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Tirar a gol

Lola Beltrán para la Chivas o por qué nuestro cine necesita más futbol

El amor lo puede todo, reza aquel popular y almidonado dicho; para muchos de nosotros, la frase no es más que una serie de símbolos tan ambiguos que su significado se pierde entre los estantes de alguna tienda departamental, en forma de tarjeta con un diseño de muy mal gusto.

Sin embargo, en los años sesenta, México se tomaba muy en serio esta premisa. Imagine usted el escenario: 1966, Estadio Azteca. En las tribunas, una fiesta. ¿La razón? La historia épica de domingo por antonomasia: América-Chivas. Una “loca de sombrero de charro” –como le decía David Reynoso– se lleva toda la atención. Armada solo con una matraca y su voz, celebra como nadie los goles del conjunto tapatío. Algunos peldaños más abajo, el empedernido fanático de las cremas maldice aquellos gritos que caen como flechas del cielo, como si un omnipresente espíritu se mofara de su infortunio.

Esta es la secuencia inicial del filme Tirar a Gol, dirigido por Ícaro Cisneros, y que sirve a modo de presentación para los complejísimos roles protagónicos: Lola Beltrán ya entrada en sus años, con un par de hijos que casualmente juegan en la escuadra rojiblanca (lo hacen ver tan fácil…); y un David Reynoso, también ya entrado en años y con un hijo en el conjunto azulcrema.

La trama es simple: Por azares del destino este par de personajes se conocen y, tras hacer a un lado las rivalidades de sus respectivas aficiones, se enamoran. Y es que en un mundo como el del México de los sesenta, aceptarle un aventón a un desconocido y enamorarte de él mientras degustan un inocente helado era una situación tan cotidiana, que el cine no tenía problemas para generar un argumento de calibre verosímil con ella.

Cortázar decía que estar de acuerdo era la peor de las ilusiones, pero suponemos que la Gran Lola puede salvarse de incurrir en este pecado y jurarle amor eterno a su amante americanista, digo, ¿alguien ha escuchado su versión de Cruz de olvido? ¡Dios! A un alma así de rota se le perdona cualquier cosa.

Hablando en serio, Tirar a Gol no solo derritió los corazones de miles de espectadores que realmente salieron de la sala pensando en casarse con una chica del bando contrario; también significó la consagración de una rivalidad que hasta la fecha persiste en el imaginario colectivo del mexicano: Chivas y América, enemigos jurados por toda la eternidad.

Así funciona el cine. En las calles, un dato en el aire no pasa de ser un cuento de vecindad, un rumor que se pierde en el viento y en los chismorreos deformados de tu tía. En el cine absolutamente todo pasa a ser conocimiento general. Los grandes dueños de clubes sabían esto, por lo que las películas con grandes estrellas de futbol en su reparto jamás han sido ajenas a la filmografía nacional. El Club Chivas se lleva las palmas por su desfachatez, al producir dos títulos nada sugerentes: Chivas Rayadas y Los Fenómenos del Futbol, ambas con Antonio Espino “Clavillazo” y Salavador “Chava” Reyes como estelares.

En 1962, tras conseguir varios campeonatos, Manuel Muñoz Rodríguez dirigió Chivas Rayadas, un filme que pretendía aprovechar el prestigio del rebaño sagrado y en donde el estadio del campeonísimo fuese el protagonista. El resultado fue un homenaje al equipo que ya era un ícono del deporte en México. La trama… pues, habías una trama. Chava Reyes era presentado como el as del futbol, “Clavillazo” hacía de su hermano y aguador del equipo. Una rápida sinopsis: Una violenta Emily Cranz trata de sobornar al héroe para que pierda un juego, él se niega y es secuestrado. En el universo paralelo en el que es sencillo librarse de apostadores millonarios con muchas influencias, Chava escapa y junto a su hermano lucha por conseguir la victoria en la cancha. Sarita García, la abuelita de México, también hace una participación en la cinta como la entrañable Doña Pacha. Sí, eso llenaba las salas de cine (aún lo hace).

Su secuela, Los fenómenos del futbol, se estrenó en 1964, caracterizándose por su constancia en personajes y situaciones –de nuevo un soborno atemorizaba a “Clavillazo”–. Una increíblemente atractiva Kity de Hoyos le daba el toque “fresco” al filme.

Y, al parecer, así quedó sellado el futuro del futbol en el cine mexicano. Con el tiempo llegaron películas como El Chanfle, de Enrique Segoviano; Chido Guan: El Tacos de oro, de Alfonso Arau; o Futbol de Alcoba, de Javier Durán, que continuaban en la misma línea cómica que sus predecesoras. A lo mucho hubo un Atlético San Pancho, de Gustavo Loza, para hacer que todos los menores de 10 años lleváramos a nuestros padres hasta el cansancio por nuestro amor en esta cinta. Rudo y Cursi, de Carlos Cuarón, fue todo éxito en taquilla, pero solo gracias la combinación ganadora: Diego Luna y Gael García Bernal en una comedia ligera.

Un par de ejemplos más salen un poco mejor parados. Cómo no te voy a querer, de Víctor Avelar, propone una historia con menos carcajadas y más drama humano; por desgracia el resultado no logró ser sobresaliente. Ilusión Nacional, de Olallo Rubio, destaca por su formato documental y por ser un pretexto para revisar la historia del país, ofreciéndonos una conexión clara entre el desempeño de nuestra selección y la situación político-social en la nación.

Ubicándonos en el presente, México vive un buen momento para el cine. Muchos cineastas nacionales han comenzado a sobresalir por su claro deseo de romper con las temáticas y fórmulas establecidas por el ahora ya antaño “nuevo cine mexicano”. Sin embargo, la visión del futbol en el cine luce más bien estática. Pareciera que cuando hablamos de futbol, no estamos mas que contando un mal chiste. ¿Será porque así vemos a nuestro futbol, como un chiste? Muchos dirán: “Oh no, el futbol no es algo que deba tomarse en serio”. ¿En verdad? Porque toda actividad humana involucra sentimientos deseos y pasiones que no son más que otro rompecabezas del infinito drama humano. ¿Dónde está ese futbol en nuestro cine?

Desde un crudo retrato en Ciudade de Deus, de Fernando Meirelles; pasando por una ácida crítica en Bend It Like Beckham, de Gurinder Chadha; hasta el bizarro mundo de Shaolin Soccer, de Stephen Chow; el futbol es un universo infinito de emociones y perspectivas. Como el balón, el cine no debería rodar siempre por el mismo lado. ¿Quieren que la única historia que nuestra pasión favorita pueda contar sea una serenata de Lola Beltrán? El cine en México necesita futbol.

Por: Axel Huémac