El futbol no solo se vive en la cancha. Esto lo recordamos cuando tomamos nuestro asiento en el sagrado recinto que alberga el juego que derrama más pasiones en el mundo. Por lo menos, así me pasó en el último partido de nuestra selección mexicana.

Empecé mi rutina futbolera al llegar al estadio y observar todo lo que sucedía a su alrededor. Llegar con tiempo te permite abrir los ojos a las historias que se desarrollan en medio de una multitud que está ahí por una misma razón. Pero esta vez iba a ser un poco diferente, ya que sin saberlo, iba a poder presenciar el juego de Canadá vs Martinica antes de saborear el plato fuerte de la noche.

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En el verde, nuestros vecinos de la región disputaban el balón, miles de mexicanos como testigos. Ya todos teníamos puestos nuestros propios uniformes de batalla: las máscaras de El Santo, las plumas del dios Náhuatl y las vuvuzelas como instrumento de guerra. Y a pesar de que en la cancha no se jugaba nada importante para nosotros, nos metimos de lleno para apoyar a los dos equipos que buscaban la victoria.

Algunos celebraban los goles de los de la hoja de maple y a la vez chiflaban por un penal no marcado a los caribeños. Pequeñas olas empezaron a nacer, y el grito de “México” se empezó a escuchar cada vez más fuerte. Se acabó el partido en la cancha, pero en las butacas apenas iba al primer tiempo del propio. Sabíamos que en el segundo se nos exigiría más, así que no dejamos nunca de calentar y prepararnos para meter una goleada de antaño.

Ya habíamos metido goles importantes en los primeros minutos, y había que reunir a todos para asegurar la victoria en las gradas del Rose Bowl. Una jugada maravillosa nació al entonar el himno nacional, ese que se grita más cuando tus pies no pisan tu propia tierra, y nos levantó a todos de nuestros asientos. Terminó con un golazo lleno de emoción y orgullo por los colores. Terminamos aplaudiendo con nostalgia para después regresar al centro del corazón y planear los siguientes movimientos.

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Pero el juego comenzó a complicarse. El grito prohibido volvió a sonar, saliendo de la boca de una gran mayoría. El espíritu del “no pasa nada” se hizo presente y varias voces se levantaron para pedir que dejaran a un lado las tácticas sucias. Poco a poco el liderazgo de aquellos pocos ayudó a que los demás se volvieran a enfocar en lo nuestro.

Sin embargo, la distracción regresó. Mientras unos se peleaban con sus propios paisanos, otros más seguían concentrados en lo verdaderamente importante. No quitaban los ojos del balón, para poder hacer lo que les correspondía en el momento en que este perforara la portería. La conexión empezó a desaparecer, y cada quien empezó a jugar a lo suyo, buscando individualidades como el Cielito Lindo. El ritmo comenzó a bajar y la goleada ya no se veía venir.

El partido terminó en un empate, con autogol incluido. Ese futbol que se vive más allá del pasto nos recuerda los matices del aficionado mexicano. Tenemos el talento para destacar, pero nos distraemos con cosas que terminan manchando nuestro escudo. Como a los jugadores que nos representan, todavía nos falta para llegar a nuestro nivel óptimo. Pongamos el verde, blanco y rojo en lo más alto del podio mundial. Sí se puede.

Por: Marianela Camelo / @manecamelo

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