Benjamín Galindo
Benjamín Galindo

El sonido chirriante y la luz estroboscópica de la ambulancia alertaron a los jóvenes galenos que custodiaban el servicio de urgencias aquella mañana de cielo gris y nubarrones. Una vez calzados los guantes y preparado los materiales pertinentes para recibir al enfermo que venía montado en la unidad, el guardia permitió el paso del vehículo hasta las instancias permitidas. Con el rostro desencajado y guardando mayor solemnidad que la habitual, bajó un hombre regordete, con mejillas rosadas, bigote despoblado y frente repleta de gotas de sudor.

Era extraño ver a Porfirio, después de 38 años de trabajar cada tercer día en el servicio de ambulancias de Guadalajara, con aquel semblante. Como era habitual, Porfirio, aficionado hasta la médula del futbol y de las Chivas rayadas del Guadalajara, llevaba su camiseta del “campeonísimo” firmada por “El Tubo” Gómez debajo de su uniforme de paramédico, aseguraba que le traía suerte a él y a los pacientes que estaban a su cargo en el traslado. 

“¿Qué tal, Tigre?”, saludó como de costumbre René, guardia encargado de urgencias de este viejo hospital (A Porfirio le decían “Tigre” en honor a Guillermo “el Tigre” Sepúlveda, defensor del Campeonísimo, quien alargó su leyenda gracias a que durante un clásico ante América fue expulsado, y al ir rumbo al vestuario arrojó su camiseta al suelo y lanzó la mítica frase “con esa tienen”).

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– “Esta vez no funcionó mi playera de las Chivas”, señaló Porfirio, con cara de cadáver, a René.

– “Masculino de 60 años, previamente sano que fue visto bien por última vez antes de haberse ido a dormir ayer como a las 10 y media de la noche. Amaneció con pérdida de la fuerza de todo el lado izquierdo del cuerpo y, además, empezó con problemas para hablar. Sus familiares trataron de pararlo y no pudieron. Fue cuando llamaron a la ambulancia”, sentenció Fidel, joven que acompañaba a Porfirio desde hace cinco años a todos los traslados. 

“El Topes”, como solían apodar a Fidel en el barrio donde nació, no sabía nada de futbol, pero simulaba alegría o preocupación cuando el marcador era favorable o desfavorable a las Chivas, respectivamente, para ganarse la simpatía del experimentado “Tigre”.

En efecto, se trataba de un hombre de casi 60 años que amaneció con debilidad del hemicuerpo derecho y afasia (incapacidad para emitir y/o entender el lenguaje). Ante estos casos, la sospecha principal es un ataque cerebral agudo de tipo isquémico, lo que se conoce en el argot de las calles como: embolia cerebral.

Cuando los pacientes se duermen sin ninguna alteración y se despiertan con estos cambios, se conoce como enfermedad vascular cerebral del despertar (“wake up stroke”). Hagamos una pausa con el caso de este paciente y comentemos algunas particularidades del cerebro evitando caer en tediosos tecnicismos. 

El cerebro está formado por dos hemisferios (hemisferios cerebrales), derecho e izquierdo. Todos tenemos un hemisferio dominante, y con dominante me refiero al hemisferio que se encarga de controlar el lenguaje (capacidad de comprender, hablar, leer, nominar y escribir). 

El 95% de los diestros y el 50% de los zurdos tienen dominancia izquierda. 

En términos generales, el hemisferio izquierdo se encarga del lenguaje, la abstracción, los cálculos matemáticos, el razonamiento, la habilidad científica, el análisis y el movimiento del lado derecho. A su vez, el hemisferio derecho es el responsable de la imaginación, el sentido artístico y musical,  además de controlar todos los movimientos del lado izquierdo del cuerpo.

En resumen (y generalizando, sin olvidar mencionar que siempre hay excepciones), cualquier persona que escriba con la mano derecha y tenga un infarto en el lado izquierdo del cerebro va a perder la capacidad de hablar y de mover el lado derecho; a su vez, las lesiones del lado derecho en personas diestras van a incapacitar el movimiento del lado izquierdo del cuerpo, pero no afectarán el lenguaje. 

Horacio, el residente encargado de la guardia de urgencias, evaluó al paciente y, ante la sospecha de un infarto cerebral, solicitó una tomografía simple y con contraste de cráneo, además de otros dos estudios tomográficos que permiten valorar la integridad de todas las arterias que nutren de sangre al cerebro y observar – en dado caso –, cuál es el sitio en donde se encuentra el coágulo. 

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Los estudios de imagen mostraron una oclusión en la porción proximal de la arteria cerebral media derecha. Esta arteria se encarga de irrigar dos terceras partes del hemisferio correspondiente.

– “¡Diga! ¿Hace cuánto tiempo?. Voy para allá”, respondió apresuradamente Tomás, neurocirujano y terapista endovascular instruido en las mejores escuelas del país.

Al llegar a urgencias, Tomás se percató que el paciente (le vamos a llamar “Señor “M”), aún estaba a tiempo de que se le pudiera rescatar un gran porcentaje de tejido cerebral afectado, así que, sin más preámbulo, lo pasó a sala de angiografía para sacar – por medio de cateterismo cerebral – el coágulo que estaba tapando la arteria cerebral media derecha y que causaba los síntomas. 

– “¿Cómo le fue, doctor?” Preguntó Natalia, la esposa del paciente, cuatro horas después de haber entrado al procedimiento.

“Afortunadamente bien” -contestó Tomás-, pero estuvo muy complejo, permítame explicarle.

– “Debido a la cantidad de tiempo que pasó, el coágulo se endureció, de tal forma que fue imposible sacarlo por cateterismo, así que tuvimos que hacer una pequeña incisión en el cráneo y llegar por técnica quirúrgica a la arteria que nos causaba el problema; una vez ahí, logré retirar el trombo. Después de haber retirado el coágulo, corroboramos la integridad de la circulación la cual logramos restablecer”. 

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– “Miré, no se vaya a asustar cuando vea a su esposo”, indicó Tomás, “cuando los infartos cerebrales son tan extensos, es conveniente hacer una cosa que se llama “craniectomía descompresiva”.

– “¿Qué es eso, doctor?” Interrumpió Natalia con voz entrecortada.

– “El cerebro habita en una “caja cerrada”, denominada cráneo, que son los huesos que tenemos en la cabeza y que protegen al cerebro de cualquier golpe. Cuando el cerebro se inflama, no tiene para donde moverse, es peligroso; al quitar una parte del cráneo, el cerebro se inflama hacia el lugar libre del cráneo y luego se desinflama y regresa a su lugar habitual, eso es la craniectomía descompresiva. Si no la hubiéramos hecho, su esposo tendría altas probabilidades de fallecer dentro de las próximas horas”, explicó con elocuencia Tomás.

Durante los siguientes días, el “señor M” mejoró rápida y sorprendentemente. Comenzó a movilizar la mitad izquierda del cuerpo, con todas las limitaciones que la enfermedad conlleva, pero con asombrosa maestría. En cuanto al lenguaje, tuvo lenta progresión hacia la mejoría, y parecía extraño, porque el infarto está en el lado derecho y quedamos que el lenguaje – en la mayoría de las personas – se codifica en el hemisferio izquierdo.

Sin embargo, a todo el equipo médico que estaba a cargo del “señor M”, no les llamó la atención la afasia; Tomás, aseguraba que el tipo es zurdo

– “¿Cuándo juegan tus Chivas, Tigre?”

Trataba “el Topes” de encontrarle el modo a un desanimado Tigre que durante todo el regreso del hospital solo negaba con la cabeza y lamentaba que su camiseta del “Campeonísimo” que llevaba debajo del uniforme desde el primer día en que se subió a una ambulancia hubiera perdido su “mágico” efecto. 

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“No me la vuelvo a poner, Topes.”

Eran las únicas palabras que Porfirio pronunciaba de mala gana y entre dientes.

– “Nos vemos el lunes”. Lanzó Fidel con cautela en busca de una respuesta positiva.

– ¡Sale! Contestó Porfirio desganado.

Bañado, peinado y perfumado esperaba puntualmente “el Topes” aquel lunes a Porfirio.  A lo lejos se asomaba la torreta no encendida de la ambulancia. 

– “Buenos días mi taiger, ¿qué tal el fin de semana?”. Antes de que Porfirio contestara, Fidel interrumpió: 

– “No mames, pinche taiger, ¿no que ya no te ibas a poner esa puta playera?”. 

“¿Qué no viste las noticias, guey?, pinche “Topes” pues ¿qué haces los fines de semana, cabrón?”

– “Nel, No vi, ¿pues qué pasión?”

– “¿Te acuerdas del “señor M”, al que trajimos el otro día?”

– “Simón”. 

– “Pues resulta que el neurocirujano que lo atendió es una reata amaestrada y le salvó la vida, y, además, no va a quedar tan jodido”. 

– “¡Ah!”

– “¿Ah qué, güey?”

– “¿A poco si muy bueno el doctorcito ese?”

– “Te estoy diciendo, cabrón, ¿qué no entiendes?”

“El Topes” se calló durante casi todo el camino al hospital, poco antes de llegar preguntó:

– “Oye mi taiger, aquí entre nos, ¿por qué te dio tanto agüite con ese paciente?”

– “¡Ves!, ¡Ves pinche Topes!, ¡Ves!, ¿cómo que por qué, animal? ¿Qué no sabes quién es?”

– “Nel, la mera neta no. 

– “Pinche “Topes”, pues es una de las máximas figuras de “mis Chivas”, cabrón, le decían “El Maestro”. 

– “Ah”.

– ““Ah”, profirió “El Tigre” imitando a Fidel burlonamente.

– “Bueno, taiger, y ¿por qué la camiseta otra vez?”

– Pues por el doctor que atendió al “Maestro”. 

– “Ah”.

*Esta historia está basada en un evento verídico. Los nombres de los personajes son ficticios, sin embargo, quisiera decir que el personaje de Tomás se refiere a mi amigo y gran neurocirujano vascular y endovascular, Juan José Ramírez Andrade.

 

Por: Alonso Gutiérrez Romero

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