Adriancho volvió de casa de sus tíos. Pasa muchas de sus vacaciones o puentes con ellos, cuando no lo mandan a campamentos o lugares impronunciables. En la canchita les decimos Los Reyes Magos; aunque no los conocemos ni de vista, pero siempre llega con un motín como a algunos de la pandilla les tocaba de niños. Entre otras cosas –por no decir la única que nos importó– le regalaron una bocina chiquita, redonda, y que suena más fuerte que la voz de “El Gaaaaas”.

El bueno para esas cosas de tecnología es Andrés. Ayuda a acomodarle, prenderle, apagarle, o lo que sea que necesitan esos aparatos cuando son nuevos. Conecta el teléfono de Adriancho y la música se reproduce sola, nos cagamos de risa porque tiene puesta una de Lupita D´Alessio. Se pone rojo como playera del Toluca y se justifica diciendo que comparte la cuenta de Spotify con sus papás. Nadie le cree. Tania hace ademán de escoba, se alborota el cabello y dice que con ésas dan ganas de ponerse a trapear.

Ahora nos peleamos por saber quién elige la música, el celular de Adriancho recorre mano tras mano, dependiendo de quién consigue arrebatárselo al otro. Hasta Andrés, siempre el más recatado, se amontona para pedir rola. El Maragol es quien más veces lo tiene en sus manos por obvias razones, y eso que hace rato, cuando llegó Adriancho, estaba chingue y jode con que sus mamadas, vamos a jugar ya, pinches monos acá.

Nayeli rasguña a Mati, Yuyito le hace cosquillas a Naye, Maragol le mete un dormilón en la pierna a Mati, todos se le amontonan a Maragol, Adriancho se lo arrebata al Chacaltianguis antes de que se lo embolse, yo le pico las costillas a Adriancho, no me dura ni un segundo y otra vez Maragol ya lo trae. Nos empezamos a calentar, los puñetazos son más fuertes, los rasguños se entierran en la piel. Hasta que Tania nos grita a ver cabrones, le arrebata el celular al Chacaltianguis que otra vez ya se lo iba a clavar y no queda otra que estarnos quietos.

Pone una rola en inglés que no conozco. Algunos todavía jadeamos. Ahora sí a jugar, ya estuvo bueno, vuelve a gritar. Patea el balón hacia el cielo, nos organiza en dos equipos y que comience la reta. Nos vamos a turnar para cuidar el celular y la bocina: al que le toque elegirá la música que quiera y listo. Tú allá, tú para acá, ustedes dos de aquel lado.

Nos desquitamos de a poquito en el partido, pero al menos vamos calmándonos. Cada quien pone su cada cual. Al único que no dejamos solo con las cosas es al Chacaltianguis, que le toca compartir turno con Maragol.

Después de un choque con Andrés, cojeo como si hubiera quedado tocado del tobillo, quiero poner un par de rolitas. Nayeli se da tinta y aplica la misma, tras una barrida fallida contra el Maragol, se viene rengueando a la bocina y pide las suyas. De pronto ya somos seis en la banca y de nuevo nos comenzamos a picar porque no dejamos terminar la canción del otro, ya no solamente nos arrebatamos el celular sino también la bocina. Cuando la tengo yo le tapo la salida del audio y las manos me retumban, se ahogan los resoplidos del reggaetón.

Tania nos grita que estamos pendejos, que le paremos a nuestro desmadre, pero nada más la vemos, nadie le pone atención. El Maragol me la quita de un manotazo y se queda un rato con ella, quiere el teléfono para también poner una canción pero ya quién sabe dónde anda. Otra vez somos una bola de manotazos y hasta una que otra patada. Una mano, sabrá Maradios de quién, hace que la bocina salga volando fuera de la bolita. Yo la sigo con la mirada, siento como escena exageradamente lenta de película. Hace una u imaginaria al revés, hacia la nada, espero, en este milisegundo, que sea a prueba de chingadazos. Cierro los ojos porque no quiero pensar en el pobre de Adriancho.

Se escucha un aayy guango, como una voz desinflándose. El Chacaltianguis se tira al piso y amortigua la caída de la bocina. Mati y Yuyito corren hacia él. El bocinazo fue directo a su cabeza, pero en lugar de levantarlo, Yuyito lo patea y corre a levantar el celular de Adriancho, que salió volando en la caída. El Chacaltianguis, de no haber sido por el madrazo, se hubiera escapado con todo y celular.

Por: Arturo Molina

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