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La promesa de Pelé

Un niño de nueve años jugaba a la pelota con sus demás amigos, despreocupados de la vida, disfrutando cada instante, de pronto, un llamado a ese niño que lo toma por sorpresa para que entre a la casa. Pero no es cualquier día, es el 16 de julio de 1950.

– Dico, adentro ya, que va a empezar la final.
– ¿Qué final, pá?
– ¿Cómo que “qué final? ¿No escuchas los festejos? La final de la Copa del Mundo: Brasil contra Uruguay.
– ¿Dónde juegan?
– En el Maracaná, en Río, el estadio más grande del mundo…
– ¿Y qué festejamos, pá?
Que vamos a ganar.

Horas después, el pequeño Dico se encontraba observando cómo su papá tenía el
rostro lleno de lágrimas como otras personas que se encontraban frente a esa radio en
donde habían escuchado el partido. Sin saberlo ese pequeño había presenciado la derrota más grande en la historia de Brasil: el Maracanazo.

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¿Qué pasa, papá?

Perdimos Dico…-dice entre llanto, como avergonzado-. Perdimos 2 a 1.

Fue la primera vez que el niño vio llorar a su papá, Dondinho. Por lo que muy seguro de sí le comentó:

-No llore, papá. Yo voy a ganar una Copa del Mundo para usted, se lo prometo.

Ocho años después, ese pequeño al que llamaban Dico, se le comenzó a nombrar “Pelé”. Mismos ocho años en los que tras aquella promesa a su papá, se convirtió en campeón del mundo en el Mundial de Suecia 1958.

Según la Real Academia Española, una promesa es: “una expresión de la voluntad de dar a alguien o hacer por él algo”. Pelé a sus nueve años de edad probablemente no sabía tal
significado conceptual, sin embargo, llevó sus palabras al acto en la primera oportunidad
que tuvo de jugar un Mundial.

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Tal vez pueda ser que se piense que una promesa de esa magnitud a esa edad fue ̈solo un

decir ̈ para intentar calmar al padre, pero si pensamos en la literalidad de las palabras, y en el psicoanálisis, hay que tener en cuenta que Pelé ganó tres mundiales en su carrera. Además de considerar que, durante la infancia, el valor de las palabras va tomando un sentido de vida mientras se va creciendo, algo que terminó proyectando hacia afuera y ante la vista de los demás y claro, hacia su padre.

No sé si el lector se pueda llegar a imaginar el impacto emocional que tuvo en Pelé ver a
su padre llorar por primera vez, evento traumático de por vida, pero de alguna u otra
manera este chico pudo sobrellevar aquella situación e hizo uno de los actos de
sublimación más históricos en el balompié mundial.

 

Por: Daniel Cisneros /@dany10cisneros

 

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