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Eduardo Palmer. A tu memoria, goleador

Apenas ha llegado a mí la noticia de que no estás más entre nosotros. Te fuiste sin avisar, como solías hacerlo en el casino y evidentemente sin ánimos de ver el centenario de tu club, el América.

Conocí a Eduardo Palmer hace tres años en la ciudad de León, Guanajuato, donde estudié mi carrera universitaria. Él era un hombre mayor, que rondaba los ochenta años, y que en definitiva no encajaba con el escenario regular del casino al que ambos asistíamos. Fue por eso quizás, que nos hicimos amigos, lejos de las nubes de humo de cigarro, las bebidas exóticas o de las mismas apuestas. El señor, como yo, gustaba de sentarse frente a la pared tapizada de pantallas planas que transmitía en vivo, una amplia variedad de deportes. Desde futbol profesional, básquetbol, hasta carreras de caballos.

Palmer, Zague

Siempre vestido de traje, con un chaleco que le protegiera del frío y sus simpáticos lentes, Don Eduardo se tomaba un café sentado en una mesa aislada, viendo a solas el deporte que tanto amaba, el fútbol, o bien su otra pasión, el béisbol.

Una tarde de fecha FIFA, don Eduardo, siempre reservado y taciturno, me ordenó sentarme con él, mientras yo veía de pie alguna pantalla aledaña a su mesa. Vente para acá, y saca tu teléfono, ponle mi nombre, me llamo Eduardo Palmer. Jugué en el América.

Fotos de antaño, a blanco y negro, de un futbol que ya no existe, se proyectaron en mi Smartphone. Eduardo Palmer tenía un peinado perfeccionado con cera que me recordó a Pedro Infante.

Fui campeón goleador, metí en total más de cien goles en total para el equipo, creo. Ya no lo recuerdo bien, pero es que de mi época no nos contabilizan bien las estadísticas, precisamente porque ya nadie se acuerda. Jugué diez años para el América, luego uno en el Atlante y me retiré. Me tocó estar cuando el papá del actual Emilio Azcárraga compró al equipo. Emilio Azcárraga Milmo. Él trajo al papá del Zague que ahora está en la televisión, y a otro brasileño para la delantera, eran mis reemplazos. Ahí salgo yo, y fue cuando el equipo empezó a dejar de lado sus raíces. Se hizo para copetudos, y los extranjeros eran para apantallar. ¡Hoy me encabrona la cantidad de jugadores que están ahí y no sienten la camiseta!.
Era la segunda persona a la que le escuchaba la palabra copetudos, para referirse a la clase alta. Sólo había visto que mi abuelo la usara.

Don Eduardo hizo una pausa entonces, quizás ya muy inmerso en el pasado, para regresar a la mesa en la que estábamos sentados. Me gusta venir aquí a ver el béisbol y tomarme un café, de vez en cuando hago una apuesta, ¿y a ti?
Me presenté como un fanático estudioso de los deportes colectivos, en especial del balompié, y tuvimos una larga plática, como si fuéramos viejos amigos. No fue la única tarde que pasamos juntos platicando sobre sus hazañas del pasado, nuestras impresiones sobre los juegos que veíamos.

Hoy, los récords de Don Eduardo resultan impresionantes. Es el cuarto máximo anotador en la historia del club América, con noventa tantos contabilizados. Está por encima de José Alves (Zague padre), Carlos Reinoso y Carlos Hermosillo. Solamente lo rebasan Enrique Borja, Cuauhtémoc Blanco y Luis Roberto Alves, Zague hijo. Campeón goleador en la temporada 1958-59, ha sido el máximo anotador en una sola temporada, con veinticinco goles. Le sigue José Alves con 20 en la 65-66.

Queda para las leyendas del futbol, esas que en diez o veinte años no se sabrá qué tan ciertas son, su anécdota en una gran final de copa, temporada 1953-54. Luego de tiempos extras, el cero a cero se prolongó, y el arquero americanista fue expulsado en los últimos minutos. Eduardo Palmer se puso el traje de portero y de héroe para la tanda de penales, atajando el último de la tanda y dándole el título al América. ¿El rival? Nada menos que las Chivas de Guadalajara. Este encuentro fue de los primeros que empezaron a forjar la máxima rivalidad del fútbol mexicano.

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Con el centenario del club recién cumplido, Eduardo Palmer, una verdadera leyenda, no recibió el respeto y la distinción que merecía por haber trabajado en los primeros logros del América como un equipo grande. Tampoco hubo una conmemoración por su reciente fallecimiento, apenas en septiembre de este año. Ignoro cómo decidieron los homenajes, los festejos, pero este 12 de octubre recordé a mi amigo como un gran ausente en la agenda periodística deportiva. Cuánta razón tenía don Eduardo en enojarse al hablar del América actual en nuestras charlas.

Yo aprovecho para recordarlo como lo conocí. Viendo el béisbol, tomándose un café, invitándome a hacerle compañía en su aislada mesa, en un casino de León, Guanajuato, que por cierto, hoy también ha cerrado sus puertas.

Don Eduardo me enseñó que no existen límites de edad para la amistad, mucho menos con un lazo tan fuerte como el fútbol, o los deportes. A tu memoria, goleador.

Por: La era de exactitud