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Yugoslavia, la potencia futbolística separada

Cuando se habla de Yugoslavia lo primero que se viene a la mente es una zona de conflictos sin resolver que casi siempre se relacionan con el siglo XX, sin embargo, la lucha territorial y nacionalista, con los problemas de identidad y pertenencia, datan de mucho tiempo atrás, pues “desde hace al menos dos milenios, la península de los Balcanes ha sido una zona fronteriza en disputa. Los imperios romanos de Oriente y Occidente, el cristianismo católico y ortodoxo, la Europa cristiana y el Asia islámica, los imperios otomano y austrohúngaro, el bolchevismo de Europa del Este y la democracia y el fascismo de Europa Occidental se han encontrado ahí.”

Tras las distintas facciones que no encontraron la oportunidad de converger en un sincretismo “Yugoslavia fue la respuesta de un grupo de naciones relativamente pequeñas a las amenazas de los grandes imperios.” Pero más allá del plano político y geográfico, Yugoslavia tuvo un punto importante a destacar en el plano deportivo, principalmente en el futbol.

Los distintos países no han dejado de ser un semillero para jugadores de talla mundial que si se juntaran para formar una nueva Selección de Yugoslavia, podrían jugarle de tú por tú a cualquier otro equipo.

Para Anthony P. Cohen, los símbolos son el medio ideal para que la gente hable un idioma común, y actualmente el balompié es uno de dichos símbolos al considerarse como un lenguaje universal más allá de todas las distinciones. Aunque también es cierto que no siempre se ha usado en formas plausibles. En el caso de Yugoslavia, un ideal con forma de Estado que empezó a construirse en 1918 con el Reino de los serbios, croatas y eslovenos, el balón formó parte de un proceso de cristalización de identidades. La primera vez que se jugó la Liga Nacional Yugoslava fue en 1923 y, de ahí en adelante, la popularidad y los resultados favorables estuvieron de la mano de los gobernantes.

El antropólogo francés Christian Bromberger sostiene que, contrario a las ideas que acuñó Jorge Luis Borges de que el futbol es el opio del pueblo y que es popular porque la estupidez es popular, “los fanáticos no son ‘idiotas culturales’ incapaces de mantener una distancia crítica sobre el mundo que les rodea. En vez de adormecer a los aficionados, la guerra simbólica que se desarrolla en la cancha puede despertar en ellos un interés por asuntos políticos que reflejan tensiones y conflictos sociales.” El ser un fanático de futbol no implica carecer de sentido crítico, pero la pasión también puede ser manipulada para legitimar cuestiones que aparentemente deberían ser ajenas al juego.

El constante estado de alerta ante la guerra y los cambios de nomenclatura para la región afectaron en gran manera a la población hasta que los partisanos dirigidos por Josip Broz, mejor conocido como Tito, se encargaron de restablecer el país bajo las ideas socialistas. El deporte en Yugoslavia comenzó a organizarse y sustentarse a partir de instituciones como el ejército, la policía, los ministerios y los sindicatos, ya que dentro de la prosperidad de la nueva nación sus habitantes debían desarrollar al máximo todas sus capacidades, incluyendo las físicas, lo que potenció el fortalecimiento del país en distintas disciplinas. En el futbol el Ministerio del Interior auspició a la Estrella Roja de Belgrado, el Ejército Popular Yugoslavo a KF Partizan y la policía a Dinamo de Zagreb.

La etapa con mayor reconocimiento y fuerza comenzó en 1953, cuando Tito fue electo presidente, y fue sustentada en 1963 al ser declarado Presidente de por vida. Los equipos, de la mano de las distintas organizaciones, comenzaron a fomentar los ideales de unidad y hermandad, y quienes no se adaptaban a dichos valores unitarios, eran prohibidos u obligados a cambiar su postura si no querían desaparecer.

Dentro de dichas adecuaciones, los equipos croatas sustituyeron la šahovnica, es decir, la cuadricula roja con blanca que era un símbolo y con el que se reconoce a la actual selección de dicho país. Uno de los escudos que más sufrió este cambio fue Hadjuk Split, quien, en cuanto se realizó la separación de Yugoslavia, dejó de lado la estrella roja de su escudo y regresó a sus orígenes. Todos los clubes buscaban la aprobación y el consentimiento del mariscal Tito, pero ninguno tuvo tanta aceptación y fue tan fuertemente impulsado como Velež Mostar que, “al igual que otros equipos, estaba orgulloso del papel que habían desempeñado sus miembros en el pasado. Un año después de su prohibición en 1921, el Partido Comunista de Yugoslavia fundó el club para reunir trabajadores y otros aficionados al futbol”, todo ello con el fin de fortalecer la lucha revolucionaria organizada de la clase trabajadora, acto que se afianzó y fue aplaudido e incentivado por el mismo Tito, quien en más de una ocasión se presentó en las instalaciones del club e incluso antes de algunos partidos en el círculo central, para pronunciar algún discurso a favor de la labor del equipo.

Con el mandato de Tito se proclamó un Estado Federal que, si bien reconocía la autonomía de las naciones constitutivas, dejaba en claro el principio de unidad entre Serbia, Croacia, Macedonia, Montenegro, Eslovenia y Bosnia y Herzegovina. La multietnicidad propició que se explotaran las cualidades de cada uno y la Selección de futbol de Yugoslavia comenzó a asentarse gracias a que “los eslovenos eran grandes defensas, los croatas tenían la tendencia germana de aprovechar las oportunidades de gol y los serbios y bosnios eran buenos para las fintas y los pases”.

El futbol yugoslavo ganó respeto en el mundo entero tras obtener una medalla de bronce (1984), tres de plata (1948,1952 y 1956) y una de oro (1960) en Juegos Olímpicos; dos segundos lugares (1960 y 1968) en Copas de Europa y, dos de oro en Juegos Mediterráneos (1971 y 1979), no obstante, el triunfo más grande llegó en 1987. El mayor logro llegó sin anunciarse. Todos estaban de acuerdo en que los juveniles que irían al Mundial sub 20 tenían gran talento, pero ni siquiera la Federación puso su fe en ellos. Se esperaba que dieran pelea en la fase de grupos y regresaran con resultados poco menos que buenos, solo que la sorpresa se presentó y el representativo se proclamó campeón. El equipo estuvo conformado por serbios, croatas, montenegrinos y algunos bosnios, sin eslovenos ni macedonios. Yugoslavia alcanzó la gloria a miles de kilómetros, en Chile. Pero la unidad y la fraternidad ya no reinaban en el país.

“El 4 de mayo de 1980, a las 15:04, médicos en Liubliana confirmaron la muerte del mariscal Tito. Mientras esto sucedía, en Split terminaba un partido entre Hadjuk y Estrella Roja. Cuando el portavoz del estadio dio a conocer la noticia, los veintidós jugadores estallaron en lágrimas. Los 50 mil espectadores transformaron sus porras en un silencio sepulcral y, poco después, la canción Camarada Tito, te hacemos un juramento se empezó a escuchar al unísono. A pesar de la tristeza, sin el ‘árbitro supremo’ ya nadie tenía suficiente autoridad para mantener bajo control a los potenciales creadores del conflicto. Iniciaba así el camino hacia la desintegración de Yugoslavia”.

Las pasiones nacionalistas renacieron principalmente en serbios y croatas. Tiempo atrás Yugoslavia había logrado la convivencia entre los distintos grupos étnicos de los países que la conformaban, o al menos eso es lo que creíamos. Los conflictos nuevamente aparecieron y el sueño de Tito, quien hoy en día es considerado como el único yugoslavo, se fragmentó, paradójicamente, también en un partido de futbol.

El 13 de mayo de 1990 se enfrentaron Dinamo Zagreb, de Croacia, y Estrella Roja, de Serbia. La tensión comenzó en las tribunas con cánticos que hacían referencia a la superioridad de cada región y terminó por desbocarse a la cancha. Los croatas rompieron las rejas e ingresaron al campo ante la represión policial. Zvonimir Boban, jugador del Dinamo, al ver que un policía estaba golpeando a un aficionado croata, corrió a defender a su connacional y derribó de una patada al gendarme que lo agredía y se convirtió en un símbolo de la ruptura que no tenía marcha atrás.

Un resquicio de unidad se vivió cuando la Estrella Roja de Belgrado ganó la Copa de Europa de 1991, pero la separación no tenía marcha atrás. De ahí en adelante pocos volvieron a pensar en el sueño de unir la península balcánica nuevamente, pero los distintos países no han dejado de ser un semillero para jugadores de talla mundial que si se juntaran para formar una nueva Selección de Yugoslavia, podrían jugarle de tú por tú a cualquier otro equipo.

Por: Obed Ruiz/@ObedRuizGuerra