Ideas por elevación: El futbol esta vez no fue el héroe

Por Bernardo Otaola @bernaov

Tres personas, dos cuartos. Paredes de cartón, madera, láminas y prácticamente cualquier cosa que sirviera. Esta era la “casa” de una familia en la comunidad de El Pedregal, enclavada en la frontera de la delegación Tlalpan y Xochimilco. Supuestamente es la Ciudad de México. La realidad es que la urbanidad está muy lejos de aquellas personas. Más allá de esa construcción había un campo bien podado. Los abanderados corrían sobre la línea de cal mientras socios de un club campestre a escasos metros de ahí jugaban al futbol. “Uno de esos par de tenis es lo mismo que un mes de trabajo de estas personas” le dije a mi compañero. No era invento mío: nos lo acababan de confirmar con la encuesta que aplicamos durante este fin de semana en el que realicé mi servicio social con la fundación TECHO. Durante dos días entrevistamos en dos comunidades que oficialmente están en la ciudad, pero que no pueden ser calificadas como tal. En esos lugares los niños corren poco detrás de la pelota, puesto que antes de lo que deberían deben de correr detrás de la vida que se les escapa, cada vez más cara, cada vez más injusta.

TECHO nació en Chile hace 18 años. Actualmente tiene presencia en toda Latinoamérica y el Caribe, y su objetivo es mejorar la situación de comunidades marginadas mediante proyectos de construcción y el desarrollo comunitario con el esfuerzo conjunto de pobladores y voluntarios. Esa es la meta.

Por esta ocasión afronté mi servicio social, no como requisito para pasar el año, sino como una oportunidad de hacer algo que fuera a generar un impacto tangible. No es lo mismo escuchar hablar sobre la inmensidad del Estadio Azteca hasta que realmente subes por la rampa, pasas por la puerta y admiras la majestuosa visión del Coloso de Santa Úrsula. No es lo mismo saber de casas de cartón con techos de lámina, de familias numerosísimas viviendo en espacios reducidos hasta que estás ahí. Cruzas un puente: detrás de ti hay concreto, pavimento, ruido y smog, del otro lado escuchas el viento meciendo los pastos y las hojas de los árboles. Las vacas, los pollos y los guajolotes viven plácidos entre los caminos lodosos que conectan a la comunidad. El silencio de ese lugar gritaba con todas sus fuerzas el abandono al que los había sometido la “civilización”. En este lugar, cuyo nombre es Tlilac, sus habitantes están condenados a luchar para sobrevivir, mientras el resto de nosotros luchamos para vivir ¿es esto justo? Tan justo como que alguien use en sus pies el equivalente a un mes de sueldo de un trabajador con tres bocas que alimentar. Sabía que, a pesar de la situación de estas personas, encontraría vestigios de que el futbol se encontraba ahí. Lo que no esperaba encontrar era el mismo contraste que da el tener comunidades prácticamente rurales enclavadas en una de las ciudades más grandes del mundo. La Ciudad de México es un gigantesco oxímoron del cual, tristemente, ni siquiera el futbol se salva.

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