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Manuel Manzo: El hubiera ¿existe?

Hoy hace 30 años, un futbolista mexicano que vivió mucho tiempo sumido en el infierno —dicho por él mismo en un libro biográfico— tuvo su partido de despedida precisamente en un estadio que antes de ser estadio había sido un enorme horno bajo tierra, una ladrillera donde la incandescencia del fuego servía para cocer toneladas de barro y hacer tabiques.

El 19 de mayo de 1987 dijo adiós al futbol profesional Manuel Manzo Ortega, que para muchos ha sido el mejor jugador nacido en nuestro suelo, pero que a pesar de haber dejado pruebas incontrovertibles de sus cualidades como goleador y pasador excepcional, a casi tres décadas de su retiro definitivo sigue despertando incógnitas: ¿qué hubiera pasado si Manzo hubiera llevado otra forma de vida, otros hábitos durante su carrera?, ¿hasta dónde hubiera llegado o hasta qué altura hubiera ayudado a escalar al futbol mexicano?

Aquella tarde de hace 30 años en el entonces denominado Estadio Azulgrana —hoy Estadio Azul, construido en lo que fuera la fábrica de ladrillos La Nochebuena, convertida en recinto deportivo por el empresario Neguib Simón en 1947— Manzo puso fin a su dramática trayectoria en el futbol: tuvo un inicio de magníficos augurios en los llanos del rumbo de Oceanía a principios de los setenta, cuando vivía en la colonia Aquiles Serdán y con 15 años de edad era chofer de un camión de pasajeros que cubría la ruta Niño Perdido-Álamos; después empezó a despuntar por sus brillantes actuaciones en la primera edición del Torneo de los Barrios, pero casi de inmediato, tras ser llamado para integrar la Selección Nacional amateur, empezaron sus tormentos —que duraron aproximadamente 8 años— atribuibles más a su pulsión autodestructiva que a una actitud deliberadamente diletante, afectado como estaba por una patología, imputable tanto a la química corporal como a la constitución psicológica de cada individuo, que se presenta —siguiendo al Dr. José Antonio Elizondo López— cuando una persona se rinde ante la protesta del organismo desde que se le deja de suministrar la sustancia etílica a la que su metabolismo ya se había adaptado: el alcoholismo.

El debut en el profesionalismo no hizo sino agudizar el devenir tortuoso de la carrera deportiva de Manzo: tras un fugaz paso por el León, militó en el Atlético Español, donde llegó a ser premiado como el Jugador del Año de la temporada 1974-1975. Después pasó a las filas del Guadalajara, donde su rendimiento inconstante en la cancha y sus frecuentes internamientos en hospitales tras beber alcohol ininterrumpidamente durante días, daban visos de que se encaminaba hacia una auténtica desgracia personal, misma que estuvo muy cerca de consumarse al extremo de bordar la muerte en 1979 cuando jugaba en el futbol estadounidense para el equipo de Houston.

Pero gracias al cobijo solidario e inteligente de personal médico y directivo de los Pumas de la UNAM, Manuel Manzo y su carrera literalmente renacieron: en la temporada 1980-1981 integró, junto a figuras como Hugo Sánchez, Ricardo Tuca Ferreti y Manuel Negrete, aquel plantel universitario que, en palabras del propio Manzo, vino a transformar, a revolucionar el futbol mexicano. Fue con el equipo azul y oro con el que conquistó el único campeonato de Liga de su palmarés, además de trofeos internacionales como la Copa de CONCACAF y la Copa Intercontinental, que los universitarios ganaron nada menos que al Nacional de Montevideo, entonces campeón de la Copa Libertadores y que además se ostentaba como campeón mundial de clubes por haber vencido al Liverpool inglés.

Con posterioridad a su salida del equipo de la Universidad Nacional, Manzo tuvo tardes notables con la camiseta de los Tigres de la UANL, de donde emigró a Coyotes Neza por su deseo de estar nuevamente cerca de la capital del país, decisión que Manzo considera errática y a la que atribuye, en buena medida, no haber sido convocado para formar parte de la Selección Nacional que participó en el Mundial México '86.

Si un jugador hizo mancuerna exitosamente con los dos jugadores más talentosos y de más personalidad de aquella selección mundialista, Hugo Sánchez y Tomás Boy, ese fue precisamente Manuel Manzo: con el Pentapichichi se combinó a la perfección en los Pumas durante aquella temporada inolvidable 1980-1981 —tras la cual Hugo fue contratado por el Atlético de Madrid— mientras que con el apodado Jefe a Manzo lo unía no nada más una amistad —aunque casi veinte años después Boy la omite— sino también el haberse conocido desde los años del Atlético Español y los buenos momentos que juntos vivieron defendiendo los colores de Tigres. ¿Hubiera sido Manzo hace 31 años el jugador puente para que Hugo y Boy pudieran jugar en armonía? ¿El hubiera existe?

Diluida la posibilidad de cumplir su sueño dorado: jugar un Mundial, Manzo se alejó de las canchas todo el año 1986, durante el cual puso un taller de alineación y balanceo de coches y se dedicó a la compraventa de los mismos. Sin embargo, José Antonio Roca, que en 1987 dirigía al Atlante, le permitió regresar al futbol para tener un retiro digno. Aquellos sotaneros Potros de Hierro se salvaron del descenso en aquella temporada gracias a que tuvieron en Manzo a su mejor anotador, que en recompensa tuvo el partido de despedida que se jugó hoy hace 30 años.

El escritor Ignacio Solares ha dedicado sendas obras a tratar temas que vienen a colación con lo que vengo contando: el sufrimiento inocultable que trae consigo el alcoholismo, por una parte, y los desenlaces históricos que pudieron haber sido y no fueron, por la otra. En Delirium tremens (Alfaguara), el Director de la Revista de la Universidad de México recogió testimonios de quienes han llevado su alcoholismo al extremo de experimentar alucinaciones, mientras que en Ficciones de la Revolución Mexicana (Alfaguara) el autor de las consabidas Minucias que semanalmente publica El Universal juega a modificar, gracias a su imaginación, el curso de la historia moderna de México (¿qué hubiera pasado si Porfirio Díaz muere antes de ser Presidente? O bien ¿qué hubiera pasado si Díaz hubiera mandado matar a Francisco I. Madero desde que dio a conocer su proclama contra la reelección presidencial?).

Trayendo al futbol a Solares podríamos conjeturar: ¿qué hubiera pasado si Manuel Manzo no hubiera tenido episodios de delirium tremens y, en vez de alucinar él dentro de una camisa de fuerza en algún sanatorio tapatío, hubiera hecho alucinar, en sentido metafórico, a los defensas de una selección rival, ya no en el quinto, sino en el sexto o hasta en el séptimo partido de un Mundial? ¿El hubiera existe?

Lo que hoy sí existe es un hombre de 64 años de edad que tuvo la voluntad para librarse de la esclavitud alcohólica, que logró recuperar a su familia y, retirado de la canchas después de despedirse abrazado por el público en un estadio que antes fue ladrillera, empezó a poner los primeros tabiques de una vida diferente, dedicada a brindar orientación a jóvenes para evitar que vivan el infierno que él padeció, y a participar y hasta fundar grupos de Alcohólicos Anónimos en los que muchas personas han encontrado la ayuda que él rechazó, de tantas personas y tan prolongadamente, que tuvo que pagar con su persona y ya no pudo recuperar el tiempo perdido para consolidarse como la estrella que pudo ser.

A Ricardo Gallardo
Por Farid Barquet Climent