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En su ópera prima, “Güeros”, Alfonso Ruizpalacios intenta advertirnos lo terrible que puede ser la idea de conocer a nuestros ídolos. Su película es una historia sobre dos jóvenes estudiantes de la UNAM en huelga. Sin muchos compromisos, empiezan un viaje para conocer al músico que consideran, revolucionó el rock mexicano. Divinizar seres humanos suele ser peligroso. Elvis Presley aún es venerado por los adeptos que ya oficializaron su imagen como una religión, y las teorías de que está vivo o simplemente volvió a su planeta de origen, todavía no son descartadas para ellos. Esto puede ser una ligereza en comparación a lo que provoca Diego Armando Maradona en sus fieles.

La primera ocasión que supe de la existencia de Maradona, fue tras la comida con la que mis padres celebraron mi cumpleaños número once. Ese día, el 10 de noviembre de 2001, la televisión transmitía un juego que se salía de todos los cánones y por ende atrapó mi atención. Un señor regordete tenía un micrófono frente a él, y decía un discurso que yo aún no estaba listo para entender, salvo las inmortales palabras de “La pelota no se mancha”. Cuando le pregunté a mi padre quién era ese hombre y por qué hablaba en el centro del campo mientras todos le ovacionaban, él sólo contestó: “Es Diego Maradona, fue el mejor futbolista de todos los tiempos, marcó una época. Luego se drogó mucho y por eso está gordo, deprimido y llorando”. En una sola frase, mi papá logró sintetizar muy bien al Maradona que inauguraba el siglo XXI.


Seguí viendo el juego, con la sensación de estar presenciando algo que iba más allá de cualquier partido de sábado. Le metió un gol de penal a Higuita y ambos se abrazaron. Yo seguía sin entender el primer juego homenaje que me tocaba presenciar, pero algo en mi interior me motivaba a seguir viendo.

Los años posteriores me terminé de forjar como un fanático del futbol, en especial del argentino, así como también entendí la importancia de defender una postura sobre si el mejor de todos los tiempos fue Pelé o a Maradona. En el diez argentino siempre encontré goles, gambetas, pero también surreales escenas que parecían salidas de un cuento de Julio Cortázar. Como él mismo se definió en algún momento, Diego es blanco o negro, no hay espacio para los matices.

17 años después de aquel diez de noviembre, llegó mi cita con el destino. Una década como Maradoniano reconocido, soñé muchas veces con encontrarme frente a frente con el semidiós. Ni en mis sueños más bizarros, este encuentro tenía lugar en mi ciudad de origen, aquella que me ha dado y quitado tanto: Zacatecas.

Como un primer milagro, el Diego me reunió con mis amigos de la infancia. En algún momento de nuestra pubertad, tuvimos un equipo llamado “Los Maradonianos”. Si el evento de Maradona en la pequeña ciudad capital colonial ya era de por sí inverosímil, uno de ellos, al encontrarnos, sentenció: “Es la segunda vez que viene en el mes, la tercera que juega contra Zacatecas en mes y medio”.

A dos horas previas del juego, el único movimiento fuera del estadio además del nuestro, era el de las cuadrillas de policía, todas con una misma tarea, salvaguardar a Maradona. Mis 2 amigos y yo, a una cuadra del estadio, esperábamos el camión de Dorados. Lo vimos a lo lejos, las escoltas con torretas prendidas delataban con poca discreción que la presencia del astro argentino se acercaba. Diego iba hasta el frente, no esperábamos otra cosa. Corrimos junto a él, espacio de cien metros, mientras nos saludaba y nosotros le cantábamos. Entró al estadio y lo rodearon más cuerpos policiales. Diego nos dedicó un saludo desde la ventana, y eso ya era demasiado para nosotros.

El partido inició sin contratiempos, a las 4 de la tarde. Maradona, expulsado en el juego previo, veía todo desde un palco que estaba al otro extremo de nuestros asientos en general. Como era de esperarse, el partido fue lo de menos para nosotros. Con una década sin vernos, mis 2 compañeros maradonianos y yo nos pusimos al día. Envejecemos más rápido de lo que esperábamos. Al minuto 65 metió gol el visitante. Mis amigos no lo festejaron, aún guardando orgullo por el equipo local, pero ese no fue mi caso. Si el Diego duerme contento, yo también, les advertí mientras aplaudía.

Mineros de Zacatecas se ahogó tras la desventaja. Nos han demostrado lo fácil que les resulta perder en juegos de eliminación directa. También han dejado claro que no les importa mejorar en esa área.

Poco antes del final del juego, fuimos al baño.Lo mejor es la afición, es la gente de Zacatecas, gente amable, que viene a tomarse dos cervezas, tira desmadre en el baño y regresa a su casa sin importarle un bledo si Mineros ganó o perdió. En muchos otros lados del mundo, y del país, esta misma situación terminaría en golpes”, dijo uno de mis acompañantes. “Eres aficionado a la afición, como Juan Villoro”, le respondí.

Salimos a cenar al lado del estadio, y hablamos sobre el eterno tema de si algún día cambiará México, o peor aún, si nuestro estado natal dejaría de encabezar los índices de pobreza alguna vez. Dos de nosotros hemos dejado Zacatecas para vivir en ciudades con mayores índices de empleo.

Mientras regresábamos al auto de mi amigo, las torretas policiales dentro del estadio aún estaban encendidas. Vimos el camión de Dorados a lo lejos, empezaba a moverse. Nos preparamos para despedir a Diego entonces. Una vez más, iba al frente del camión. Nos dedicó otro saludo y una sonrisa. Iba feliz por su victoria y la clasificación a semifinales. El autobús iba rodeado de vehículos de la policía municipal. Nuestra emoción desbordó.

Ya van al aeropuerto. Vamos a hacerle caravana, dijo el conductor designado. No nos fue difícil seguir la estela de las sirenas. Entonces, al igual que lo narró Víctor Hugo Morales hace treinta años, nosotros empezamos nuestra propia recorrida memorable.

Una lista musical generada por inteligencia artificial, nos daba el soundtrack ideal para el camino. Sólo le pedimos canciones del Diez al buscador en Internet. “Si yo fuera Maradona, viviría como él, si yo fuera Maradona, frente a cualquier portería…”, decía Manu Chao mientras nos acercábamos.

Rápidamente pudimos ponernos a la par del astro argentino. “Es un ángel, y se le ven las alas heridas…”, dijo Andrés Calamaro después. Para el gran himno, “La mano de Dios”, teníamos la mirada del Diego en nosotros por tercera vez en el día. “Olé olé olé olé, Dieeego, Dieeego…” El genio se unió a nuestro cantito. Mientras él agitaba su brazo, yo hondeaba mi playera, réplica de la selección argentina en el mundial del 86, como había hecho casi todo el día.

En el interior del carro, el éxtasis llegó a su punto máximo. “¡Diego cantó con nosotros! ¡Diego cantó con nosotros!”, gritábamos sin escrúpulo alguno. “Lo voy a dejar que pase, vámonos atrás, a ver hasta dónde llegamos en el aeropuerto”, dijo nuestro envalentonado cabecilla al volante.

Nuestra lista musical dio turno a Los Ratones Paranoicos y su rock blues que también se volvió un emblema, “Quisiera ver al Diego para siempre…gambeteando por toda la eternidad…Es verdad, que Diego es lo más grande que hay, es nuestra religión, nuestra identidad…

El aeropuerto de Zacatecas es pequeño. Sólo tiene una entrada, en la que el autobús puso intermitentes y estacionó. Nosotros, sin perder el tiempo, hicimos lo propio y bajamos corriendo. Maradona sería el tercero o cuarto en bajar. De inmediato, la escolta de policías lo rodea. “No va a firmar nada ni atender a nadie”. Diego interrumpió de inmediato al oficial, no esperaba menos de este contemporáneo rebelde a la autoridad. Sí les voy a firmar, claro, vociferó. Plasmó su firma bajo el emblemático número 10 de mi playera Le Coq Sportiff. “Te quiero mucho Pelusa, más que a muchos familiares que casi nunca veo. Te voy a apoyar siempre, eres el más grande de todos los tiempos”, atiné a decir.

Maradona sólo sonrió. Le pedí una foto y la negó. Ya te firmé, déjame continuar el camino flaco. Dos chicas más adelante fueron más guapas y persuasivas para lograr hacer que posara a cámaras particulares. Firmó las playeras albicelestes de mis amigos también. Volvimos a cantar mientras se tomaba las fotos y seguía su camino a la sala de abordar. No tardó más de diez minutos en pasar directamente a la sala privada y perderse de vista. Volarían en el avión privado del dueño de Dorados.

Nosotros nos sentimos orgullosos. Hicimos lo que unos verdaderos maradonianos debían hacer en su ciudad natal, recibir a Diego y hacerle sentir como la máxima figura en la historia de este deporte, en cualquier punto del planeta que se encuentre.

Un dios muy equivocado, sentenció uno de mis amigos ya de regreso a nuestras vidas normales, nuestras vidas post-Diego. “Así es”, le dije. “Por eso es tan genial tenerlo de dios. Me da repele pensar en las religiones donde su dios nunca se equivoca, y no es de carne y hueso como nosotros. Hoy comprobamos que Diego es humano.”

Juan Villoro asegura que la magia del futbol está en el reencuentro con el niño interior que festejó un gol o fue a la cancha por primera vez. Precisamente, eso fue lo que me pasó el sábado 17 de noviembre, día que Diego se clasificó a las semifinales del torneo de Ascenso mexicano. Volví a ver, como un externo, a ese niño que en su cumpleaños, se quedó a ver a ese gordito que se jactaba de ser el mejor de todos los tiempos. Me reencontré con dos buenos amigos que en mi cabeza no habían dejado de ser adolescentes. Ahora, ambos son ciudadanos comprometidos con su entorno, preocupados por dejar un granito de arena pequeño, pero importante, en el adverso escenario que nos toca enfrentar todos los días en México. Pero lo mejor fue corroborar que eran las mismas personas que yo recordaba, otros maradonianos como yo, que pronto empezaremos nuevas etapas de nuestras vidas. Pronto cumpliremos 30 años, y los enfrentaremos después de haber conocido a Diego Maradona, lo cual, por lejos, ya es ganancia.

Por: Héctor Ordóñez

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