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¿A quién le vamos?

La primera vez que pisamos un estadio es inolvidable. Pasar un túnel y encontrarnos inmediatamente envueltos por un monstruo vivo y palpitante. Ser arrollados por una inmensidad que no imaginamos durante todas las transmisiones desde el sillón. Dejarse absorber por un ambiente tan intenso como fugaz.

Todo lo que envuelve el primer partido en vivo parece mágico. Las filas abarrotadas, los
colores, la llegada al estadio que aparece en el paisaje como un ente con voz propia. Están los que acaban de comprar la playera más reciente porque no pudieron con la emoción del
momento, los que portan orgullosamente el deslavado nombre de aquel jugador histórico o los que trajeron la vestimenta casual que más se asemejara a los colores de su equipo.  Todo se resume en pertenecer de cualquier forma a esta manada vibrante y entregada al espectáculo. Delegar nuestra confianza absoluta que gritaremos un gol en vivo, quizá más. Incluso, si es posible, veremos un gol histórico, un partido único. De esos que nos harán contarle a cualquiera que ese día nosotros estuvimos ahí, que nadie nos platicará cómo fue ni cómo se sintió.

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Y con el tiempo querremos revivir esa sensación. Volveremos a llenarnos el pecho de oxígeno cada vez que contemplemos la cancha y nos llenemos de ilusión por otros noventa minutos de nuestro equipo. Y aunque nos haya tocado una lluvia tormentosa, un sol penetrante o una goleada rival, nos acordamos de ese placer de estar ahí coreando los oles, aplaudiendo las jugadas y compartiendo la alegría junto al desconocido de las gradas que se vuelve nuestro amigo por unos instantes.

Esos momentos nos definen como aficionados. Los atesoramos y aunque cada torneo pueda haber decepciones, errores, ya meritos, petardos de jugadores en la cancha y derrotas sobre la mesa, o un sinfín de bombas de humo, no abandonamos. Porque nuestro equipo define un poco de lo que somos. O mucho, probablemente.

Cada quién sabe qué es lo que tiene tan ligado emocionalmente a su equipo. Pudo ser la
destreza de un jugador, el sagaz adoctrinamiento de algún pariente, una playera llamativa, las rachas ganadoras, conveniencia social, afinidad geográfica, postura política, venganza familiar y miles de razones posibles. Lo único cierto es que ahí estamos, pase lo que pase. Claro, siempre y cuando nuestro equipo exista.

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Cada vez es más común, por no decir menos sorpresivo, que los equipos en el futbol mexicano que han luchado durante años o incluso décadas por hacerse de un público que confíe en sus proyectos y en sus colores, se vea engullido por el sistema económico. Desde la profesionalización de nuestro balompié en 1943 hasta la fecha, hay listas interminables de franquicias que se mudaron, que se transformaron o que simplemente desaparecieron. En la búsqueda por mantenerse vivos dentro de un sistema tan exigente como volátil, cientos de equipos se pierden en el tiempo, algunos con todo y sus estrellas bordadas en el escudo.

Y las estadísticas simplemente borran el nombre y ponen otro. Mientras la Federación siga
recibiendo (o aumentando) los ingresos que contempla para sobrevivir sanamente, no importa cuántos equipos se pierdan de la noche a la mañana, incluyendo a los nuevos atletas desempleados esperando que les avisen sobre su futuro. Podrán alterar el formato de competencia cada torneo, disminuir o aumentar el número de equipos por división o incluso cortar de tajo el saludable y deportivo descenso. Ahí estaremos los que aún tenemos equipo, confiando en el nuevo refuerzo y deseando que esta vez haya más sonrisas que decepciones. Porque nuestra pasión va más allá de lo que hagan o deshagan los directivos en turno. Somos parte de esa tribu y nos reconocemos a través de esos colores.

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Como dijo Villoro: “querer cambiar de equipo es querer cambiar de infancia”. Y cada año

quedan menos afortunados que mantienen intacta su historia y su afecto incondicional. Porque hay quienes no cambian de equipo por elección sino porque su equipo fue el que cambió. Hay tantas cicatrices a lo largo de nuestra memoria futbolera, muchas similares y con diferentes nombres: Oro, Oaxtepec, Marte, Atlético Español, Toros Neza, Potosino, Veracruz, Irapuato, Colibríes, Tecos, La Piedad, Querétaro, San Luis, Jaguares, Indios, Lobos y ahora Monarcas. Varios volvieron con otros nombres a la misma ciudad, algunos otros reaparecieron en divisiones distintas. Y ni hablar de la lista interminable del Ascenso con tantas modificaciones semestrales de plazas y nombres.

Sin embargo, la historia queda en las camisetas, en los libros y en las fotografías. En el vívido recuerdo de algún fanático que gritó un gol rodeado de miles de desconocidos que, como él, acumulan remembranzas de un equipo que se fue y nunca volvió. Y lo lamentable de cada desaparición es que se lleva un trozo de cada aficionado. Parte de su historia, de sus recuerdos. Quizá podríamos recordar y reinterpretar aquella frase de George Steiner: “Cuando muere una lengua, muere una forma de ver el mundo.” ¿Será lo mismo con los equipos de futbol?

 

Por: Alan Holguín Hoffman

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