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Sopladora de Hojas: la seriedad de la diversión

¿Quién no ha pasado un día perdiendo el tiempo con los amigos intentando realizar una tarea extremadamente sencilla? De eso va Sopladora de Hojas (o una épica de lo cotidiano contado en 9 partes), la ópera prima de Alejandro Iglesias Mendizábal que se exhibe como parte del ciclo Talento Emergente en la Cineteca. Es una tragicomedia que transcurre en cualquier colonia tranquila de clase media de la Ciudad de México, donde Lucas (Fabrizio Santini), Mili (Francisco Rueda) y Rubén (Alejandro Guerrero), amigos de toda la vida, buscan las llaves de Lucas luego de que este se aventara a un montón de hojas en el parque.

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La historia abre con los tres amigos regresando de su partido de futbol, donde lamentan la muerte de su portero, René Higuita (en realidad es su amigo Martín Reyes, apodado así por su calidad). Quedan de verse para ir al velorio, no sin antes de que Rubén retara a Lucas a lanzarse al montón de hojas por diez pesos. Es entonces cuando vamos conociendo a los adolescentes con sus muy particulares problemas: Lucas tiene una novia controladora (un clásico mandilón), además de que no sabe perder, Mili está secretamente enamorado de su vecina, y es el más noble de los tres. Rubén, sin rumbo fijo, ha dejado la universiad sin avisar a sus padres, con una actitud de valemadrísmo absoluto. Cuando Lucas se da cuenta de que sus llaves no estan, convoca a sus amigos para que los ayuden a encontrarlas, y de paso hacen tiempo para llegar al velorio de Higuita. Sin embargo, en un excelente ejemplo de la procastinación típica de la adolescencia, en lugar de realmente ponerse a buscarlas inventan excusas y conciben ideas absurdas para facilitarse la tarea. Mientras todo esto pasa, cada uno se ve obligado a enfrentar su propio conflicto, además de vecinas locas, vagabundos místicos y el clásico y abusivo señor autoridad.

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La sencillez de la película es su gran fuerte. El guión usa el vocabulario promedio de cualquier adolescente mexicano sin ser demasiado vulgar, los lugares y el vestuario no son nada fuera de lo ordinario, y los diálogos son tan orgánicos como lo son las conversaciones entre cualquier grupo de amigos, tanto que a veces me da la sensación de que había mucho de improvisación entre los actores, cuya química es notable. En Sopladora de Hojas nos podemos identificar gracias a la naturalidad de sus secuencias, en las que todos nos hemos visto involucrados más de una vez: discusiones filosóficas absurdas, experimentos ociosos, la flojera para tomar decisiones, enzarzarse en juegos infantiles aunque ya se tengan todos los vicios de la adultez rescatando la frase de Nietzsche La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño, tan aplicable a los 11 que juegan en la cancha, y finalmente, la madurez para enfrentar de una vez nuestros problemas. A veces ganando, o a veces perdiendo, pero siempre creciendo. Divertida, amena, nostálgica, Sopladora de Hojas es una película recomendable, sobre todo si van a la renovada Cineteca, que en mi opinión, con su churrería, cafecito y bar, complementan la experiencia del cine independiente.

Por: Bernardo OV/ @bernaov