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Jules Rimet y los amables orígenes de la FIFA

Sin duda alguna, el año pasado la FIFA cruzó sus momentos más oscuros. Acusado de corrupción y tráfico de influencias, el organismo rector del futbol mundial con poder de moldear a su conveniencia las legislaciones de los gobiernos, con más agremiados que la ONU y que factura 5 mil 700 millones de dólares por año, amenazó (y amenaza constantemente) con tambalear el mundo del futbol. Sin embargo, cuando la FIFA se fundó en 1904, como toda nueva aventura, tenía ideales, valores y utopías que nada tienen que ver con lo que ha degenerado en la actualidad. Es en este momento que un francés apareció en escena: Jules Rimet.

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La ironía de Rimet es que nunca fue una persona muy deportista. Nacido el 14 de octubre de 1873, el abogado era aficionado a generar oportunidades para otros con más habilidad que él. Por esa razón fundó un equipo de futbol, el Red Star Paris a los 24 años. Poco después, sin importar que afuera el mundo se estuviera destrozando en la Primera Guerra Mundial, Rimet fundó la liga de futbol francesa, y posteriormente la Federación Francesa de Futbol (FFF) de la cual fue presidente.

Con estas credenciales, se pudo presentar con su gran idea: un torneo internacional de futbol. La FIFA lo nombró presidente en 1921, y a partir de ahí trabajó duramente para que el Mundial fuera un hecho. Entre 1928 y 1930 se decidió hacer la Copa con una sede ambulante cada cuatro años, empezando en Uruguay que eran bicampeones olímpicos. A pesar de la displicencia de las naciones europeas para asistir, incluida la propia Francia de Rimet, que prácticamente fue llevada a rastras, el torneo en Uruguay fue un éxito en el cual se sentaron las bases para la fiesta más grande del mundo en la que se ha convertido el Mundial.

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Rimet tenía una gran habilidad diplomática para sortear los avatares de principios del siglo XX, en los que los gobiernos eran extremadamente sensibles y poco razonables. La pre guerra, la posguerra, los desaires entre América y Europa... Rimet logró en sus 33 años de mandato, el más longevo de la FIFA, consolidar y mantener al organismo como la gran autoridad del futbol. Fue nombrado presidente vitalicio, el único hasta la fecha, y casi nominado al Premio Nobel de la Paz aunque lo rechazó.

Se retiró de todo a los 81 años, y el 15 de octubre de 1956 murió, dejándonos la copa con su nombre y el Mundial como legados. La copa desapareció dos veces: La primera, encontrada como si se tratara de un película, por un perrito llamado Pickles que se volvió celebridad (hasta hizo una película) y que murió ahorcado mientras perseguía un gato. La segunda vez desapareció definitivamente en las selvas brasileñas, donde se encontraba el trofeo a perpetuidad ya que el Scratch du Oro lo había ganado 3 veces.

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Mi imagen favorita es la que se narra una vez ocurrido el Maracanazo en 1950, con los uruguayos haciendo la hazaña de la mano de Alcides Ghiggia y Obdulio Varela. Tan inesperado fue, que el pobre Rimet bajó a la cancha desorientado, sin un discurso que decir ya que lo había escrito en portugués para el campeón Brasil. Entregó el trofeo que llevaba su nombre sin ceremonia, casi hasta con enfado y desgano, aunque probablemente era más la incredulidad. Ingenuidad, asombro, sorpresa... el futbol mundial todavía deparaba muchas sorpresas. Por eso a Jules Rimet y la FIFA de esos años no se les puede reprochar nada. Se movían con el idealismo que tienen todos los proyectos nacidos de una pasión. Ese, el segundo legado de Jules Rimet que es la Copa del Mundo, nunca va a desaparecer. No importa que tanto se devalue la institución, el Mundial y lo que ha representado para tanta gente es algo intangible, y lo intangible está a salvo de cualquier mancha que pueda venir del mundo material.

Por: Bernardo Otaola / @bernaov