Perfiles

Enrique Borja: leyenda azulcrema

“Y yo soy Enrique Borja”, era una de las frases más comunes del ‘Chavo del 8‘ cuando jugaba futbol con sus amigos. Por esos días, Enrique Borja era el nombre más sonado del futbol mexicano, uno que hizo historia con el América y terminó su carrera de la mejor manera posible. 

Los comienzos de Enrique Borja

El Cyrano nació el 30 de diciembre de 1945 en la colonia San Rafael, en la Ciudad de México. Desde pequeño fue muy aficionado al deporte, y el sueño de ser un jugador profesional comenzó a crecer en él. Nunca dejó el balompié. En cada escuela jugó en un equipo hasta que en la preparatoria logró unirse a un conjunto que participó en un torneo en San Luis Potosí.

Su capacidad, juventud y talento lo llevaron a ser llamado a las fuerzas básicas de los Pumas de la Universidad, con los que debutó en 1964 en un encuentro donde los del Pedregal terminaron goleados. Aun así, él tenía claro algo: el hambre deportiva era lo más importante; sus ambiciones, sus ideales y sus ganas de gloria lo impulsaron a mejorar día con día.

Fue por ello que, con tan solo dos años como profesional, logró hacer su debut en la Copa del Mundo 1966. En muy poco tiempo ya estaba en uno de los eventos deportivos más importantes, así que en cada entrenamiento dió todo de sí para que no se quedara en un viaje más, si no que fuera el torneo donde participara, donde pudiera destacar. Su actitud, ya como algo común que la gente veía en él, fue notada por el director técnico Nacho Trelles, quien decidió hacerle el sueño realidad. 

Su primera Copa del Mundo: Inglaterra 1966

13 de julio de 1966. Jornada uno de la Copa Mundial de Inglaterra 1966. Francia y México se fueron sin hacer daño en el marcador. El joven Borja salió en el cuadro titular del tricolor. Las ansias y la desesperación fueron aumentando, ¿quién no quería marcar un gol en su primer partido en un Mundial? Pero hay que ser pacientes, saber leer el partido, ver los movimientos de los defensores, la debilidad del portero; hay que estar en todos lados.

Ya con el encuentro estudiado, Borja saltó a la cancha para disputar los segundos 45 minutos. Tan solo a los tres minutos se quedó con un rebote dentro del área y con una media vuelta puso adelante al conjunto azteca. Desgraciadamente la felicidad no duró mucho. Gérad Hausser disparó desde fuera del área y, después de un golpe en el poste, entabló el partido.

Las cosas no mejoraron en los partidos posteriores. Una dolorosa derrota contra el anfitrión y un empate más ante Uruguay dejaron al tricolor en la tercera posición, lo que lo dejó sin posibilidades de avanzar a la siguiente ronda.

La salida de Pumas y la llegada al América

De regreso en México su progreso fue notable. Su reputación como goleador se fue acentuando, y los ojos de propios y extraños volteaban a ver al talentoso mexicano. Los Pumas de la UNAM comenzaron a recibir ofertas de todos los equipos y, aunque Enrique Borja quería permanecer como universitario, terminó saliendo del club debido a que la directiva no pudo financiar el aumento de sueldo que pedía el futbolista. Fue por ello que comenzaron a buscarle cupo en alguna otra institución, aunque no tuvieron que buscar  muy lejos. Desde Coapa comenzaron a dar ofertas por el jugador, todo sin que él supiera que lo estaban transfiriendo.

Mientras las negociaciones avanzaban, Borja pensaba que lo que se estaban haciendo las personas de pantalón largo era finiquitar los detalles del alargamiento de su estadía. Así que cuando le notificaron que su destino sería el ‘nido’, su reacción no fue la mejor. Su enojo fue tal que buscó hablar con el mismísimo titular del poder Ejecutivo, Gustavo Díaz Ordaz, para tratar de evitar que pasara. 

“Díaz Ordaz habló con el rector Javier Barros Sierra. Sin embargo, no pudo hacer nada; me tenía que ir al América. Lo que sí conseguí es que mandara una iniciativa de ley para que los jugadores recibieran dinero por los traspasos de venta”. Enrique Borja.

Habló con los directivos, expresó su dolor sobre cómo se estaban llevando las circunstancias; él no era un artículo más, era una persona a la que se le debía dar su lugar. Pero las cosas ya estaban hechas, su cupo no estaba en la universidad, así que tenía que irse de cara al siguiente torneo.

La temporada 1969-1970 fue un nuevo inicio para él. Aunque las cosas no comenzaron como él hubiera querido, este era el inicio de uno de los mejores momentos en su carrera, uno que lo llevó a ser el ídolo de las masas.

La química entre los jugadores fue muy buena desde el inicio. Las exigencias y la presión que se le atribuyó a toda la plantilla fue una motivación más para cada uno de los jugadores. En cada partido tuvieron el estadio a la máxima capacidad, en cada duelo eran los favoritos y tenían la oportunidad de demostrar que podían ser el club más grande de México.

Su debut como azulcrema se dió hasta la jornada seis, en el partido más importante para cualquier americanista: el clásico de clásicos. Aun así y, lamentablemente para él, las cosas no salieron nada bien para los capitalinos, y terminaron con una derrota de 1-3. A pesar del resultado, Borja no se dió por vencido. 

La Copa del Mundo México 1970: la oportunidad de triunfar en casa

En medio de esta aventura llegó el Mundial de México 1970, donde tuvo la oportunidad de ser convocado. Su llegada fue difícil, pero el apoyo del público fue lo que permitió que quedara en la lista final. Sin embargo, las cosas no fueron las mejores.

Enrique Borja era, sin duda, el futbolista al que más quería ver la afición, pero en el debut del conjunto local apenas vio unos minutos de juego. Para el segundo partido no tuvo actividad; en el tercero de nuevo solo tuvo sobras y, finalmente contra Italia, su participación no fue de mucha ayuda, pues el partido ya estaba perdido.

Su forma de juego, sus goles y su entrega fueron enamorando a la afición. Él solo llenaba estadios; él solo unía a la gente. Todo se vió reflejado cuando se convirtió en jugador histórico. Su conexión con el balón le permitió convertirse en el único tricampeón de goleo americanista en torneos largos.

El Cyrano comenzó la hazaña en la temporada 1970-1971, con su peor marca de las tres campañas anotando apenas 20 goles. La siguiente temporada mostró un avance, y de nuevo se colocó como el mejor matador con 26 goles. Finalmente, para 1972-1973, cerró su ciclo con 24 dianas.

Sus campañas dejaron que el público lo aclamara en cada encuentro. El estadio se entregó a él en cada partido, todos cantaban al unísono “¡Borja, Borja, Borja!”. Su popularidad lo llevó al punto de ser homenajeado en la televisión mexicana, siendo mencionado en repetidas ocasiones en el famoso programa “el Chavo del 8”. 

Nadie podía compararse a él durante esas tres campañas, era, sin duda alguna, el mejor delantero del momento. Pero todo lo que sube tiene que bajar. Poco a poco la edad fue reclamando su puesto, el olfato goleador fue bajando al igual que el rendimiento, y la titularidad se veía cada vez en más peligro.

La llegada de Raúl Cárdenas al nido terminó de finiquitarlo. La titularidad se perdió, y la esperanza de regresar a un Mundial más se veía cada vez más lejos, por lo que el mexicano decidió darle fin a su carrera. Pero tenía que ser especial.

Durante su paso por Coapa el mexicano nunca pudo anotarle a los Pumas, y justo el 18 de septiembre iban a enfrentarse. Por ello acudió con Emilio Azcárraga. Le expresó que quería terminar su carrera y él sentía que lo único que le faltaba era un tanto a los universitarios.

Así que Azcárraga le dió la oportunidad. Para ese día faltaban dos meses, y en esos dos meses Borja solo pensó en una cosa: su gol a los Pumas. Su preparación fue solo para eso, ese era el acto final en una obra majestuosa.

El partido llegó y en tan solo cinco minutos pudo lograr su objetivo, con un remate de cabeza, ya con el portero vencido, Borja puso adelante al América, y de ahí todo fue felicidad. Más adelante pudo cerrar con broche de oro, marcando el doblete.

Fue así que la historia de Enrique Borja como jugador profesional terminó. Después de 168 goles, de su paso con la selección, de su hacer la diferencia para sus compañeros, y de cautivar a todo México, por fin el hombre se puso a un lado para dar paso a la leyenda. 

Lee más: Luis Hernández: el matador azteca

Por: Miguel Bustamante

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