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¿En qué se parecen un balón y un avión?

Sucedió el 23 de junio del mes pasado cuando jugaron Brasil contra Camerún. Era la sala de estar de cualquier hogar mexicano. Un niño de esos que preguntan hasta por qué la lengua no tiene hueso, le dice a quemarropa a su papá: –¿Cuál es la capital de Camerún? El padre tose, pero por dentro piensa que ni siquiera sabe si la capital de Brasil es Río o Sao Paulo. Entonces le responde a su hijo: –Mira, en el medio tiempo investigamos tus dudas (y las mías, piensa).
Afortunadamente en un pequeño librero de un rincón de la casa encontró un Almanaque del año, de esos que debían estar en todas las salas donde las familias ven el mundial. –La capital de Camerún es Yaoundé, y la de Brasil Brasilia. ¡Mira el mapa! Brasil es un gigante de 8.5 millones de kilómetros cuadrados y 200 millones de habitantes. Camerún es un pequeño país africano que no llega a medio millón de kilómetros cuadrados y donde habitan sólo 20 millones de personas en 650 etnias. – Uf, exclamó el niño, que partido tan desigual. Es como si jugara el León contra la selección de gatitos de la prepa 29.
- Oye papá, ¿ y por qué juegan negritos contra negritos? –Ay hijo, esa es una larga y triste historia. Cuando hace 500 años Europa conquistó América (España y Portugal, dos mundialistas) hubo un terrible descenso de la población autóctona. En México, por ejemplo, se calcula que en 1500 había una población de más de 20 millones de indígenas. En el censo de 1600, la población total no llegaba a un millón. ¿Te imaginas que se murieran el 90% de tus compañeros de clase? Fue entonces cuando discurrieron traer de África mano de obra barata, más bien regalada, pues traían esclavos para trabajar en los cañaverales de azúcar, las minas y todas las faenas más pesadas. En esa época llegaron a Brasil 3.5 millones de “negritos”. Así que además de ser un juego desigual, los brasileños golearon a sus abuelitos. –A caray, dijo el niño, ¿todo eso hay detrás de un partido de fut y no se ve?
–Exactamente esa es la jugada, la estrategia, la gran rabona: hacer de la cita con el fut, que en sí es una gran diversión, un trampolín, una catapulta, un disparador para filosofar sobre la vida. No irse con la finta, ni quedarse con el puro moño del regalo. Un balón puede ser un periscopio para contemplar el mundo. En estos meses quien no está en el mundial no existe. ¿Por qué no aprovechar esta hipnosis colectiva para pensar a partir del futbol?

Hubo un hombre llamado Antoine de Saint Exúpery (1900-1944) que estudió la carrera militar y luego se hizo piloto. Primero trabajó en viajes de correo postal entre Europa, África y América. Luego fue piloto de guerra hasta que un día, durante la segunda guerra mundial, desapareció en una misión aérea sobre el Mediterráneo.
Inspirado poeta y agudo filósofo, con sencillos relatos penetraba en la profundidad del sentido de la vida. Conocido mundialmente por su obra El Principito, es en otro de sus libros (Tierra de hombres) donde nos revela cuál fue su secreto para descubrir el mundo:
“La tierra nos enseña más sobre nuestra propia naturaleza que todos los libros, porque se nos resiste. El hombre se descubre a sí mismo cuando se enfrenta a algún obstáculo. Sin embargo, para superar ese obstáculo necesita una herramienta. Necesita un cepillo de carpintero o un arado. Mientras trabaja el labriego va arrancando poco a poco algunos de sus secretos a la naturaleza y las verdades que extrae son universales. Del mismo modo el avión, la herramienta de las líneas aéreas, sumerge al hombre en todos los viejos problemas”.
El avión fue para Saint Exúpery un instrumento que le permitió descubrir el mundo, para luego comunicarlo en obras magistrales como Correo del sur, Vuelo nocturno y Piloto de guerra.

Fue su máquina voladora la que lo llevó al corazón del desierto del Sahara, a las lejanas pampas argentinas y a las escarpadas montañas españolas. Gracias a su avión pudo ver su natal Francia, y su vida, “desde arriba” y las diversas culturas y personas con que convivió “desde adentro”. Conoció paisajes mágicos, pero también desiertos y tormentas. Supo de la aventura de clavarse en un mar de nubes para luego vislumbrar el horizonte o la eternidad. Cuando fue cartero postal pensaba mientras volaba “…llevo 30,000 cartas… es un correo más precioso que la vida… lo bastante para que vivan 30,000 amantes” (Correo del sur). Antoine tenía una mirada inteligente (intus-legere: leer dentro), por eso afirmaba: lo esencial es invisible a los ojos.
¿En qué se parecen un balón y un avión? En que los dos pueden ser una valiosa herramienta para descubrir el mundo.

Por Nicanor Iturrino