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Día de muertos: historias de balones y calaveras

Noches, noches especiales y de viento amable, el aroma huele a parafina y a flores de cempasúchil, la oscuridad gobierna el territorio de la Liga Mx, es tarde ya, pues el sol se ha ido a dormir. Definitivamente es una noche especial, no me queda más que perder mi mirada a través de la ventana que da hacia una vieja calle que a veces los niños usan para emular el Estadio Azteca con dos piedras y un poco de imaginación.

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No me queda más que mirar nostálgico mi singular y curioso altar de muertos con la ofrenda rebosante de coloridas frutas, bebidas alcohólicas que los muertos esperan ansiosos por degustar, después de todo es un largo recorrido desde el Mictlán. El aire es marcado por veladoras que muestran el sendero, pétalos que develan la luz en un mundo de tinieblas.

En la cima de aquel altar de siete niveles (que no necesariamente muestra el sub mundo de las divisiones de ascenso) se encuentra una calaverita de azúcar junto a un balón. Es que dicen las malas lenguas que a la muerte también le apasiona el futbol, que a pesar de ser percibida como un ente de cuencas vacías y tez pálida, posee en su mundo un sinfín de ases que en otra vida derrocharon talento en las canchas del mundo de los vivos. En ese instante vuelvo a suspirar y mi mano toma una foto del altar, en ese momento todo mi entorno se vuelve sepia y puedo ver al dueño de aquel retrato.

Si, efectivamente, mis ojos no se equivocan, es Mané Garrincha, el astro brasileño de torcidas piernas, mismas que no temblaron e hicieron pedazos a las defensas del Mundial de Chile 1962, de cañón potente y sonrisa gentil, a su lado aparece trotando con su ondulada melena y su genial barba el doctor Sócrates, amigo íntimo de la huesuda, ya que le cumplió el deseo de partir de este mundo un domingo y con el Corinthians campeón. Es que al igual que la muerte, el balón siempre rueda y al final acabamos siguiendo ese camino que emana flores y destila recuerdos. No importa si eres brasileño, mexicano o jugaste para el Liverpool FC.

En el nivel de arriba se encuentra el genial Bobby Moore, sosteniendo un escudo grabado con martillo y en su otra mano la copa Jules Rimet, sonriente, feliz, en ese onírico mundo copado de maestros del balón, reyes de antaño capaces de dar cátedra a quien sea. Al parecer es el nivel del mundial de 1966. Me percato de eso porque también aparecen Lev Yashin y Eusebio. Me encuentro desconcertado, ¿acaso estoy siendo víctima de un sueño? ¿Es esto real?

La verdad es que sí, lo es, porque los títulos difícilmente se olvidan, las aficiones en cualquier parte del mundo evocan las grandes hazañas de sus héroes, de sus caudillos y de sus estrategas. Es que hay personajes que difícilmente podemos olvidar, que dejaron una escuela y huella en todo un país, como el míster Don Luis Aragonés, orgullo de los colchoneros. Generador de todo un estilo, ganador de una euro y del corazón de la furia roja.

Aunque son orgullosamente mexicanas, de corazón azteca, las calaveritas de azúcar no tienen nacionalidad ni jersey de algún equipo en particular, tampoco conocen de Liga de Ascenso o Primera División, de la A o de la B, sencillamente son universales y a todos nos muestran sus chuecas sonrisas.

En pocas palabras es un mundo fantástico, donde no hay descensos ni rondas previas, todos clasifican y todos disfrutan del futbol. También puedo ver a un grupo de jugadores con un jersey verde que alzan eufóricos el trofeo de la Copa Sudamericana, al parecer compraron su boleto a este mundo cuando pensaron que jugarían una final y tomaron un vuelo que partió rumbo a las estrellas.

En uno de los últimos peldaños hay tequila y algunas calaveritas de azúcar con nombres grabados, la primera inscripción parece ser de chocolate y el nombre escrito en ella es “Raúl Cárdenas” personaje que aun ríe de haber festejado un gol de la maquina cuando dirigía al América. La siguiente calaverita está hecha de amaranto y pertenece a Don Horacio Casarín, jugador de otra época, de blanco y negro, del barrio que porta orgulloso un jersey deslavado que el tiempo se ha encargado de difuminar cual fotografía antigua, un jersey que a pesar de los pesares sigue siendo azulgrana.

Pablo Larios y sus lances temerarios también deleitan a los espectadores que moran en este viejo barrio, donde las cascaritas se juegan sin límite de tiempo, sin gol gana, con tribunas infinitas y canchas más largas que las de súper campeones. Equipos rivales donde el capitán puede ser Alcides Ghiggia y escoger a José Luis Brown mientras el otro capitán es Obdulio Varela y se la juega con Miguel Marín y Cesáreo Victorino. Los técnicos de aquel encuentro son Enzo Bearzot y Cesare Maldini.

Esta es la magia del día de los muertos, es lo que se obtiene cuando se mezcla un poco de la tradición mexicana, donde el papel picado forma coloridas figuras esféricas y los recuerdos evocan cánticos de aficiones que los difuntos vuelven a escuchar cuando cruzan por un día al mundo de los vivos.

Un mundo de oscuridad que se ilumina con el fuego del recuerdo, tal vez de un gol, de una hazaña o de una atajada que en su momento nos hizo vibrar de emoción y cantar de alegría. Este es el mundo de los muertos, abismal e infinito, un poco tenebroso y oscuro, lleno de viejas memorias, pero siempre iluminado por los recuerdos que nos dejan aquellos que ya juegan en la mejor división de todas, una división donde los descensos no nos atemorizan, donde los triunfos valen más que tres puntos.

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Por: Carlos Silva / @SAGA0003

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