricardo Peláez recuerda que nunca había más de 20 personas en el estadio -entre ellos su papá, su hermano y otros familiares-. Era tal la escasez de afición que ya no mandaban policías a los encuentros. Pero la llegada del ecuatoriano Alex Aguinaga, probablemente el referente más grande del club; el chileno Ivo Basay; Enrique Borja en la directiva y una nueva imagen, la de los Rayos, el Necaxa fue generando futbol espectáculo, sin poder llegar al ansiado campeonato.

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La llegada de Manuel Lapuente vino a cambiarlo todo. Octavo Becerril, José María Higareda, Eduardo Vilches, Luis Hernández Sergio Zarate, Alberto García Aspe y Ricardo Peláez conformaron un equipo que ganó en el 94-95 la Copa, la Liga contra el Cruz Azul, el Campeón de Campeones y la copa de CONCACAF para volver a ser Campeonísimo. Se proclamó bicampeón al siguiente año en la final contra los Toros del Celaya. Dos subcampeonatos más y la final contra las Chivas que puso la tercera estrella de su escudo, más el tercer lugar del primer Mundial de Clubes en el que derrotaron al Real Madrid en penales los convirtió en un equipo que marcó una vez más a una generación y a una década.

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El 26 de mayo del 2002, Necaxa llegaba a una final más. Pero el gol de oro del Misionero Castillo impidió que se levantaran con el trofeo. Fue la última vez que pudieron disputar algo en el Azteca, pues un año después habían llegado a Aguascalientes en un intento de la directiva de generar una afición propia. Una decisión que todos los necaxistas han sufrido. Pero es un nuevo año, el Rayo está de vuelta en primera. Todo puede pasar.

Por: Bernardo OV

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