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Selección Argentina: Manual de instrucciones para no triunfar

La pregunta se ha hecho tantas veces que ya resulta un poco tediosa, por no decir molesta, al no aparecer todavía una respuesta satisfactoria: ¿por qué es que la Selección Argentina sigue fracasando, con la cantidad y calidad de jugadores de primer nivel que tiene?

Antes que nada sería necesario entender el concepto de fracaso tal y como se lo entiende en Argentina. Hay un dicho local que dice que hay más de cuarenta millones de Directores Técnicos, cada uno con sus ideas, su equipo ideal y la noción furiosa de que tiene razón. Eso viene bien para entender en primer lugar un contexto en el que no es perdonado ni el menor error.

El fracaso argentino no es solamente haber perdido tres finales en tres años consecutivos: Mundial de Brasil 2014, la Copa América 2015 y la Copa América Centenario 2016. El fracaso no es solo en lo deportivo sino en algo más profundo y a la vez menos cuantificable.

Es más bien el sentimiento de que se dejó pasar casi por completo a una generación de futbolistas irrepetible, la idea palpable de que hace tiempo que el equipo no juega a nada y, quizás lo peor de todo, la noción triste y pesimista de haberse acostumbrado a perder.

Durante la última década, Argentina ha contado con una generación de jugadores que militan en los clubes más grandes del mundo por mérito propio. Demuestran sus talentos cada semana, sus pases cotizan en millones de euros y han roto infinidad de records para ganarse el respeto de todos los fans.

Lionel Messi es su líder. No hay palabras para describirlo. Más allá de turnarse con Cristiano Ronaldo en la cresta de la ola no se puede negar que es uno de los grandes jugadores contemporáneos.

No está solo, como dicen a veces los amargados hinchas argentinos. Lo acompañan Sergio Agüero, voraz goleador en la Premier League; Gonzalo Higuaín, quizás el delantero más temido de Italia; Javier Mascherano, quien supo ganarse un lugar en el equipo más codiciado del mundo; Ángel Di María, quien ha pasado por tres de los clubes más cotizados del momento; entre tantos otros.

La calidad está. La pregunta se hace inevitable: ¿por qué no juegan en la Selección como juegan en Europa? La respuesta es larga, confusa y con muchos matices. La primera respuesta que yo daría es que resulta imposible para cualquier atleta competir en un alto nivel cuando el cuerpo está enfermo.

En esa metáfora el cuerpo viene a representar a la Asociación de Fútbol Argentina, la institución que organiza los torneos locales y que vela por el bienestar de la Selección. Después del Mundial de Brasil se produjo la muerte de Julio Humberto Grondona, quien había sido su presidente durante treinta años.

El estilo inconfundible de Grondona como dirigente rozaba lo mafioso. Tráfico de influencias, cercanías con las barrabravas y manejos oscuros fueron moneda común en la institución bajo su mandato.

Después de su muerte asumió Luis Segura, un dirigente del propio ámbito del anterior. Las cosas no cambiaron demasiado, ya que Segura tendría que renunciar apenas un tiempo después de asumir el cargo por un escándalo con la reventa de entradas en el último Mundial.

Después de un largo tiempo con una Comisión Normalizadora todo fue más de lo mismo. Hubo una elección de autoridades que terminó empatada sobre un número impar de votantes. También existió el caso de la designación de un entrenador de juveniles a dedo a pesar de que se habían presentado 42 proyectos de trabajo, entre los que estaban los de Menotti y Bilardo, técnicos campeones del mundo. La credibilidad sobre la transparencia de AFA cayó en picada, todavía más.

Además de los problemas dirigenciales, que terminan filtrándose a la cancha, asoma a la vista también la carencia de un proyecto definido, siquiera de un rumbo. Han pasado por la Selección un total de ocho técnicos en diecisiete años, cuatro desde el Mundial, hace tres años.

El único asomo de un proyecto realmente sostenido en el último tiempo se dio al mando de José Pekerman, hoy entrenador de Colombia, quien trabajó durante años con los jugadores que hoy integran la Selección mayor en los seleccionados juveniles, no solo con gran éxito en mundiales sino en la proyección de los jugadores que pasaron por sus manos.

Hoy le toca a Jorge Sampaoli armar este rompecabezas no solo futbolístico sino también anímico. La Selección Argentina enfrenta una dura prueba. Su clasificación al Mundial es realmente complicada y está casi obligada a ganar los dos cotejos que le quedan ante Perú y Ecuador.

Para el partido contra Perú se pidió cambiar la sede usual del Monumental de Núñez, el estadio con mayor capacidad, por el de la Bombonera. La excusa es que el aliento del público es más cercano, más presente, se siente todo el tiempo, no se lo puede ignorar.

Dudo en el real éxito de esa característica. En la experiencia creo que más que amedrentar a los visitantes la cosa podría ser al revés. No hay peor enemigo para un equipo con baja autoestima que su propia afición cuando lucha por encontrar el juego en medio de un partido difícil.

Los dos rivales son difíciles. Perú y Ecuador tienen buen pie y sobre todo mucho coraje, algo que en general sirve para trabar a un equipo argentino sin ideas ni convicción. Hay que jugar bien para ganarles a ambos y las estadísticas recientes no dan lugar a derroches de esperanza.
Argentina no ha faltado a una cita mundialista desde 1970. Todos los ojos, todas las esperanzas están puestas en un Messi que parece prepararse, con esa misma naturalidad de siempre, para su última cita con la historia. Tendrá que trabajar duro para no perdérsela.

Nadie imagina un Mundial sin él, sin Argentina. Nadie se atreve a pensarlo demasiado en realidad. Pero la sensación de derrota se siente en todos lados y la materialización de lo peor solo necesita tiempo y esa seca fatalidad irrevocable de la realidad.
Ojalá me equivoque.

Por Juan Bautista Correa