¿Quién diría que nos dirigimos al primer Municipio que tuvo un futbolista como Alcalde? Sí, Cuernabache, como dice mi primo: En la semana llegó un nuevo vecino al vecindario; las doñas en los lavaderos dicen que su familia tenía un chingo de dinero, pero por andar metido en la Polaka, y aliarse con una bola de ratas –como si no lo fueran todos–, su papá perdió los ahorros. Como sabemos, los barrios son los exilios sociales de la gente que tenía biyeye.

Contrario a los que creímos, Charly es a toda madre. Tiene sus palabrerías fresas y chistes medio malos, pero desde que le cayó a la Unidad, se dio a la tarea de conectar a la pandilla –movido el muchacho. Echamos una reta de fut y resultó ser un chingonazo para el mediocampo; el Yuyito luegoluego le echó sus piropos pamboleros y el Maragol se lo agarró como de nuevo enemigo, estuvo tan concentrado en demostrar su odio adquirido por el compa, que ni siquiera me insultó y hasta me escogió para su equipo ¡Sí!, el pinche Maragol me eligió pa jugar con él… esto puede provocar un choque de universos.

Pos el buen Charly nos invitó a un “Cuernavacazo, güe” con los cuates de su Prepa, o, mejor dicho, de su antigua escuela, porque ahora no hay para colegiatura y le tendrá que entrar a una pública. Este carnal iba en la Prepa de la Ibero y nomás porque sí, sus amigos se van a ir a pasarla “riqui, con unas cheluquis, rey”, en una casa de descanso de uno de ellos –de sus padres, claro, así la cosa, ¿ves?

El chingado Maragol, con todo y sus berrinches y odio profesado, bien calladito aceptó porque Charly nos aclaró: “ustedes no ponen nada, mis reyes, mis broders de la casa disparan”. Sólo nos conminó a conseguir una “buena nave” pa llegar, e hizo una colecta entre la bandita para las casetas; nadie dudó para poner y en un rato se armó la vaquita.

Ya es sábado y ahora sí, a pensar en la piscinita, en las “cheliucs, paps”, el sol y la carne asada que nos esperan. Conseguimos dos coches, el del carnal de Mati y el del papá de Yuyito, que le lloró para que aflojara… y aflojó.

Ya salimos de la autopista y, según Charly, en unos diez minutos estaremos en la casa. Venimos casi todos: en el Vochito estamos Mati, su hermano –quien puso de condición para prestar el auto que también lo invitaran –, Charly, Andrés, Adriancho y yo –tampoco sé cómo rayos hicimos para entrar, pero ya tengo una pierna dormida, la otra muerta y el codo de Andrés recargado estratégicamente en mis costillas–; en el Tsuru van Yuyito, Maragol, Joseco –quien de seguro les va contando chismes sobre Cuauhtémoc Blanco –, Nayeli y un primo suyo que a todos nos cae re bien.

Vamos siguiendo a una camioneta Duster y a un Audi que a ratos se nos separaban, en la
autopista, para hacer gala de sus rines nuevos. “Estos autos vuelan, ¿ves?”. Yo nunca he usado otro transporte que mi vieja, confiable y eficaz bicicleta cuatro por cuatro dieciséis. La casa, una muy grande, se puede ver desde lejos. ¡Hemos llegado!

Más o menos lo que me esperaba: casa como la de la película Déficit, del charolastra Gael, pero con el jardín no tan extenso, pero lo suficientemente grande pa echar la cascarita. Bajan todo el huateque de los autos, yo me acerco un rato a la piscina y remojo la mano en el agua. Cuánta energía o relajación nos puede proporcionar el agüita, como un partido de futbol, que puede pasar desapercibido e incluso aburrir, o encender las pasiones y desbordar hasta en una trifulca.

Entre chelas y cigarros –y también de los prohibidos– perdemos un buen rato, tiempo también en que se prepara la parrillita. Los cuates éstos no son de mi agrado, son engreídos y cuentan chistes pesados, de nacos y fresas en donde el naco se lleva la peor parte, pero, ¿a quién le dan pan que llore? Proponemos una reta entre los Ibero y los del barrio.

Todo comienza tranquilo, las chelas se siguen destapando entre una jugada y otra, el Maragol se pone un poco pesado porque a Charly le toca con nosotros para quedar exactos. Le pega encabronadamente al balón con toda intención de reventarlo en la cara o estómago del portero, uno con camisa tipo polo, de piel blanca que con los alcoholes se ha convertido en una más bien rosa.

Enojado, el portero-rosa se le barre, ya sin la pelota, al Maragol, quien se levanta, aunque cojeando, y deja caer su puño izquierdo sobre los cachetes sonrosados del arquero. Esto desata una campal tremenda, Charly no sabe qué hacer, está en medio del desmadre. Le reviento una botella en la cabeza a uno de ellos, a nosotros también nos tocan cocolazos; parecemos una burda escena de nuevo cine mexicano repetida una y otra vez: los pobres contra los ricos. ¡Churrazo!

Al final nos cansamos y Charly nos separa de a poco. Sin que nos digan nada ponemos unas chelas en las cajuelas y nos regresamos pal barrio, degustando cervezas malhabidas, el botín de guerra. Lo repito, a veces el futbol puede desbordar las pasiones más estúpidas y sin sentido. Salud.

Por: Arturo Molina

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