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Final de temporada: FC Barcelona

No hubo Liga ni Champions, ni modo. Sin embargo, esta temporada fue hermosa y, creo, la recordaremos por mucho tiempo: las bellas contradicciones del futbol. Para quienes hallen imperativo ser felices, puede resultarles complicado entender que hay veces en que los trayectos son más importantes que el destino, aun y cuándo éste sea el éxito que, intuimos, asegura la felicidad. Los fracasos pueden ser, a ratos, luminosos.

Acostumbrada como está al triunfo –6 ligas, 4 copas y 3 Champions en los últimos 10 años–, la afición del FC Barcelona ha vivido cómodamente bajo los reflectores los últimos torneos. Éste le tocará conformarse sólo con la, pitada por su afición, Copa del Rey. Pero hay cuando menos dos noches que fueron escritas para la historia, dos noches como trofeo. La Copa, escribió Juan Tallón, produce consuelo más que éxtasis, al contrario que las ficciones del Bernabéu y el Paris Saint Germain.

Cuando todo parecía acabar un día en París con aguacero, Messi y compañía –porque sin Leo, está claro, no se explica este año– hicieron de la epopeya su género. No basta con ver una y otra vez lo que pasó para explicarnos cómo lograron la remontada que les faltaba en sus vitrinas. Si alguna vez me olvido y vuelvo a preguntar por qué el futbol, por favor grítenme: es por partidos como este, escribió Martín Caparrós en The New York Times.

Vuelve a poner el video, una vez más, caza la repetición en el canal de deportes, qué más da. Neymar, luego de estrellar un cobro contra la barrera, recibe nuevamente el balón y centra; Sergi, el héroe improbable, levanta su pierna derecha y anota. O ve un poco más atrás. Minuto cuarenta y uno de la segunda parte. Neymar anota un gol que exige un paspartú para enmarcarse. Diez minutos para la historia. Un penalti cuando menos, peliagudo; aunque un triunfo seis a uno, me diría un amigo, no lo regala un árbitro. Otra vez penal. Gol. Un cambio. Una amarilla, otra, un cobro. Ter Stegen en la portería contraria. Y otra vez el momento histórico. El llanto. La emoción. Los que salieron antes y escucharon de pronto cómo se caía el campo de Les Corts. Messi celebrando sobre una valla publicitaria y Santiago Garcés disparando una fotografía para la historia. No es poca cosa.

Las palabras nos abandonan, son insuficientes para describir lo que pasó.

Y otra vez la sucia realidad. Una derrota en Riázor que, a la postre, hubiera dado la liga. Como la del Málaga, el Celta o el Alavés. Tres puntos que pudieron haber significado todo. En esa contradicción, entre lo sublime y lo terrenal, está el detalle, la imperfección, lo único.

Semanas después tras caer ante la Juventus en Champions, llegó un momento álgido que aseguraba o prolongaba la agonía de la liga: el clásico en el Bernabéu. La noche en que se inauguró una nueva forma de celebrar desde las gradas, extendiendo las camisetas en que se lee D10S en la espalda.

La exageración subraya lo que se dice para ponderarlo, trasciende lo verosímil y es, en todo caso, proporcional a la genialidad de un tipo que anota en el último minuto y luego va a la orilla del campo, se saca la camiseta, la muestra hacia la grada. El mismo tipo que, la noche del veintitrés de abril, en la primera parte quedó tendido en el pasto escupiendo un hilito de sangre. No lo pensó, diría más tarde, solamente le pasó por la cabeza quitarse la playera e ir hacia la grada. Ignorar que lo que se hace roza lo sublime es la definición de un genio. Llamémosle Sant Messi.

Rehúyo de la experiencia propia para hablar del momento. Pero recordaré siempre la forma en que mis dos amigos y yo nos levantamos del sillón y nos abrazamos dando saltos. Gritamos, según recuerdo. O el momento en que en el bar, las únicas dos mesas que no lucíamos playeras blancas, alzamos la voz, aplaudimos y dimos golpes bárbaros contra ellas. No tiene caso decirlo una vez más. Basta con recordar lo que sentimos. El pasado es así, ingrato, funciona cuando se recrea.

Hace tiempo que calibro el valor que asigno al éxito a partir de un relato de Casciari en que cuenta algo que le sucedió al subir al metro de Buenos Aires. Al bajar en José Hernández, cuenta, vio a en la estación a tres músicos clásicos tocando piezas de Bizet, Tchaikovsky y Mozart. Pese a la fatiga y la desesperación del viaje, él y el resto de pasajeros se quedan quietos al escucharlos. Tras los aplausos, descubre una mirada entre la flautista y el pianista. Sus ojos decían estamos en la gloria, cuenta. El arte estaba ahí, en el instante que dura una mirada. En músicos que viven de tocar en la calle.

Si alguien lo mide con la vara del éxito –dice–, estos chicos están fracasando rotundamente. Pero yo los vi, y pude retener la mirada del pianista y la flautista, y era una mirada de triunfo.

No sé si me explique. El triunfo no tuvo forma de trofeo este año. Fue más bien, algo así como una mirada.

La otra es una anécdota conocida: Leonardo Faccio le pregunta a Messi, en su espléndido perfil, por el libro que le regaló Guardiola. El título es elocuente: Saber perder. Lo empecé porque me lo regaló él, responde el genio, pero no me gusta leer. Da igual, lo que importa es el guiño.

A ratos incalculable, seguimos aprendiendo lecciones desde la grada o desde el sillón de casa. Hay meses que languidecen deparándonos un desencuentro, un año con un solo título sólo para aprender que a veces, como el título del libro de Trueba, de lo que se trata es justo de eso. Saber perder.

El fracaso también alecciona y puede, contadas veces, ser hermoso.

Por Imanol Martínez González @imanolmartinezg