Ideas por elevación: Intentar una y otra vez

Por Bernardo Otaola @bernaov

Cuando el árbitro silba señalando con la autoridad del destino el manchón penal, una avalancha de emociones inunda a todos los involucrados. Primeramente, la polémica: ¿fue o no fue? Hay unos tan descarados que simplemente no hay forma de ignorarlos. Otros igualmente tan descarados que lo ve todo el estadio menos el que lo sentencia. Unos dudosos, y otros inventados. Unos que debieran ser y otros que no, pero cuando se oye el silbatazo, no hay marcha atrás. Segundo: la resignación. Lentamente el portero va y se para en solitario bajo los tres palos, listo para recibir una bala de un sujeto a once pasos de distancia. Desde ahí, parar la pelota es difícil, casi imposible… pero es en ese “casi” de donde se aferra el portero y todos los hinchas que se solidarizan con su guardameta. Ese “casi” lo conocen también los victimarios, pero prefieren ignorarlo, creyendo que por eso simplemente desaparece. Tercero: el desenlace. El jugador se encarrera, y todos contienen la respiración…

Me enseñaron que los penales eran un 50/50. También me enseñaron que un penal bien cobrado es casi imposible de fallar. Aprendí la técnica para cobrarlos de la mano de Cuauhtémoc Blanco. Tomaba mucha distancia, la empalmaba con la parte interna del pie y la mandaba rasa a la esquina derecha. Nunca fallé uno. Para mí, el penal es un gol seguro, y como tal se debe de tirar. Por eso mismo, esos locos que lo tiran a la Panenka merecen un aplauso. Cobrar un penal requiere de mucho valor, sobre todo cuando ahí se puede definir un partido, no digamos ya un campeonato o una Copa del Mundo. Es tan fácil meterlo que fallar es algo que difícilmente se perdona y se olvida.

¿Fue sabio que Ponchito González tirara a la Panenka un penal que definía el Clásico Tapatío? Si hubiera entrado, habría sido llamado héroe. Habría recibido el apelativo de crack y todo mundo habría aplaudido su valor. Tomó una decisión arriesgada y falló. Es lo que suele pasar cuando la gente se arriesga: a veces ganan, a veces pierden. Asamoah Gyan, falló un penal que hacía semifinalista a Ghana en el Mundial de Sudáfrica 2010 después de la providencial mano de Luis Suárez. Se fueron a los penales y ahí Gyan lo tiró igual que el que había fallado, con la diferencia de que este entró. En el futbol no hay caída más grande y dolorosa que fallar un penal, pero tanto en este deporte como en la vida, es obligatorio pararse otra vez en los once pasos y tirarlo. Lo importante en la vida no es fallar nunca, sino volver a intentarlo. Espero con ansias el siguiente penal de Ponchito González. Más vale que lo tire a la Panenka… otra vez.