Impulsados por la fe

En el mundo del futbol siempre se escribe sobre los jugadores, directivos y equipos; pocas veces se coloca el acento en uno de los engranes fundamentales de esta maquinaría gigante llamada futbol: el aficionado.

El aficionado es quien más grita y aplaude sin ser escuchado; quien más sufre las derrotas del equipo. El aficionado también es quien más da, muchas veces, sin obtener nada a cambio. Es quien firma un contrato de por vida con el club. El aficionado es el que compra las camisetas, paga la entrada a un partido y defiende al equipo fuera de las canchas al discutir con sus amigos. También es él quien viaja cientos, o inclusive, miles de kilómetros para ver a su equipo. Pero la pregunta es ¿por qué?

¿Por qué el aficionado sacrifica tanto, por tan poco?, ¿por qué el aficionado es capaz de perder su voz a cambio de alentar a su equipo?, ¿por qué el aficionado se entrega a su equipo?, ¿a personas que probablemente nunca conocerá?, ¿que jamás lo saludaran en la calle? Sólo puede existir una respuesta a un comportamiento tan generoso y noble: la fe.

Si el aficionado es el engrane principal de un equipo de futbol, el aceite que lo permite girar es su fe. Fe en que su equipo pagará todos aquellos sacrificios con la alegría del triunfo, es fe en saber que uno está siendo representado. Es fe, por parte del aficionado, en que él es parte del triunfo; en que esos también son sus tres puntos.

Éste mismo combustible intangible es el que utilizó Urbano II cuando en el año 1088, en el concilio de Clermont, el recién ungido papa incitó a los cristianos a recuperar la “Tierra Santa”, que estaba en manos de los turcos. Urbano II consolidó la primera cruzada de la historia, no solamente prometiendo la concesión de indulgencias y repartición de las ventajas económicas derivadas de la conquista de aquel fértil y escasamente poblado territorio, sino también con un discurso centrado en la fe y que volvió su célebre frase “Dios lo quiere”, en el grito de guerra de los cruzados. Así es cómo después de 11 años, y tras la conquista de Jerusalén, los cruzados se repartieron los territorios conquistados y el deseo de Dios fue alcanzado.

Irónicamente, el papa Urbano II, jamás recibió la noticia de que los cruzados habían logrado la obtención de la Ciudad Santa. El Papa murió un año después de la conquista y las noticias no llegaron a tiempo. Pero no hay espacio para lamentar ésto, pues Dios “así lo quiso”.

Resulta interesante observar cómo en campos, tiempos y espacios distintos, existe un factor común que motiva a la gente a dar lo mejor de sí por una causa, por algo en lo que cree; por algo en lo que tiene fe. Este es un nuevo ejemplo de cómo el futbol y los hechos sociales siempre tienen algo en común, ya que el balompié es más que un deporte; es un reflejo de lo que somos, de lo que vemos, de lo que vivimos. El futbol es una expresión social.

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Por Emilio Posadas Certucha @gordopoce92