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Escribimos porque no sabemos patear

Tengo la sospecha de que cuando se piensa en literatura y futbol, en la razón que tienen ciertos escritores para interesarse por este deporte y escribir sobre él, hay quien ve el asunto como una relación de antropología clásica, del civilizado que se fascina por el salvaje y entrega al público urbano un libro en el que se explican sus modos de vida, sus herramientas, su estructura social y su absurda concepción del universo. Una relación sujeto-objeto, de científico que observa chimpancés, como si el escritor estuviera siempre por encima del futbolista. Pero suele suceder lo contrario.

Recuerdo una conversación en la Feria del Libro de Guadalajara entre los tocayos Juan Villoro y Juan Sasturain. Como el segundo había tomado en serio la posibilidad de ser futbolista en algún punto de su vida, Villoro le preguntó por qué había desistido y por qué había decidido en vez ser un escritor. Sasturain contestó Bueno, no es que yo decidí no ser futbolista. Simplemente me di cuenta que no era tan bueno como para jugar en primera, y era más fácil volverme profesor de literatura. Escribimos porque no sabemos patear.

Escribimos

Juego futbol desde que era un niño pero, salvo en las tardes que me ponía una playera vieja de los Pumas y simulaba ser Braulio Luna, nunca creí poder llegar a ser profesional, nunca me tomé en serio en ese sentido, y por ello podría pensar que me hallo haciendo lo que quiero y lo que estaba destinado a hacer. Pero entonces veo la Champions. Veo la Champions de 1:30 a 3:30 y el resto del día no puedo hacer nada. Todas mis actividades me parecen insignificantes, nimias en comparación a las proezas que acabo de presenciar. ¿Cómo puedo volver a mi cotidianidad después de ello? ¿Cómo puedo sentarme ante un escritorio? Qué vida tan pequeña y oscura. ¿No preferiría yo, en vez de escribir, pisar la cancha, golpear la bola, portar los colores de un gran club, cruzar el campo con elegancia? Quizá sí.

Keats escribió que el poeta es el ser menos poético de toda la existencia, está vacío, por eso busca siempre otro cuerpo al cual acercarse, otro cuerpo que lo llene: la luna, una persona amada, una ninfa, etc. Creo que eso sucede cuando se escribe de futbol. La relación entre el escritor y el futbolista no es la del antropólogo y el “salvaje”, sino la del bardo y los héroes, la del mortal y los dioses.

Hay quien se consuela pensando que la carrera de un jugador dura poco, que intercambia quince años de gloria por cuarenta de desocupación, de fotografías que envejecen y recuerdos sin interés. Pero la vida nos ha entregado el extraño caso de Jorge Valdano, campeón del mundo como jugador, entrenador del Real Madrid, director deportivo en la creación de los Galácticos, que tras esos éxitos futbolísticos se propuso ser escritor. Cuesta creer en alguien tan afortunado como Valdano, a quien le ha sido dado probar lo dulce de ambos mundos: un futbolista legendario que se retiró a escribir.

Por: Juan Francisco H. Herrerías