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Los tiempos cambian

¿Qué es la selección mexicana de fútbol: el gigante de la CONCACAF, una selección que tiene potencial para convertirse en “caballo negro” en las justas futbolísticas importantes? O, y me temo que hoy nuestra selección es más bien lo siguiente: un producto masivo de mercadotecnia.

Los más puristas e intelectualoides - “el fútbol es el opio del pueblo”- me dirán que no hay que alarmarse, que no sólo la selección de México es un mero producto, sino que todas son iguales, así como los clubes que también responden a esta misma característica. Yo, como Galeano, opino que es verdad eso, que el fútbol profesional es un producto manejado por los poderosos, y que tiene como principal objetivo el lucro con la gente.

La selección de Alemania es también por supuesto un negocio, pero a diferencia de la nuestra, es un negocio respaldado por la calidad de su producto. Como espectador, pagar por ver jugar a Bastian y compañía o comprar el jersey oficial, vale cada centavo. En México no pasa lo mismo; todos nuestros amistosos son en Estados Unidos, y con esto aseguran que los estadios se llenen de gente que vive lejos de su país, que contantemente son víctimas de maltratos, y ver a México resulta una forma de sentirse arraigados a sus raíces. A sabiendas de esto, la federación ha encontrado un negocio redondo y un círculo vicioso. Al aficionado mexicano en Estados Unidos no le importa mucho que el “piloto” Giménez porte la 10, o que jueguen jugadores desconocidos; podría ir el equipo de la dominguera, y con el simple hecho de que la gente se entere de que son 11 mexicanos, estará copando las gradas. El aficionado mexicano en Estados Unidos celebra, como un loco, el empate al último minuto contra Trinidad y Tobago, sin darse cuenta que eso no quita el papelón de un pésimo desempeño futbolístico.
¿Qué tiene que ver todo esto con la arquitectura mexicana? Tal vez no tenga mucho en común, pero me gustaría aventurarme en esta ocasión, a encontrarle algunos destellos de similitud al asunto.

Veo en el Chicharito a nuestro arquitecto estrella: Fernando Romero, el talento no es su fuerte, pero sí la efectividad; se codea con los grandes, como Chicharito empujando a la red los balones que le pone Giggs, Rooney o Cristiano -en su fugaz paso por el Madrid- . Así pues, el yerno de Carlos Slim, debate con el premio Pritzker, Norman Foster, las características arquitectónicas del nuevo aeropuerto de México. A los dos también los une el amor y admiración de ciertos medios de comunicación hacia ellos, que no dudan en compararlos con Maradonas o Le Corbusieres.

Si nos vamos más atrás en el tiempo, me puedo “inventar” más analogías. Creo que antes los futbolistas de la selección de México se parecían más a los arquitectos mexicanos de la época, personajes con un talento inmenso, que vivían con el reconociendo merecido, y, que sin tantos reflectores, podían brillar con luz propia, no faltaban por supuesto los endiosados, como Hugo, “el niño de oro” el más grande de nuestra historia, pero que siendo sinceros a veces perdía el piso, y me hace recordar a Teodoro González de León, ambos queriendo ser los únicos y más grandes protagonistas de CU. ¿Será que el mundo cambia y con él sus creadores? Ya sean creadores de fútbol o de ciudades, no me imagino a Barragán tuiteando como un loco la finalización de alguna de sus obras, seguidas por miles de patrocinadores y comerciales, o a Chava Reyes, con una foto de Instagram: “Aquí con el “Tubo” celebrando el Campeonísimo”, pero los tiempos cambian y a veces no lo hacen para bien.

A ver si algún día de estos, anteponemos el fútbol o el arte arquitectónico, sobre el negocio; esperemos que sí.

Por: José Bernal