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Pablo Escobar

La Copa Libertadores de 1989 reafirmó algo que, para ese momento, todo Latinoamérica sabía: el Atlético Nacional era el equipo más temido del continente. Enfrentar al cuadro colombiano era una derrota segura, pero no precisamente por su plantilla. Detrás de ellos se encontraba la principal cabeza criminal de Colombia, un ser que era buscado por Estados Unidos y conocido internacionalmente: Pablo Emilio Escobar Gaviria.

Antecedente

¿Pero cómo es que el narcotraficante más popular del momento llegó a un equipo de futbol? Todo se remonta a 1989. Estados Unidos y Colombia firmaron un tratado que le permitía a los estadounidenses el poder juzgar a los traficantes en sus tribunales y, si eran culpables, que permanecieran en cárceles federales. ¿Por qué ambas naciones tenían que llegar hasta este extremo? Las calles estadounidenses estaban fuera de control. 

El culpable era Pablo Escobar, su dominio basado en la ley “Plata o plomo” le estaban dejando una gran fortuna, siendo el mercado estadounidense su mayor consumidor. La llegada del acuerdo le significó caer en las manos de uno de sus peores enemigos, así que decidió movilizarse.

Al inicio comenzó con lo que consideraba básico: sobornar a los políticos, cuando no funcionó, él mismo se presentó en la Cámara de Representantes para poder dar marcha atrás al pacto. No lo consiguió. Este fue el peor resultado para el país, el «Patrón” estaba molesto, estaba herido y alguien tenía que pagar. Las calles se tiñeron de rojo, y el principal atentado fue contra el ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla, quien, para Escobar, fue el culpable de la catástrofe.

“La guerra contra el narcotráfico en Colombia inició la noche del 30 de abril de 1984, cuando sicarios contratados por mi padre asesinaron en Bogotá al ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla. En respuesta a semejante desafío, el entonces presidente Belisario Betancur ordenó perseguir sin tregua a los capos de los carteles de la droga de Cali y Medellín, al tiempo que anunció la aplicación inmediata de la extradición a Estados Unidos», fragmento del libro Pablo Escobar, in fraganti. Lo que mi padre nunca me contóescrito por Sebastián Marroquín (antes Juan Pablo Escobar).

Una manera de comenzar de nuevo

Pero la violencia solo puede causar dos cosas: o haces que la gente se someta por miedo, o los vuelves en detractores y enemigos que conspiran en tu contra. Esto era lo último que necesitaba. Pablo Escobar era considerado un héroe por parte de la población, pues construía carreteras, escuelas y canchas del deporte más popular del mundo: el futbol. Dato curioso, gracias a estos terrenos de juego podemos disfrutar de estrellas como Leonel Álvarez o Edwin Carmona.

En fin, Escobar buscaba recuperar el carisma de la población, tal vez con ello pudiera dar marcha atrás al tema que tanto le preocupaba, pero, ¿cómo poder limpiar su manchada imagen? La respuesta se le había presentado años atrás.

En 1979 el club Unión Magdalena de Santa Marta fue salvado de la quiebra por los hermanos y traficantes de marihuana, Dávila Armenta. De igual manera, Fernando Carrillo, cuyo negocio se basaba en la cocaína, se unió al Independiente de Santa Fe. ¿Acaso era este su momento? Es decir, Pablo Escobar siempre fue un apasionado del balompié, y ahora tenía la oportunidad de ligarlo con sus intereses.

Pero si decidiera invertir en una institución deportiva, ¿cuál sería la ideal para iniciar su nuevo reinado?, ¿dónde podría comenzar la nueva guerra? La respuesta fue obvia, tenía que ser en casa. Medellín era su cuartel, ahí tenía a su gente, a los que lo amaban por sobre todo, vamos, hasta la gente le rogaba a Dios para que le diera más vida.

Entre colores

Por suerte o destino, en la ciudad de la eterna primavera existían dos equipos: El Atlético Nacional y el Deportivo Independiente de Medellín. El capo era seguidor del Independiente, así que los negocios y el amor se reunieron en el club, pero Escobar era analítico y está decisión era vital. No se trataba de dejar ir el corazón, se trataba de lograr el cariño de todo un país.

Para este objetivo tenía que elegir al Nacional, el cual era el equipo más amado del país y claro, de Medellín. Así que, ya con sus objetivos claros, comenzó a inyectar cantidades indiscriminadas de dinero y los Verdolagas comenzaron a hacer temblar a la liga con refuerzos de lujo. Aunque también hizo lo propio con el Independiente, aunque no con tanta fuerza. 

Pero el comenzar a tener a equipos de futbol en su nómina no fue solo por el amor al deporte o para tratar de mejorar su imagen. No, no, no, la integración de los planteles le ayudó con una cosa más: lavar su dinero. Básicamente mató tres pájaros de una tiro.

Al frente de ambos equipos tuvieron que llegar gente de confianza para Escobar, y por ello Pablo Correa y Héctor Meza fueron los elegidos para el Independiente, mientras que la familia Botero Moreno, gran responsable al éxito de el “Patrón”, se encargó del Atlético

Su objetivo tuvo frutos. La gente comenzó a verlo con diferentes ojos, ¿y cómo no? Estaba dando mantenimiento a Medellín, les daba lugares para practicar su deporte favorito, les entregó a un equipo competitivo. Pan y circo. Mientras todos festejaban las calles eran contaminadas con droga, los balazos eran comunes, y no de personas ebrias que querían festejar un triunfo, sino de ajustes de cuentas, mismos eran comunes por esos días. Escobar acorraló al gobierno. Tenía a la gente de su lado, y si algún político decidía negarse, terminaba en una bolsa. 

Una sola voluntad

¿Pero por qué los futbolistas accedieron a jugar en los equipos que eran manejados por los carteles? La respuesta es sencilla, y no, no fue miedo, fue algo más sencillo: dinero. Sicarios o el mismísimo Escobar se presentaron ante los jugadores para hacerles saber sus  ofertas. Casas, carros, fortuna, protección, eran las cosas que ofertaba con tal de sumar a la plantilla a personajes de calidad.

Entre las personas implicadas se encuentra Cesar Luis Menotti, entonces técnico del Barcelona, fue uno de los intereses de Pablo. Para poder conversar con él, Escobar envió a gente que lo llevó del Camp Nou al aeropuerto para tomar un vuelo hacia Medellín. El «Flaco” se negó en primera instancia, pero nadie le decía que no a Pablo, así que al final terminó en Colombia. Ya en presencia de Escobar comenzó la plática, en la que el capo le mostró su interés para que se convirtiera en timonel del Nacional.

“Este papel que le coloco aquí es para que usted ponga la cifra que usted quiera, porque quiero que usted dirija a Atlético Nacional”. Pablo Escobar.

Menotti rechazó su oferta y, gracias a que ambos platicaron sobre su pasión por el futbol y sus sueños, Escobar entendió que no iba a ser posible traerlo ahora, pero le dejó la oferta abierta.

Sin embargo, como es sabido en el terreno de juego no siempre tener la mejor plantilla te asegura la victoria, en momentos los equipos más humildes tienen un día de gloria, uno donde logran una proeza y ganan el partido más importante. Así que ahora tenía que hacer que los árbitros pitaran a su favor.

El dinero que pateó el balón

El ejemplo más claro sobre esto es la Copa Libertadores de 1989. En semifinales la tripleta argentina llegó un día antes a Medellín, el Atlético Nacional se preparaba para recibir el segundo partido de dicha instancia a Danubio de Uruguay. El primer encuentro terminó 0-0, así que ese juego era a matar o morir. Los argentinos no iban a salir del hotel por “seguridad”, pero recibieron la visita de cinco hombres armados.

“Quietos, quietos todos. Escuchen bien, hay 50.000 dólares para cada uno, tiene que ganar Nacional, ¿escucharon bien?, estamos cumpliendo una orden. Ustedes tienen un precio aquí, otro en la Argentina o donde quieran que se vayan. Las cabezas de ustedes tienen un precio, ¿me entienden bien? Tiene que ganar Nacional”. Comentó Carlos Esposito, árbitro del partido, sobre lo que les comentaron aquellos hombres.

Al día siguiente, al llegar a los vestuarios del estadio, tres coronas fúnebres los estaban esperando. El mensaje fue claro, o el Atlético Nacional ganaba el partido, o la tripleta salía con los pies por delante del inmueble. Los 90 minutos se jugaron, y el equipo local pasó a la final después de imponerse 6-0.

La final fue un acto similar. El Olimpia se impuso 2-0 en el primer encuentro y, para el segundo, la ciudad de la eterna primavera era un caos. Por ello el partido se trasladó a Bogotá, hogar de los sicarios de Cali, enemigos de Escobar. Para esta ocasión solo una persona se presentó, pero el mensaje era el mismo: “Tiene que ganar Nacional”. El argentino Juan Carlos Lostau se llenó de furia y golpeó al hombre, nadie iba a vender el partido.

Aun así, suerte o casualidad, el Atlético Nacional se impuso 2-0 y obligó a definir la final desde los once pasos. Diecinueve tiros llevaron al equipo colombiano a levantar la copa sin ningún tipo de ayuda arbitral. Pero ya alguien se había negado a Pablo Escobar, y en Colombia poca gente podía hacer eso y no sufrir las consecuencias.

Cuando Lostau se preparaba para irse a casa, fue interceptado por cuatro hombres que lo bajaron del taxi en un lugar lejano, le apuntaron con armas y le recordaron que le ofrecieron dinero por lo que al final sucedió. Si decidían jalar el gatillo era todo, una víctima más del Cartel de Medellín, pero al final el Nacional ganó, y simplemente lo dejaron ahí, para que caminara y se fuera para nunca más volver.

Una más

Escobar era imparable, al menos para casi todos. Mientras el Nacional estaba en lo más alto, el Independiente, equipo de sus amores, tenía un poco de aprietos para pasar a la ronda final. Tenía que ganar sí o sí, no había otra manera y, como el caso anterior, lo mejor era tener a los árbitros de su lado. 

Álvaro Ortega fue el central del partido. El encuentro se jugó y a dos minutos del final el América de Cali estaba arriba en el marcador por un 3-2.  Cuando todo parecía perdido Carlos Castro se alzó sobre todos para clavar una excelsa chilena que daba el empate, pero Ortega anuló el tanto. Era su fin

El 15 de noviembre se jugó el partido de vuelta del repechaje y Ortega regresó a Medellín. Antes del encuentro recibió una llamada, preocupado asistió al estadio, con la promesa de contarle a sus amigos lo que sucedió después de su compromiso. Nunca pudo hacerlo. El partido terminó sin anotaciones.

Apenas y pudo salir del inmueble, era todo un caos, al punto de ser escoltado por la policía para poder escapar. En el camino sintió hambre y, al no notar nada sospechoso, salió a almorzar. En el lugar lo acompañaba Jesús Díaz, y cuando estaban por platicar de lo sucedido, nueve disparos salieron de una ametralladora. La vela de Ortega se apagó para siempre.

Esta fue la gota que derramó el vaso. Ya nadie podía imponer sus condiciones sobre el terreno de juego. La Federación Colombiana declaró como anulado el torneo, sin importar qué tan avanzado podría estar el certamen, además de que los equipos colombianos no podrían participar en la Copa Libertadores, a excepción del Atlético Nacional, campeón vigente.

El futbol se detuvo por un año en Colombia, tenían que limpiarse a como dé lugar del narcotráfico. No tuvieron que esperar mucho. El 2 de diciembre de 1993 Pablo Escobar fue acorralado por las autoridades y, después de una breve persecución, el «Patrón” fue abatido con 3 disparos, terminando así su influencia con el balompié, terminando así la pesadilla de Medellín.

Leer más: La guerra y el perdón en Colombia

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Por: Miguel Ángel Bustamante Rosas / @MiguelB07

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