Falló nuestro plan maestro de vacaciones en casa. Bueno, el plan de Michelle. Bueno mi plan para que Michelle se quedara en casa, porque yo no salgo ni a Tepetongo en vacaciones. Cada final de torneo es como el inicio de año escolar: no hay esperanzas ya, no hay salida, sólo se deja pasar el tiempo, a ver si con ello se alivia ese profundo vacío.

El calor nos tiene resguardados en la única sombra de las gradas, trato de decirles que si estamos pegados como sardinas en lata nos dará más, pero nadie quiere ponerse ni un segundo bajo el güero –así le dice Chacaltianguis al sol. 

Esta semana la mitad de la pandilla se fue de vacaciones, aunque decir vacaciones es mucho. El único que de verdad se puede consentir es Adriancho: sin carnales, sin familia cercana; sus papás son los profes de la prepa y lo mandan a la playa o a campamentos, y ni así logra bajar de peso, ni en aquel que se lo traían en chinga todo el día.

A nadie se le ocurre nada que hacer, ni siquiera echarnos agua como si fuera sábado de gloria, qué sé yo. Mientras la temperatura me aumenta, vuelvo a recordar el plan fallido para evitar el viaje a Toluca, junto con el Maragol, para ver a sus primos. La idea era bastante simple, pero siempre me gana ese nudo en la garganta, la chispa que despierta cada vez que veo a Michelle.

El Chacaltianguis se ofrece a ir por unas naranjadas en bolsita si le ponemos entre todos para la suya. Nos suena bien la idea y armamos la vaca para que se lance. Además de que eso nos dará un suspiro con uno menos en la sombra, de paso la refrescada con naranjada, que no, no es una mentada de madre con naranja.

Así era la cosa: le echaríamos a Michelle violeta de genciana cerca de las costillas. A veces, en sus ensayos de danza contemporánea, le tocan buenos trancazos. Al principio sus papás la llevaban al doctor a cada rato, pero después de varias ya sabe qué echarse, qué untarse y qué tomarse. Solamente la llevaron una vez que pensaron se había fracturado. Le pondríamos entonces la violeta y simularía un golpe, ni muy leve para que no fuera normal, ni tampoco tan fuerte para que se la llevaran al doctor. El plan ferpecto.

Chacaltianguis no da señales de regresar, pero nadie quiere ir a apurarlo porque este pinche calorón está tan fuerte que si te paseas por ahí bajo el güero, es como echarte Cheetos flamin´ hot en una herida abierta.

Nos metimos a su cuarto porque Maragol podría llegar en cualquier momento. Levantó su blusa. Se le marcaron unas cuantas venas por encima del ombligo. Me tembló un poco la mano y temí desparramar la violeta en donde debía. Antes de echarme en la mano, paseé mis dedos por su abdomen para “medir”, ella sonrió y me puse peor. Con todo y el temblor de las manos fui soltando el líquido en mi mano derecha.

Tania es la más valiente, desde siempre. Se desespera y nos dice que ya, a la chingada, ella irá por el Chacaltianguis. Se muere de sed como todos, pero se faja y sale a los rayos picantes del sol.

Estaba a punto de untarle la violeta, tratando también de no aventarle la mano a lo güey. Me acerqué todavía temblando, ella con esa misma sonrisa que ahora debe estar presumiendo en Toluca; cuando estaba a un milímetro de su abdomen un portazo se escuchó en la entrada junto con un “ya vine”, más fuerte que grito en estadio. El botecito de violeta se comenzó a derramar en la alfombra de Michelle y oí los pasos de Maragol acercarse al cuarto. Me quedé primero congelado y después me aventé por la ventana quién sabe cómo.

Tania viene con la cara de emputamiento que hubiera tenido el Maragol si nos hubiese cachado. El chacaltianguis se peló con las naranjadas, o con el dinero, o con varo y unas naranjadas. Ahora sí, sin refrescada pero muchas mentadas. 

Michelle me dijo después que Maragol ni siquiera iba para su cuarto, se metió directo al baño porque se venía cagando, quizá peor que ahorita toda la pandilla, tal vez peor que yo mientras pienso en Michelle. Sin duda que no haya fut, el regreso a clases, y el calor, son de lo peor que existe en la vida.

Lee más: Barbacha

Por: Arturo Molina

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