Eros juega en el Barça

Eros, dios griego del amor que ha sido falsamente confundido por la contemporaneidad por un cierto erotismo frívolo y con luces de inmediatez, pisa las canchas de futbol en pleno siglo XXI. Para poetas, como para el entender del público griego, Eros representaba el amor y la belleza, aquél que, como dice Agatón, es causa de todo lo bello y bueno en el mundo. Quien sea tocado por esta divinidad se vuelve irremediablemente poeta. Ahora entiendo por qué Platón quería a los poetas fuera de la república, no entienden nada y confunden a todos con lucida sofística. Como siempre en la historia, tiene que llegar alguien a corregir los prejuicios y este es Sócrates, el filósofo. Arrogante, irónico y hostil, destruye caminando el concepto colectivo de Eros. Maestro de Platón y protagonista de éste último en sus “Diálogos”; enseña que el amor no es ninguna deidad, sino un demonio mediador entre dioses y mortales. Hijo de la Pobreza y de la Abundancia, su naturaleza consiste en ser, ante todo, deseo; deseo de inmortalidad y de plenitud de vida. Se parece más a su madre, indigente y descalzo la mayoría de las veces. No se alcanza a salvar y, como diría Jaime Sabines, se va llorando la hermosa vida. Lo que atrapa se le escapa, o al menos así lo creí hasta que vi jugar al Barcelona que lo ganó todo. En ese equipo, que bien fue llamado el mejor equipo de la historia, se encarnaba el demonio. Durante dos, tres años, el inteligente y profundo deseo de inmortalidad procreó la belleza que se desplegaba armoniosamente en el césped de una cancha de futbol.

En esas jornadas eternas donde el F.C. Barcelona era amo y señor de la liga española, el demonio se paseaba los domingos por el Camp Nou uniendo el todo, dándole sentido al mundo. La belleza y la perfección propias de los dioses se entrelazaron con los hombres a través del demonio mediador: Eros. Puedo decir que soy un afortunado, pues vi a Eros tocar la pelota, meter pases filtrados y esquivar rivales y patadas. Pude ver la real pasión que impulsa al ser humano a la trascendencia. José Guardiola leyó a Platón. Lo tuvo que haber hecho pues de otra manera no puedo explicar semejante hazaña. Pep, el filósofo disfrazado de entrenador, inyectó dos cosas al equipo histórico: pasión y método. Deseo de ser recordados y un camino que seguir para lograrlo. El de corbata delgada entendió que el hombre, pero más aun el futbolista, desea la gloria eterna desde la primera vez que patea una pelota. La pasión es el motor de la razón, es su fuerza, misma razón cuya manifestación primera es el método desarrollado: el tiki taka. Es completamente natural que hoy en día el equipo venga a menos. El entusiasmo, esa inspiración divina, lamentablemente se agota, se apaga.

"Guardiola leyó a Platón"

La pregunta fuerte es la siguiente: ¿Cómo entender el amor desde el futbol? ¿Cómo comprender y cumplir este deseo de gloria, demoníaca aspiración de inmortalidad desde la cancha o la tribuna? Pep lo entendió y me hizo entender. Lo más difícil que hay en esta vida es la relación intersubjetiva y más cuando está empañada de deseo. La relación de pareja hay que entenderla como el filósofo del futbol entiende un partido: toca, toca, toca y no te dejes de mover. Viendo jugar al Barça entendí uno de los principios del amor: hay que tocar y moverse. Nada es más desesperante para el rival que andar corriendo tras la pelota. En la cancha y en la vida, de lo único que se trata es de cuidar bien a la redonda. Haciendo esto el partido se gana solo. Pep es el hombre que, como Sócrates, destruye caminando el concepto colectivo del amor, solo que el míster lo hizo desde la pizarra en los vestuarios. Tocar y moverse y el demonio aparecerá con destellos de eternidad.

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Es preciso dejar en claro que la intención este texto no pretende justificar la falta de compromiso en el amor, ni mucho menos la patanería y el juego vulgar. No, aquí se defiende la caballerosidad y la elegancia ante todo. Nunca he visto que el Barça trate mal a la de gajos, todo lo contrario. Si usted es un jugador que tiene ojos sólo para un partido, toque y muévase. No se estanque en la rutina que destruye hasta el amor más consolidado. Sea dinámico. Juegue y disfrute con la pelota como si fuera su último juego. Tóquela siempre diferente, siempre con cariño. Ahora bien, para aquéllos que tienen un corazón de muchas habitaciones aplica el mismo principio. Toque y muévase. Sea compartido, sea solidario con los compañeros de profesión, no vaya a pasar que sus ojos se conviertan en los de un caballo. El principio y la propuesta es la misma: busque la trascendencia en cada partido, busque ese puente con lo divino. Deje salir ese demonio que lleva dentro.
Platón me enseñó que Eros es pasión que aspira a la inmortalidad del espíritu. El Barcelona de Guardiola me enseñó que el dios del amor sonríe al patear una pelota y que, tanto la manifestación como la contemplación de la belleza y la gloria, se dan en un estadio de futbol. Y es que de lo que se trata es de disfrutar y no de complicarse la existencia. Juegue fácil, hágalo sencillo. No se quede mucho tiempo con la pelota que se la quita el rival. A la mujer, como a la esférica, le gusta que la toquen con cariño y respeto. Quien sabe hacer esto, pocas pelotas le botan mal, ha entendido que el erotismo se juega en corto.
Si usted es uno de aquellos que cree que para meter la pelota en el arco hay que ser completamente vertical, dese un momento y piénselo bien, piense en el Barça. Entienda que todo partido hay que trabajarlo. No se atrabanque, sea seductor, sea tiempista. Toque y muévase. Sea un romántico y verá cómo los goles entran solos.

Por Diego Andrade @diego_a72

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