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Poema de gol: Cadáveres

La década de 1980 trajo consigo un progreso tecnológico crucial para los videojuegos, incrementó la tensión entre Estados Unidos de América y Rusia, presenció el intento de homicidio al Papa Juan Pablo II ,vio caer el muro de Berlín y fue testigo de la desastrosa Guerra de las Malvinas, una guerra entre Argentina e Inglaterra por el archipiélago situado casi en la punta meridional de América del Sur. Todos estos acontecimientos involucraron cadáveres de una u otra manera, pero tal vez uno de los momentos más entrañables en la década de los 80’s fue el partido Argentina vs Inglaterra, un juego que encontró un nuevo libertador que dejó sembrados los cadáveres ingleses en señal de venganza por sus compatriotas caídos en batalla. Un año después, Néstor Perlongher, antropólogo social, poeta y defensor de los derechos de los homosexuales, publicó en su libro Alambres el poema ‘Cadáveres’, mismo que hace referencia a los argentinos desaparecidos en la época de los setenta. Argentina tiene un pasado lóbrego en cuanto a muertes, pero cuenta con una pierna zurda y una pluma que son más eficaces a la hora de sentenciar.

Néstor Perlongher
Cadáveres
(Fragmento)

En la trilla de un tren que nunca se detiene
En la estela de un barco que naufraga
En una olilla, que se desvanece
En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones
Hay Cadáveres

En las redes de los pescadores
En el tropiezo de los cangrejales
En la del pelo que se toma
Con un prendedorcito descolgado
Hay Cadáveres

En lo preciso de esta ausencia
En lo que raya esa palabra
En su divina presencia
Comandante, en su raya
Hay Cadáveres

En las mangas acaloradas de la mujer del pasaporte que se arroja
por la ventana del barquillo con un bebito a cuestas
En el barquillero que se obliga a hacer garrapiñada
En el garrapiñiero que se empana
En la pana, en la paja, ahí
Hay Cadáveres

Ve el video y luego no te pierdas la versión adaptada al "Gol del siglo".

Variación con el gol de ‘la mano de Dios’

No todos los gritos
salían de la boca
y aún así era suficiente
para confundir a Perlongher
con Maradona;
ninguno de los dos fue derecho
a fin de cuentas.

En los pubs repletos de caras sonrojadas
En las manecillas del Big Ben
En el Castillo de Windsor
En los pasillos Oxford
En Buckingham, ahí
Hay cadáveres.

En el Azteca a reventar
En los cuartos de final
En el México de la Madrid
En el Año Internacional de la Paz
En mil novecientos ochenta y seis
En las Malvinas
E en la hora de tomar el té
Hay cadáveres.

En la confusión de Hoddle y Reid
En la caminata fúnebre de Sansom
En la persecución inservible de Butcher
En el desasociego de Fenwick
Y en la cintura quebradiza de Shilton
En sus sombras sólo
Hay cadáveres

Desde los más viejos
hasta los pibes,
–los argentinos jrs.–
habían formado parte
de los alaridos
que se encaminaban
al obelisco.

Por: Obed Ruíz.