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" Más que el brillo de la victoria, nos conmueve la entereza ante la adversidad"

Tenochtitlán, Hernán Cortés, La Malinche, Moctezuma; son algunas palabras que por inercia nos remiten a una época. Nos transportan en el tiempo y dibujan con ayuda de la imaginación todo un panorama que es sólo visible a través de los libros de historia.

Todos conocemos la historia de Cuauhtémoc, uno de esos pocos héroes que aún mantiene dicho título con creces. Es bien sabido que el gremio de historiadores, fieles a sus instintos, se ensañan en hacer y deshacer los mitos y a los protagonistas de estos, sin embargo, Cuauhtémoc se posa- contrario a lo que se piensa Cuauhtémoc no necesariamente significa “Águila que cae” sino “Águila que descendió” haciendo referencia a un águila que baja del cielo y se posa- sobre estos intentos a sabiendas que su nombre nunca podrá ser manchado. En palabras de Ramón López Velarde, Cuauhtémoc, es el “único héroe a la altura del arte”.

El famoso último Tlatoani del imperio Azteca, dejó un legado muy peculiar. Probablemente no exista personaje histórico mexicano que ejemplifique con mayor precisión uno de nuestros rasgos más característicos: el orgullo de la dignidad en la derrota. Octavio Paz en “El laberinto de la soledad” lo describe así:

“Desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos e impasibles- como Juárez y Cuauhtémoc- al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria, nos conmueve la entereza ante la adversidad”

Al parecer lo que vuelve a Cuauhtémoc un héroe nacional fue su capacidad de enfrentar a la adversidad con entereza. Plasmada ésta en su solemne frase: “Mi lecho no es de rosas”, mientras le quemaban los pies.

Cuauhtémoc murió en Honduras, lejos de todo lo que él amaba y siendo testigo del fin de todo por lo que él luchaba.

Hoy en día esa misma “dignidad ante la derrota” está presente en nuestro futbol. Cada Mundial, cada derrota o eliminación, deja un sabor agridulce en nosotros. El aficionado mexicano aplaude como nadie la derrota, incluso me atrevo a decir que la espera, pues la derrota en el futbol –siempre justificada- da la sensación de que todavía hay más en nosotros. Es la ausencia de la victoria lo que nos invita a pensar que existe una mejor versión de nosotros mismos. Lo anterior aplica en lo futbolístico, aunque se puede extender a otros terrenos.

Cuauhtémoc, fue en este sentido la mejor versión de nosotros mismos, tal vez por eso es “el único a la altura del arte”.

Por: Emilio Posadas Certucha
@gordopoce92