Juan Villoro, el referente

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Roberto Bolaño lo calificó como un escritor que con el tiempo no se había vuelto ni cobarde ni caníbal. Javier Marías destaca su ironía, su habilidad para persuadir que casi raya en la seducción. Nacido en la Ciudad de México en 1965, hijo del famoso filósofo Luis Villoro, es sociólogo por la UAM y escribe cuentos, novelas, ensayos, obras de teatro, libros para niños, artículos y crónicas. Ha sido maestro en la UNAM, Yale, y en Barcelona. Ha ganado infinidad de premios, como el Premio Xavier Villaurrutia, Premio Internacional de Periodismo Rey de España, y Premio Iberoamericano de Letras. Es un de los máximos representantes de las letras mexicanas contemporáneas, prolífico y camaleónico.

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Yo lo conocí dos veces: la primera cuando compré un libro cuyo título se podría confundir con uno de teología si no se tiene la menor idea (como yo): Dios Es Redondo. Tendría unos 11 años cuando ese libro cayó en mis manos; la primera vez que leía sobre ese tal Juan Villoro. Crecí en una casa donde mi papá me repetía constantemente que la vida es como el futbol, pero en mi pequeño mundo de entonces, había aspectos de la vida en los que el futbol no entraba. La literatura era el gran ausente, otra de mis pasiones pero que me ponían en la disyuntiva, porque los futbolistas no leen, no escriben… hasta dejan la escuela para entrenar ¿no? Dios Es Redondo no solo me abrió los ojos. Me hizo reir, me hizo cachitos el corazón, me hizo reflexionar, me hizo ver relaciones donde nunca había pensado que las hubiera. Me contó historias magníficas con gran facilidad, ingenio y carisma. Un tipazo a través de sus letras del que quedé fascinado. Me empecé a chutar todo lo que encontraba sobre él. Conferencias Sobre la Lluvia, su breve monólogo me acompañó en un lluvioso trayecto desde el Gandhi de Bellas Artes, por todo el eje central en el trolebús hasta mi casa, donde cerré la última página. Llamadas desde Amsterdam, una breve historia sobre confusiones geográficas y sentimentales fue una premonición del amor a distancia. Balón Dividido vino a confirmar todo lo anterior, pero siempre volvía a ese ilustre momento que era Dios Es Redondo… Creía que éramos el único par de locos que concebía la idea de futbol y letras (después se nos unió Galeano). Hasta que conocí Apuntes de Rabona, donde un grupo de jóvenes como yo, igual tenían en Villoro un referente donde la pasión entre el futbol y todo lo demás se podía conjuntar en perfecta armonía.

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La segunda vez que conocí a Villoro, ya establecido en la redacción de Apuntes, fue en el Coloquio de Futbol Y Teatro. Y digo que lo conocí de nueva cuenta por mero formalismo. Cuando uno escribe, muchas veces deja traslucir su personalidad. Mientras escuchaba hablar a este sujeto alto y barbón, ligeramente calvo, desenfadado, habilidoso para unir héroes homéricos con pokemones, sentía que era un diálogo que llevaba muchos años llevando con este personaje. Por fin llegó la hora de saludarlo de mano, hablarle de nuestro proyecto, que firmara un par de libros… muy distinto a la vez que saludé a otro ídolo mío, Cuauhtémoc Blanco. El personaje tímido y callado que nos saludó nada tenía que ver con el genio y figura, descarado y enjundioso que se mostraba en la cancha. Villoro era (es) el mismo en sus páginas, sus conferencias y en el trato personal.

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Una de las grandes sorpresas al escribir es que de pronto tú estás trabajando con enorme felicidad en un texto y a fin de cuentas queda muy mal. Uno de los misterios de la creación literaria es cuando el grado de felicidad con el que escribes algo no se corresponde con el resultado. Hay veces que te cuesta mucho trabajo un texto y luego queda mejor dice en una entrevista. Escribir sobre alguien que es un referente para muchos, un ideal que alcanzar, no es sencillo. Menos cuando es alguien con una pluma tan amplia, con opiniones ocurrentes y amenas, sin dejar de ser incisivas y que proyecta una larga sombra en el panorama periodístico y literario de México. Mi muy personal visión de él es este ornitorrinco , concepto que usa Juan para hablar de su estilo. Un poco de todo, un poco de nada.

Por: Bernardo Otaola /@bernaov

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