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Extraños y hermanos

Era tan bella (nos parece ahora)
esa ciudad que odiábamos y nunca
volverá a su lugar.
Hoy una cicatriz parte su cuerpo.
Jamás podrá borrarse. Siempre estará
dividiéndolo todo, el terremoto.
(Miro la tierra: poemas 1983-1986
José Emilio Pacheco).

Han pasado ya tres días desde esa fatídica tarde, el 19 de septiembre que era recuerdo ahora trastoca el presente. El tiempo sigue su marcha, más no así los pensares y sentires que tercos se anclaban en el instante donde todo pareció detenerse e irónicamente todo se movió aún más.

Desde ese martes en que la tierra rugió, y entre estruendos cimbró, el pueblo, a pesar del miedo del que fue presa, ha logrado hacerle frente. Es así que entre gritos, silencios, miradas y manos; el colectivo cargó, escarbó y buscó entre lo que dejó de ser.

Es viernes, y como si de una extensión de la tierra se tratase, el cielo se ha transformado. Ese azul que se extendía más allá del horizonte se ve ahora envuelto por el grisáceo de las nubes que se yuxtaponen entre sí y no dan cabida a que algún rayo del astro rey se asome.

Las manecillas dictan las siete de la tarde con tres minutos. El telón de la noche de a poco abraza lo que toca. Cuerpos cansados, polvo que inevitablemente se impregna a la piel, ojos donde la mezcolanza entre tristeza y esperanza convergen. El frío comienza a carcomer ya la temperatura, más no así la voluntad de aquéllos que entre extraños se reconocen como hijos, padres, hermanos.

Pareciera estar escrito en el guion que la melancolía se transfigurase en la cascada que cae de las nubes, más ésta no golpea, sino que acaricia. Calmados y azorados nos encontramos todos, la paciencia ha resultado crucial en estos momentos, donde el tiempo realmente resulta vital.

La lluvia sigue purificando los estragos del caos. Son las ocho y cuarto, hay cambio de guardia. Cuerpos y mentes un poco más descansadas relevan a quienes aunque no queramos admitirlo, también lo necesitamos.

Los campamentos que se organizaron espontáneamente sirvieron para recuperar energías, porque es claro que las ganas sobran. Tamales, atole, café, pan; entre eso y charlas se comparte con quien no conoces.

El siguiente contingente estaba ya dispuesto a continuar con la consigna, sin embargo la lluvia desahogó lo que alma no podía y desbordó. Por lo que la labor de rescate tuvo que detenerse, pues resultaría peligroso el intentar continuar.

Tan rara es la vida, que alguien por ahí sacó un balón de futbol. Sin titubear me levanto, me acerco y recibo un pase. Parecía que la lluvia marcaba el pitazo inicial. Y, como por reflejo, otras cuatro personas más se acercaron.

Cascos separados entre sí por tres pasos, ya había portería. Ocupamos apenas un espacio entre la calle para hacer de ella la cancha. El alumbrado público se antepuso a la sacudida y aún en pie nos dejaba mirar lo que había a nuestro alrededor y, por supuesto, a la caprichosa.

Botas, chalecos y chamarras era nuestro uniforme. Las gotas eran constantes, pero eso no impidió que el balón pudiese rodar. El contingente que estaba ahí se contagió; aplausos, silbidos, el grito de “¡Gol”! no faltó. De hecho, no sé cuántas veces el balón cruzó la improvisada portería, pero sí tengo claro que por unos instantes, al menos por unos minutos fuimos capaces de dejarnos llevar.

Sin más, el cielo dejó de mojar, el silbatazo final. Los pies que pateaban ahora ya caminaban para recorrer los pasos que alguien dio horas y días antes. Las manos que antes tomaron el balón, seguirían cargando el dolor que dejó la hermosa e incomprensible naturaleza.

De pronto, los rescatistas alzan el puño derecho, el silencio atronador se vuelve unánime.

  • “¡Está aquí, hay alguien aquí!”, grita uno de ellos.

Se sumerge entre el poco concreto que queda y se abre paso.

  • “¡Está viva! Tranquila, ya estás a salvo”, le replica a la niña de aproximadamente 12 años.

El silencio pactado se rompe por completo y la catarsis toma tintes de festejos, alegría, clamor por la vida que no se acabó, la tribu que no se deja vencer se abraza. Y entre los brazos del rescatista se asoma el rostro de una niña que con sus lágrimas pareciera limpiar no solo el polvo sino el miedo, la muerte.

Esa secundaria prácticamente está en ruinas, pero lo inimaginable siempre es una posibilidad. Al menos en esos instantes no hubo por quién llorar, irremediables sonrisas por los que aún están a pesar de…

La noche será larga, pero qué más da si aún hay mucho por hacer. Solo espero que todo este sentir no se disipe con el paso del tiempo. Pues a veces sucede que nuestra memoria es corta y termina por olvidar que somos algo más que completos extraños.

Por: Ricardo Olín García / @ricardo_olin

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