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Isabel Moloy intentó practicar skateboarding; nunca aprendió. Con la pierna derecha impulsaba y con la prótesis izquierda mantenía el equilibrio; cayó varias veces. No era lo suyo, tampoco el futbol, pero ahora pertenece al equipo de amputados Fénix de Chihuahua.

Nunca le gustó el futbol, ni siquiera ha visto un partido completo de primera división porque “qué aburrido ver a los monitos correr de izquierda a derecha sin anotar goles”. Ahora no se pierde ni un minuto del futbol adaptado y mucho menos llega tarde a una cita con el balón.

Fue por Facebook que el entrenador Fernhery Cota contactó a la joven de 26 años, cumplía con el requisito para pertenecer a la escuadra chihuahuense: no tiene pierna. Isabel nació con una anomalía congénita que hasta 2012 afectaba a 1.1 de cada 10 mil recién nacidos en el mundo.

A los tres años usó su primera pierna ortopédica, imitaba a la extremidad inferior izquierda para mantener el equilibrio y caminar sin ayuda. Después llegaron las muletas canadienses: dos bastones ligeros de aluminio que se ajustan del antebrazo y dan soporte al caminar.

Por curiosidad y para ya no sentirse la única con prótesis, Moloy Rivera acudió un sábado de 2017 a La Deportiva, como conocen los chihuahuenses a la ciudad deportiva de su capital. Se imaginó cuidando el arco, no le gustaba correr y tenía algo de experiencia. Siempre desviaba los balones con sus muletas canadienses cuando jugaba con sus cinco hermanos en la infancia.

Me explicaron las reglas que los porteros son los que les falta la extremidad del brazo y las piernas a los jugadores, pues sí me agüité, pero dije bueno sí le entro”. Sin la posibilidad de morir a plazos, como diría Juan Villoro, Isabel se convirtió en la centrocampista y delantera del equipo. Ella es la encargada de anotar y hacer al guardameta un villano con cada error o héroe en sus aciertos. Aunque no ha metido tantos goles: “Híjole super poquitos la verdad, como dos o tres a lo mucho”.

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Isabel Moloy

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Una prótesis cuesta casi lo mismo que los tenis Air Jordan 1s: 120 mil pesos. La diferencia es que el aparato no está intervenido por el artista Daniel Jacob con cristales Swarovski puestos uno por uno a mano. Tienen la misma función: caminar. A Isabel “no le va mal” poniendo pestañas, tarda una hora y media; no trabaja diario porque se daña la columna. También es maestra de apoyo en un Centro de Atención Múltiple (CAM).

Desde los tres años, Isabel ha usado alrededor de 30 prótesis. Shriners Hospital for Children, en Estados Unidos, se las regaló. Antes de convertirse en una persona adulta, viajó con su madre frecuentemente al país de las barras y las estrellas para recibir la atención médica gratuita de la organización.

Disfrutó las actividades manuales, las noches de estrellas con telescopio y ver los cuartos adornados con telarañas en Halloween o de rojo en Navidad. Amaba sus visitas al hospital. “Hasta que salí vine a ver la realidad, que (las prótesis) cuestan un chorro y pues hay que trabajar mucho”.

Del otro lado de la frontera era una persona más. En Chihuahua la atención es diferente, también la gente. En su ciudad natal, si visita el centro no puede evitar las miradas fijas, personas secreteándose o señalándola. “Yo preferiría pues mil veces estar allá en donde me vieran como una persona normal”.

Aunque en su adolescencia ella misma se burlaba de su condición. “No manches, ya no siento las dos”, decía a sus compañeros si estaba mucho tiempo sentada. Ellos también bromeaban: “Hay que jugar a los Transformers”. A Isabel no le gusta la monotonía, por eso acude a los entrenamientos de Fénix de Chihuahua. El equipo no costea la cancha porque tienen un permiso. Su coach, Fernhery Cota, tampoco recibe un salario.

Si viajan a otro estado de la República, los patrocinadores les ayudan con alimentos o gasolina para la camioneta que las autoridades municipales les prestan, “pero nos la cobran”. Como ocurrió al ir a su partido contra Zorros de Sinaloa. Viajaron 17 personas en una Van.

Entre los jugadores, pocas veces tienen “roces” que logran resolver al instante y con un mediador, ya sea el entrenador u otro compañero. Así los 23 jugadores mantienen el equilibrio dentro y fuera del campo, con sus muletas canadienses que oscilan entre los mil y dos mil pesos.

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Isabel Moloy anda con pierna firme sin importar el tipo de suelo. De pequeña subía a los árboles, saltaba a la casa del vecino o jugaba con sus hermanos al golf; sus muletas eran los palos. Los bastones canadienses le estorban al hablar, es muy expresiva con las manos. Sólo los usa en el campo de juego, al recorrer distancias cortas o al caminar por el cerro. “Me siento en terreno cuatro por cuatro, es más sencillo, ya sea piedra, agua o lodo”.

De los juegos le gustan los rudos, donde haya golpes; el futbol americano le parece perfecto. Le encanta que los jugadores “vuelen” o se peguen con los cascos. Ella y sus hermanos compraron balones de americano. Nunca jugaron, se limitaron a hacer pases. Descubrió que tiene buen brazo, pero no tan bueno como para pertenecer a su equipo favorito: Green Bay, de Wisconsin.

En cambio, en soccer la futbolista no se inclina por nadie. Su tío Javier Rivera, con quien vive, le va al América. Ella opta por los equipos en “donde estén los guapos… Chicharito, Cristiano, a esos le voy”.

En cuestiones culinarias, nadie equipara la sazón de la abuela de Isabel, Zenaida, de quien deleita más las enchiladas y el pozole; acompañados de un agua natural (no consume jugos con colorantes) y un buen postre, como los buñuelos enmielados preparados por su papá.

Si viviera en otro lugar, sin duda, extrañaría la comida. A la joven le encantaría migrar a Alemania por sus bosques y montañas. A sus 25 años visitó el país europeo, fue el regalo de cumpleaños de su tío Javier, quedó fascinada.

Se imagina en una cabaña, lejos de las personas. Sabe que podría rehacer su vida en cualquier sitio porque para ella el único obstáculo es la mentalidad. “De hecho es como nuestro lema ‘si las aves surgieron de las cenizas por qué nosotros no’, nos quedó el nombre”.

Por: Nayeli Valencia / @nayevalencia_a

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