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La costumbre ideológica en el futbol mexicano

La costumbre de tener todo en las manos y dejarlo caer... Muchos lo llaman miedo al éxito. Parecería como si el competidor, habituado siempre a perder, no fuera capaz de soportar la incomodidad de ganar, de ser mejor que el otro, de trascender. Esta historia bien podría llamarse Holanda, Alemania, Argentina, Bulgaria, Mundial de Clubes, final de Copa Libertadores, Copa América, o incluso México en otros deportes.

Carlos Calderón Cardoso, escritor y especialista en futbol mexicano, escribió sobre el síndrome del Jamaicón, aquel concepto nacido cuando José el Jamaicón Villegas no pudo demostrar su calidad en el extranjero debido a una nostalgia patriotera. En su caso, extrañaba su hogar, pero esa misma nostalgia podría representar la autovaloración del jugador acostumbrado a ganar y a perder dependiendo del contexto.

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Contadas excepciones como los éxitos Sub-17, el Oro en Londres, la Sudamericana del Pachuca o la Confederaciones del '99, podrían confrontar la idea. Pero desde un punto de vista sintético, queda de manifiesto cierta actitud derrotista. Primero el equipo muestra la capacidad, hace latente su potencial, y luego vuelve al cómodo rincón de lo cotidiano, a la costumbre de la sombra.

Esto lo retrata fielmente el documental de Olallo Rubio titulado Ilusión Nacional (2014), arguyendo que es algo inherente al mexicano cuando compite futbolísticamente. En el filme se observa un recorrido multimedia por los eternos fracasos de la Selección Mexicana en su intento por superar los octavos de final. Y siempre hay un momento previo a la derrota en que todo parece bajo control, en que se baja la guardia para regodearse en lo que está sucediendo. Es como tirar la toalla para evitarse la pena de ganar. Ya lo dice el escritor argentino Rodolfo Braceri en su libro Querido enemigo:

El futbol es un espejo de la sociedad

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Tomando este precepto, podríamos trasladar el típico círculo de la violencia a la situación que aquí se presenta. Es decir, el niño acostumbrado a que su padre lo maltrate y lo humille, va y hace lo mismo con su hermano menor. De esta forma, se admite un estatus frente a ambos y se alimenta lo establecido.

Ése es el futbol mexicano, el que anhela ser respondón con sus mayores, porque se creyó desde hace mucho tiempo que son sus mayores, que hay que respetarlos y aguantar las vejaciones. Y esta misma actitud frustrada deben sublimarla al maltratar a los de abajo, a los que, por cierto, también se les ha considerado que están indudablemente abajo y que si en algún momento muestran signos de crecimiento, no es por otra cosa que por lo que hemos dejado de hacer.

Lo que se salga de este contexto absurdamente establecido en tiempos remotos, es una sorpresa. Así se estimulan los rencores de quienes ya alcanzaron futbolísticamente el nivel competitivo de los mexicanos pero se les sigue minimizando. Juan Villoro comenta en Balón dividido que

Durante años hemos creído que salir al campo con once jóvenes millonarios nos da derecho a ganar en tierras pobres

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Es un síndrome general en nuestro sistema. Es la misma causa la que provocó el desastre de la eliminatoria pasada en la que EUA nos regaló la calificación. Ya es costumbre, de hecho, que en la incómoda Concachampions, alguno de los representativos mexicanos quede fuera en rondas previas ante equipos del área. Constantemente se adjudica a fracasos, ridículos y malos manejos de partido. El problema principal, que probablemente no se está tomando en cuenta, es el desarrollo futbolístico de los rivales. Es necesario el trabajo táctico y estratégico que incluye, necesariamente, una dosis psicológica de humildad y de comprensión de un rival con las mismas capacidades y oportunidades.

De uno u otro lado de la moneda, es muy curioso el estatus al que el futbolista mexicano se adscribe dependiendo de su rival. Cuando hay que eliminarse contra un representativo histórico, surgen los ratones verdes, hacen frente al rival pero después de arrojar la piedra, esconden la mano y esperan, sumisos, la consecuencia. Y cuando el camaleónico equipo debe medirse ante algún rival que se presume lógicamente inferior, surge una repentina soberbia que nubla el desempeño.

Esa es nuestra costumbre ideológica, tan arraigada que creemos que no puede transformarse. Probablemente el día en que los técnicos, medios de comunicación y los mismos jugadores recuerden la esencia de este deporte al que Antonio Gramsci consideraba el reino de la lealtad humana ejercida al aire libre, será más fácil visualizar la igualdad de oportunidades cuando en un mismo terreno se enfrentan once contra once, y los milenarios prejuicios se queden en la banca.

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Por Alan Holguín Hoffman/@alan_holguin