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A Don Beto, y a Don Beto,
quienes literalmente murieron
a la espera de ver al Puebla
nuevamente en primera división,
a ellos con cariño.

Por: Arturo Molina

Hace tiempo que dejó de sentir melancolía al dar de vueltas por las calles de la colonia Nápoles: cada vez está más contaminada por edificios descomunales; las casas de hermosa arquitectura son compradas por grandes empresas inmobiliarias a un precio irrisible, las derrumban y cimientan horribles condominios homogéneos; los antiguos edificios, de no menor calidad arquitectónica y de amplios departamentos, son relegados por otros “modernizados”, con unos apartamentitos que poco les falta para parecerse a los japoneses.

Julián ya no sentía nostalgia al pasar por el que fuera su Jardín de niños: una nueva construcción amenazaba con desplazarlo. Ese kínder era el único de gobierno, o al menos que él conocía, que más bien parecía cobrar elevadas colegiaturas; era una bonita casa. Por el rumbo sólo le quedaba el Estadio Azul, testigo de su pasión futbolera; nunca fue seguidor del Cruz Azul ni del Atlante, pero en ese recinto presenció la mayor cantidad de partidos en su vida, desde que era el Estadio Azulgrana. Recordaba a Zague anotando goles de cabeza, a su papá y a su abuelo enojados por ver perder al Pueblita. El par de Don Betos eran oriundos de la ciudad del camote, Julián era ya más bien un chico chilango chido y le iba al ***; una cosa le quedaba clara, un consejo de vida de su abuelo: irle a todos menos al América. “Pobre del abuelito”, pensaba mientras rodeaba el estadio. Caminaba sobre la acera de la calle Maximino Ávila Camacho.

Subió los escalones de una de las puertas, una casi de frente a la Plaza de Toros, de donde sabía que el campo se veía perfectamente. El panorama no era nada irregular: cajas de cerveza apiladas en los pasillos, en la cancha unos rociadores de agua repartidos a lo extenso, un pequeño movimiento a lo lejos en las gradas de la portería contraria delataba a un señor de intendencia metido en su labor. Julián se distrajo un poco pensando en lo inútil de los rociadores pues se avecinaba una buena tormenta. Esta divagación le devolvió los pensamientos al bajo porcentaje de vida que le dieron a su abuelito la noche anterior: el quince por ciento sobre cien. Después de un infarto masivo su vida corría peligro, los doctores necesitaban salvarle uno a uno sus órganos.

Continuó caminando cual niño, con emoción, con nostalgia. Un chispazo de memoria lo remontó a algún día del año noventa y seis, al igual que aquel día que deambulaba por las calles del barrio se trataba de los primeros días de agosto. En ese momento sintió un golpe de la edad al pensar en recuerdos tan nítidos de hace ya veinte años. Ese día fue su primer beso, se lo dio su prima mientras jugaban a la casita; se sentía extraño, pero también emocionado, no sabía qué pensar. Su papá, abuelo y tíos se habían reunido en la casa de la calle Pennsylvania, horas antes del primer partido del Cruz Azul en su nueva sede. El juego sería nada más y nada menos que contra los súper Toros Neza y su generación dorada.

Parecía revivir cada instante: las mariposas en el estómago después del beso, el ingreso al estadio, el folleto que le entregaron en la entrada, uno donde venían las fotos de los equipos, folleto que conservó hasta los quince años. Recordaba también cómo le insistía a su papá Beto para que le comprara una bandera del Cruz Azul, ya llevaban dos goles y él creía que al menos podría festejar otros dos más con su banderola. Aunque su papá nunca supo lo del beso, ese día se la pasó diciendo que algo malo había hecho y fue su excusa para no comprarle nada. El abuelo Beto, siempre dándolo todo por su nieto predilecto, le regaló una banderita del Cruz Azul, con los colores azul, blanco y rojo, sostenida por un palito de madera.

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Julián se detuvo de golpe, sin darse cuenta ya le había dado la vuelta completa al estadio, pero no se detuvo por eso, sino por una carcajada intempestiva que le atacó al verse ahí, de diez años, feliz con bandera en mano, observando la llegada de algún delantero del Cruz Azul, un remate… y… ¡Gol!... Su bandera salió volando del palo de madera directito a la sección inferior del estadio. Volvió a botarse de la risa al imaginar su cara de tristeza o decepción por no poder celebrar el gol. Cuando dejó de reír soltó un suspiro, “qué día aquél”, pensó. Así tenía anécdotas, muchas más, como cuando ya iba a la cabecera visitante, siendo parte de la porra de su equipo y la salida la dedicaba a buscar chemos para golpearlos, aunque a veces a él le tocaban los trancazos. Ahora le daba vergüenza contar que había sido barrabrava.

No quería alejarse de ahí, de la puerta diecinueve, la melancolía lo ataba. Más a rastras que por ganas, Julián siguió por eje 6 rumbo a avenida Insurgentes, su papá aún no le llamaba para darle informes sobre su abuelo. Quería ganar tiempo yendo hacia el hospital. Se sentía con una energía especial, su abuelo Beto y él pasaron grandes momentos en ese estadio, días lluviosos y otros muy calurosos, juegos malísimos y otros épicos, como la final contra León y la faramallada de Hermosillo; gracias a Don Beto mayor, Julián tenía el armario lleno de todos los uniformes de la Liga Mexicana, así como banderas, banderines y demás curiosidades;

él fue quien le enseñó a amar el fútbol por su esencia más que por un color

cada vez que iban juntos, llevaban bandera y pañoleta de los dos equipos que se enfrentaban y al medio tiempo intercambiaban; celebraban los goles del equipo que les tocaba apoyar, Julián creció siendo un buen villamelón.

Esperando el paso para cruzar eje 6, observaba inciertamente los titulares de los diarios del puesto de la esquina; uno llamó su atención, era justamente una imagen aérea del estadio por el que acababa de pasar. Compró el periódico deportivo sin dudarlo. Con letras grandes de color amarillo se anunciaba la próxima demolición del otrora Azul, antes Azulgrana. Se llevó el diario al pecho como esperando ser parte de una broma; la tristeza lo embargaba. Comenzó a trotar lentamente y fue apretando el paso, su teléfono sonó repetidas veces, era su padre de seguro, pero Julián no detuvo su marcha. Necesitaba ver cuanto antes a su abuelito para que se lamentaran juntos, además, estaba convencido de no querer recibir más de una mala noticia el mismo día.

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