Sombra Fatal

El amor es intensidad y por esto es una decisión del tiempo;
estira los minutos y los alarga como siglos”–

–Octavio Paz–

Para Alonso y José María

No imaginé ser el objeto del deseo de tantos hombres. Nunca aspiré a eso y tampoco estaba preparada para ello. Si bien supongo que mis curvaturas ejercieron febril influencia, no es fácil sentirse perseguida. Así, mi inexperiencia hizo que rodara a la deriva entre tantos, entre muchos. En descargo diré que, en cada caso, me entregué con candidez a quien me trató con habilidad casi mágica, al que lo hizo con enorme frialdad, a quien derrochó torpeza y al que sintió miedo y se deshizo de mí como pudo. Desafortunadamente todos ellos siguieron un patrón semejante: el deseo efímero soportado en la vanidad y el afán de… ¿prestigio? ¡Qué sé yo lo que mueve a los hombres! Satisfacían sus anhelos, obtenían lo buscado y me botaban lejos. ¿Claudicar? Pensé hacerlo, pero presentía que tarde o temprano encontraría al hombre adecuado. Así fue. Después de sortear más obstáculos y barreras, se cruzó en mi camino y me atrapó. Me acercó a su pecho y me besó con ternura, no antes de revolcarse conmigo sobre la hierba. Fui feliz, al grado de sentir la euforia del ambiente, los rumores dichosos y la envidia de unos cuantos. Sin duda, un momento indescriptible y apasionado que tuvimos ocasión de repetir varias veces. Para mi desdicha, las historias así generalmente son vulneradas por la fatalidad y la desgracia. Esta no fue la excepción. Tras uno de nuestros lances, una sombra oscura se acercó a nosotros y después de un pitazo exigió: “Venga esa bola portero, acabó el juego”, y nos separó para siempre.

José Gutiérrez-Llama

*Cuento incluido en “Mínimos desvíos”, Endora Ediciones. México, 2012.