El 22 de julio de 2003, Mosul, ciudad localizada en el norte de Irak, se encontraba en medio de violentos enfrentamientos. Entre las múltiples víctimas de estos ataques se encontraba Uday Huseín, hijo mayor del tristemente célebre Sadam Husein. Uday sucumbió ante los violentos bombardeos de las fuerzas  estadounidenses. La caída del primogénito del presidente llenó de regocijo a gran parte de la población, tanto opositores, como a las facciones afines al mandatario iraquí. Entre la gente que rechazaba el gobierno de Sadam, solía decirse que lo último que deseaban era la muerte del mandatario, ya que en ese caso su hijo tomaría el poder. 

La figura de Uday Huseín está plagada de leyendas y mitos. No es para menos. Los hechos que se tienen son ominosos y no dejan de dibujar el perfil de una figura que lleva el concepto de lo inhumano a extremos demasiado lúgubres. Las historias que ejemplifican la desquiciada realidad que vivían (que padecieron) quienes rodeaban al Uday, son muchas. Incluso su padre marcó distancia con su hijo, luego de que éste asesinara a uno de sus guardaespaldas en una fiesta ofrecida por el entonces presidente de Egipto, Hosni Mubarak. Este suele contabilizarse como su primer asesinato, pero hay muchos más (entre los que se encuentran miembros de su familia), así como violaciones y torturas. Su figura fue sumamente repudiada.

Uday Huseín y el futbol

La Selección de futbol de Irak supo lo que era estar dentro de la espiral de locura que significaba encontrarse cerca del “Carnicero” Uday. Aunque su padre no solía ver con buenos ojos el balompié -ya que le parecía demasiado occidental-, él fue un verdadero aficionado. Fue un hincha con demasiado poder. Cuando los años ochenta llegaban a su fin, se autoproclamó presidente de la Federación de Futbol de Irak (además del Comité Olímpico). La primera medida que tomó fue la de despedir a todos los miembros de estos organismos que fueran previos a su llegada a la presidencia.

Su mandato al frente de la Federación fue un período de absoluto terror en el que los futbolistas eran constantemente amenazados: Uday hacía honor a su apodo asegurando que en caso de que la Selección perdiera partidos, también perderían las piernas. Y con los antecedentes que tenía, los futbolistas sabían que aquellas advertencias podían convertirse en realidad.

Uno de los pasajes más oscuros de esta etapa se encuentra en el partido que jugaron contra Jordania en el 2001. Era la ronda clasificatoria para Corea – Japón 2002 y los iraquíes necesitaban de una victoria para hacerse de un boleto dentro de la justa mundialista. Los minutos pasaron y nadie logró llevarse la victoria, llegando hasta los penales. Ningún jugador de la Selección de Irak quería tirar, porque sabían que fallar implicaría días de tortura. Finalmente, Abbas Rahim Zair tuvo el valor de ejecutar el primer penal “Si nadie se atrevía a lanzar, nos iban a castigar a todos” aseveró más adelante.

Oficinas de tortura

Las oficinas del Comité Olímpico fueron remodeladas luego de que Uday Huseín asumiera el poder. Varias oficinas pasaron a ser cuartos de tortura, donde los atletas eran cruelmente martirizados. La derrota contra Jordania supuso, por ejemplo, una estancia de tres semanas en aquel lugar para los jugadores.

Ser protagonista en este equipo era un peligro; ser visible significaba estar bajo la mirada del “Diablo”, como también lo llamaban. Yasser Abdul Latif era el capitán del equipo y vivió en carne propia las consecuencias de no corresponder a las expectativas al máximo jerarca del futbol iraquí. Durante un partido se hizo expulsar tras golpear al árbitro. ¿El castigo? Dos semanas en Radwaniya, encerrado en una celda de dos por dos, donde fue forzado a ejecutar excesivos ejercicios físicos. A la menor señal de cansancio recibía descargas eléctricas. Nunca logró recuperarse del todo.

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Ante este escenario, las dos alternativas más obvias eran huir al extranjero o abandonar el futbol, sin embargo, esas opciones no existían con Uday al mando. En el primer caso, todo futbolista que jugase en el extranjero estaba obligado a dar el 40% de su salario a la Federación. Por su parte, el retirarse de las canchas sin la bendición del presidente de este organismo implicaba ser acusado de opositor, lo que significaba pena capital.

Todos estos atropellos que padecían los futbolistas no tardaron en ser conocidos más allá de los vestidores locales, llegando a los oídos de la FIFA. Ésta envió funcionarios para que revisaran la situación en la que se encontraban los jugadores, pero no lograron hallar ninguna prueba de tortura o malos tratos, por lo que la situación no fue más allá. El remedio fue secuestrar a los jugadores que presentaban lesiones. También se habló de sobornos, aunque de estos no se tienen pruebas.

Humillación y resistencia

Un partido clasificatorio para Francia 98 contra Corea del Sur, muestra las constantes humillaciones que padecieron los futbolistas. Los iraquíes iban abajo en el marcador (1-0) y entonces Uday bajó al vestidor para “animar” a sus jugadores con la amenaza de apresarlos durante un mes si no lograban la victoria. El resultado final fue de 3-0. Todo el equipo, junto al cuerpo técnico, fueron llevados a una granja, donde vivieron como los animales durante 18 días, siendo alimentados con comida podrida y agua sin ningún filtro de sanidad. Para cuando fueron liberados, la mayor parte de los presos estaban enfermos de cólera.

Fueron pocos los que se opusieron al “Carnicero” y sobrevivieron. Emmanuel Baba Dawud lo confrontó en varias ocasiones en público y sufrió las consecuencias de hacer frente. Fue detenido varias veces y sufrió todo tipo de torturas. Hay muchas hipótesis sobre su supervivencia. La más aceptadas son que su estatus de ídolo de la masas (es considerado por muchos el mejor futbolista que ha dado su país) lo salvó. Otros aseguran que Sadam Husein lo protegía. Lo cierto es que representa una excepción en un escenario de absoluto terror.

Tras la muerte de Uday Huseín, el futbol iraquí ha vivido tiempos mejores: tan sólo cuatro años después consiguieron su primera Copa Asiática. Tristemente esta alegría no repara la ominosa estela de terror que dejó el “Carnicero”.

Por: Alberto Roman / @AlbertoRomanGar

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