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Pasión del barrio, un futbol donde se juega el honor

Trae puesta la camiseta de aquel Chivas de 1997, con el dorsal ‘7’ y el apellido Ramírez en la espalda. Está desgastada y con varios agujeros que, sin embargo, la hacen lucir. “Es la del campeonato del ’97, cuando goleamos a Toros Neza. ¿Te acuerdas de Toros Neza? Equipazo. Mohamed, el “Pony” Ruiz, Lussenhoff, Arangio, Javier Saavedra… Y las Chivas también, con Claudio Suárez en la defensa, Coyote, el “Tilón” Chávez, el “Gusano” Nápoles y el inolvidable Ramón Ramírez, me dice mientras me quedo mirando muy fijamente su casaca. Yo también la tenía y viví con mucha felicidad ese campeonato. Era yo un niño, de unos 10/11 años de edad y mi ídolo era, precisamente, Ramón Ramírez. Jugadorazo.

Ando por mi casa, por mi barrio, lugar que, desde que tengo memoria siempre ha sido futbolero. Por un lado, hay un par de canchitas de asfalto, ideal para salir a jugar con tus amigos y pasar todo el día con un balón. A unos metros de él está el apoteósico campo, el de tierra, donde juegan “los grandes”. Ahí se han construido historias importantes, títulos inolvidables para los dos equipos pilares del barrio: El Inter y el Club Deportivo Oro. Don Mau lo recuerda bien.

“Esos eran partidos a morir”, dice. “Casi siempre terminaban en bronca. Antes y después del juego, cada vez que los jugadores de ambos equipos se encontraban en la calle, había pleito. No te imaginas, no te tocó vivir esa época”. No, no pude vivirla pero sí he llegado a escuchar muchas historias al respecto. Ahora todo es distinto, tanto que, inclusive, esos dos equipos ya ni existen. Hay otros y cada fin de semana, además del título, se juegan las chelas. Así, sin más. Después del partido, ahí está Don Mau para atenderles, siempre con una playera de las Chivas.

Yo nunca jugué en ese campo y, francamente, no sé si me hubiera gustado. Tenía condiciones deplorables -todavía las tiene-; seguido te encontrabas trozos de vidrio grandes, piedras que te pueden causar heridas graves, botellas, prendas de ropa, hasta animales muertos han sido arrojados al campo. Hay de todo. Pero cada fin de semana luce impecable, imponente. “Es el templo, chavo”, me cuenta Don Mau. “Ya no hay campos como este, ahora todos quieren jugar en canchitas de Fut 7 o esas cosas. Yo le digo a mis hijos que acá se curten los jugadores”.

Don Mau lleva años, muchos, dedicándose a la venta de cervezas, refrescos, tortas y chicharrones. Nos conocemos desde que yo era un niño y venía a ver unos partidos. Era emocionante y muy diferente a lo que uno veía en la televisión. “Se jugaba, se peleaba, se sufría la camiseta. Así es el futbol en el barrio, olvídate de jugar por dinero, por fama y todas esas cosas que hacen los “jugadores profesionales” (así, entre comillas), el futbol en el campo se vive y se juega diferente. Si pierdes, como te decía, hay bronca, y si ganas también la hay. Es el honor, el orgullo de saberte el mejor de la colonia, y eso sí pega”.

Así era “antes”, dice. “Sí. Ahora el futbol es mucho más dinámico, más rápido y mucho más físico. Incluso, aquí lo puedes ver. Los chavos se cuidan más, vienen a entrenar cuando pueden, cuidan más su imagen en la cancha. Muchos hasta andan tomándose fotos y todo termina siempre bien, todos son amigos. Está bien, no digo que eso esté mal, pero se ha perdido ese sentimiento de identidad hasta en la colonia. Hay sus excepciones, pero de todas formas sigue siendo diferente”.

Según me cuenta, ya no sabe cuánto tiempo lleva dedicándose a lo mismo. Inició ayudándole a su papá y ahora atiende el negocio con su esposa, a quien no le interesa el futbol, pero sí le gusta ver cuando se arma la bronca al final del partido. Ha sido “chiva” desde chavo, aunque me confiesa que su pasión por el cuadro rojiblanco ha disminuido. “Ya no hay amor por esa camiseta tan sagrada”, dice y recuerda cómo vivió esa final en el Estadio Jalisco, en el año de 1997. “Fue un juegazo, contra un muy buen equipo.

Era una muy buena generación de jugadores mexicanos y las Chivas tenían varios muy buenos. Y estaba Ramón Ramírez, que fue ídolo desde que llegó, todo para que, al final, se fuera al América. Esas chingaderas, perdona la expresión, no se hacen. Ahí comprendí que lo mío no es el futbol. Eso no se hace, ni a la afición ni al jugador mismo. Ahí supe que el futbol “profesional” no va conmigo. Yo soy más del barrio, del llano, acá nunca he visto y nunca vi que un jugador del Inter se fuera al Oro, jamás. Imagínate la madriza que le tocaba al que se atreviera.

Y así es el futbol de ahora, todos ganan y nadie pierde. Bueno, pierden los aficionados, pero como una vez me dijeron: “El futbol es la mierda más rica que hemos comido”. Y sí, ahí andamos probándola, consumiéndola; nos hace daño, entre infecciones estomacales por el coraje o hasta infartos, pero la seguimos comiendo porque es muy rica, nos apasiona y nos desvivimos por nuestro equipo”.

De un instante a otro, la plática cambió de rumbo, me contó de sus días de joven, cuando salía a jugar con sus amigos, allá en la Colonia Pensíl. No lo hacía mucho, pues ayudaba a sus papás en un puesto de comida, propiedad de ellos. Tenía poco tiempo para jugar y también pocos amigos, según me cuenta. A los 15 años, cuando ya vivía en San Isidro, tenía el sueño de convertirse en jugador profesional. “Me probé en el Atlante”, cuenta.

“Mi papá me llevó porque, según él, sí podía armarla. Pero no, no la hice. Unos años después me junté con mi novia, que ahora es mi esposa, y me olvidé de todo eso. Nunca tuve un trabajo formal, preferí dedicarme a esto, y lo hice porque, de alguna manera, me acercaba al futbol. Yo fui muy seguidor del Oro, siempre, tenían un delantero chingonsísimo que, sin bronca, pudo hacerla en cualquier lado. Acá he ganado títulos con el Oro, soy un orgulloso seguidor del equipo y, cada vez que tengo oportunidad, lo expreso. Me hice amigo de todos los del equipo y eso para mí era digno de presumir. Extraño esas épocas, esos partidos, aquellas peleas cuando terminaba el partido. Eran buenas madrizas. Todo por el futbol, por el amor a la camiseta”.

Me enseñó una foto del equipo en la que él mismo estuvo presente. No recuerdo de qué año es, pero sí reconocí varias caras. “Es de la final contra el Inter, imagínate cómo se puso. Estaba lleno acá, todos en la colonia sabían lo que significaba ese partido. Lo ganamos, el resto no te lo puedo contar”, se fue entre risas y un buen abrazo, como de compas. Yo vi ese partido.

Por Alonso Silva / @soaloneso

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